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En fin

Marionetas de sí mismos, Depeche Mode ofrecen en Madrid un concierto sin riesgo, novedades y pasión

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Cuando llevas casi 30 años de carrera musical a tus espaldas y demuestras que, de una década a esta parte, sólo puedes vivir de las rentas, es que es debes apagar la luz y dar por finalizado el cuento.

Cuando ni siquiera los directos, ámbito que siempre has dominado con notable solvencia, se convierten en una empinada, interminable y dolorosa cuesta arriba, es que, por dignidad, debes echar el telón y reconocer que la función ha concluido.

Cuando tus conciertos se convierten, año tras año, en una concatenación de grandes éxitos, de canciones un tiempo memorables pero ahora oxidadas, repetitivas y un punto pesadas, es hora de poner punto y final a la historia.

Cuando ni siquiera te convence a ti mismo lo que haces, cuando la desgana define cada uno de tus pasos, de tus bailes, de tu forma de cantar, cualquiera que te quiere bien te recomendaría pulsar el botón de off y dejar que el silencio disfrace un final demasiado estirado, interesado y ficticio.

El antaño poderoso Dave Gahan actúa ahora como un autómata

No es la música el motivo por el que Depeche Mode se ha metido en una gira que recorre varios continentes, que repite hasta dos veces en Madrid y Barcelona y que incluso pasa por Valladolid con una frustrada actuación en Sevilla. No, no es la música, precisamente aquello que a comienzos de los 80 te hacía pisar un escenario con la convicción de que existían miles de oídos vírgenes que  demandaban inconscientemente tus composiciones, tu arte, las melodías que siempre se recordarían. No es la música, no. Es el dinero, la necesidad imperiosa de rentabilizar al máximo cada uno de tus bailes, cada una de las sonrisas estudiadas y pateticamente similares que lanzas invariablemente en el mismo momento de la canción a los miles de seguidores que llegan a pagar hasta 80 euros por verte a hacer lo mismo una y otra, y otra vez. Como un robot que ya ha perdido la gracia.

Depeche Mode se ha quedado sin argumentos para mantenerse en activo como grupo. Por separado, cada uno de sus componentes ha lanzando trabajados decentes, pero como trío está agotado. Hasta aquí hemos llegado.

El antaño poderoso Dave Gahan, el cantante al que costaba seguir encima del escenario, el cínico, incuestionable y siempre entusiasmado líder que transformaba las frías melodías surgidas del sintetizador en poderosas composiciones, actúa como un autómata. Aquí pongo una pierna, ahora coloco una sonrisa, en esta parte -en demasiadas partes- enseño el micrófono para que cante el público (Enjoy The Silence, Walking In My Shoes, In Your Room) y ahora giro sobre mí mismo en cinco ocaciones (ni una más ni una menos), porque suena A Question of Time y llevo haciendo lo mismo 20 años. No es hora de improvisar a estas alturas de la película...

El carismático Martin L. Gore sigue manejando al público a su antojo. Sabe que nunca le penalizarán por sobreactuar. Actuación a actuación se autoconvence de que cuanto más exagere sus movimientos y sus interpretaciones al quedarse a solas ante un abarrotado Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid, más aplausos va a recibir. No se le premia por su voz, por su entonación. Se le vitorea por su cansina capacidad para emular a un cordero degollado cuando enfila el estribillo de cualquiera de sus canciones.

Depeche Mode agoniza, no convence porque ni sus componentes se creen ya lo que hacen

El prescindible Andrew Fletcher es el más coherente durante estos casi 30 años. Hace exactamente lo mismo que cuando empezó: nada. Colocarse detrás de un sintetizador durante dos horas sin llegar a pulsar más que dos veces una tecla, dar hasta 20 saltitos (contabilizados) y levantar los brazos en no menos de 30 ocasiones para que el público se anime es lo más parecido a no hacer nada. Siempre sobró. Ahora además genera lástima.

Depeche Mode agoniza. No convence porque ni sus componentes se creen ya lo que hacen. Del último disco apenas suenan cuatro temas de los 21 que interpretan (In Chains, Wrong, Hole To Feed y Miles Away / The Truth Is) porque Dave Gahan, Martin L. Gore y Andrew Fletcher son conscientes de que no hay más cera de la que arde: su último disco, Sounds of the Universe, es una mera excusa para dar más de medio centenar de actuaciones e impedir que la máquina de hacer dinero se pare.

Permanecen dos horas exactas encima del escenario y son incapaces de agradar al público, que insiste en que toquen una, solo una más. Llevan todo el concierto pregrabado y sacarse una canción nueva de la chistera resulta tecnológicamente imposible.

Que nadie les pida un ápice más de lo que son capaces de dar. En fin.