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100.000 japoneses no pueden estar equivocados (y Manu Chao tampoco)

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Subimos nerviosos al avión. Es nuestra segunda gira en Japón pero este año todo es diferente. La combinación de catástrofes ha dejado el país en estado de shock. En el primer concierto, en Tokio, una gran pancarta en el escenario nos lo recuerda: 'Para el mundo desde Japón: lo sentimos. La radiactividad no tiene fronteras'. Desde Tokio viajamos hacia los Alpes japoneses para tocar en el festival más importante del país. El Fuji Rock es un evento mítico que reúne a más de 100.000 japoneses en una inmensa estación de esquí. Allí haremos tres conciertos.

El primero es en una magnífica carpa de madera como salida de un western. Nada más llegar nos confirman que esta noche actuará un invitado sorpresa justo antes de nosotros: Manu Chao. Aprovechamos el tiempo libre que tenemos para ir a ver a grupos como Coldplay, Arctic Monkeys, Wilco o Incubus. El ambiente del festival es impresionante. Decenas de miles de personas mantienen una armonía envidiable con la naturaleza.

'Al terminar nos encontramos con Manu en los camerinos. Estupefactos, vemos entrar a Mike Jones, de The Clash. ¡Mitomanía en estado puro!'

Volvemos a la carpa y comprobamos que la noticia del concierto clandestino ha corrido de boca en boca. Cientos de personas hacen cola para poder entrar. Manu Chao y La Ventura saltan al escenario ante la locura general. Nos sentimos como en aquel In the Hell Of Patchinko, de Mano Negra. Llega nuestro turno. Salimos a tocar y nos encontramos con una carpa a reventar que estalla desde la primera canción. El público japonés baila y salta en todo momento. Es como si te inyectaran una sobredosis de adrenalina.

Cuando acabamos nos encontramos con Manu y compañía en los camerinos. Todos estamos sudados y eufóricos por el concierto. No somos los únicos. También han venido los Asian Dub Foundation. Pero eso no es todo. Estupefactos, vemos entrar a Mike Jones, de The Clash. ¡Mitomanía en estado puro! En Japón, a las cuatro y media de la madrugada ya sale el sol. Pero la fiesta no se detiene y acabamos desayunando en el hotel que compartimos todos los músicos del festival.

Al día siguiente toca levantarnos pronto. En el Fuji Rock, las distancias son descomunales. Hay 14 escenarios repartidos en los diferentes valles de la estación de esquí. En el nuestro, a las cuatro de la tarde, nos encontramos con miles y miles de japoneses con ganas de fiesta. Vuelven las escenas adrenalíticas de ayer. Más aún cuando todas aquellas gargantas entonan las melodías de la dulzaina.

Pero aún queda la traca final. A medianoche tenemos un pequeño concierto y una sesión de firmas de la edición japonesa de nuestro nuevo disco, Coratge. Tocamos a ras de suelo y acabamos con una alocada charanga entre el público. Rápidamente la gente de nuestra discográfica nipona habilita las mesas para las firmas.

Los japoneses vuelven a hacer cola. Pasan de uno en uno y nos dicen arigato con sonrisas tímidas. Alucinamos. Pero no hay tiempo para digerir todo lo que estamos viviendo. A las tres de la madrugada volvemos al aeropuerto. De vuelta a casa, mientras cruzamos el planeta, intentamos dormir. Pero nos cuesta. ¿Alguien se imaginaba cuando empezamos a tocar en un instituto de Secundaria que viviríamos aventuras como esta?