Publicado: 29.01.2013 07:41 |Actualizado: 29.01.2013 07:41

La abdicación de Beatriz de Holanda marca el camino a Juan Carlos I

El rey de España se resiste a dar el relevo a Felipe pese al torrente de escándalos que han minado la imagen de la Corona en los últimos tiempos

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Como Franco, lo suyo es que el rey muera encamado. Se lo dijo la reina Sofía a Pilar Urbano en 2008 y está recogido en el libro La reina muy de cerca. "¿Abdicar? ¡Nunca! El rey no abdicará jamás [...]. Reinará hasta su muerte", zanjaba la soberana, preguntada por la posibilidad de un relevo real. "Lo deseable, lo conveniente por el asentamiento de la propia institución en los tiempos nuevos de España, es que el rey muera en su cama y alguien diga: el rey ha muerto, ¡Viva el rey!". Pero los tiempos están cambiando...

Cinco años después, la corona española se enfrenta a un torrente de escándalos y polémicas que han puesto en la picota no sólo al que la detenta sino también a la propia institución. "A un rey sólo debe jubilarle la muerte", le insistía Sofía a Pilar Urbano. Hoy podríamos sumarle muchos más motivos y causas: los elefantes de Botsuana, la falta de transparencia, las broncas con plebeyos, su estado de salud, el tiro en el pie de Froilán, su amistad con Corinna, la entrada en el debate soberanista y, sobre todo, el caso Urdangarin, con el yerno involucrado en un escándalo que deja mal parada a la familia real frente a un pueblo condenado a apretarse el cinturón mientras ve cómo el dinero público fluye de unas pocas manos a otras.

Sin embargo, hay monarcas que abdican sin motivo alguno, en comparación con los hitos que jalonan el currículo de Juan Carlos en los últimos años. Ayer mismo, Beatriz de Holanda anunció que abdicaba tras casi 33 años en el trono, lo que convertirá el 30 de abril a su hijo Guillermo Alejandro en jefe de Estado. "La responsabilidad sobre nuestro país debe recaer en las manos de nuevas generaciones", justificó. El heredero se sentará en el trono con 46 años recién cumplidos, uno más que Felipe de Borbón y Grecia, que cumple 45 este miércoles.

La reina holandesa ha marcado el camino al rey de España, un país en el que el debate sobre la sucesión está candente: a la sinrazón de una forma de gobierno que permite a alguien, por el mero hecho de poseer la misma sangre que su antecesor, heredar el cargo de jefe del Estado, se le une una popularidad por los suelos. En un contexto de crisis, se ha difuminado aquella imagen de monarca humilde, simpático y accesible que para algunos tenía Juan Carlos. Ahora comparece ante la opinión pública como un padre de familia que no es capaz de controlar a los suyos ni a sí mismo, destinatarios todos ellos de jugosas rentas públicas. Hasta el punto que el Gobierno rebajó el pasado año la asignación a la Casa del Rey sólo un 4%, frente al al ajuste medio sufrido por los ministerios, de un 8,9%. El presupuesto de la Jefatura del Estado pasaba así de los 8,26 a los 7,93 millones de euros.

Para hacer frente a ello, en vez de plantearse ventilar la Zarzuela y traspasarle los poderes a su hijo, Juan Carlos está llevando a cabo una campaña de imagen que busca lavar más blanco los marrones de los últimos tiempos. El último ejemplo ha sido depurar la web de la Casa Real, expulsando de ella a Urdangarin en un intento por "marcar distancias" con el duque de Palma, imputado en el caso Nóos. Es la tarea más ardua a la que se ha enfrentado recientemente: antes de la web, le apartó de la agenda; estrenó un protocolo que marginaba a las infantas para, de esa forma, desembarazarse del yerno; Elena terminó pagando los platos rotos al verse relegada en actos oficiales; y, de pronto, surgió una familia nueva, pulcra y sin mácula producto de un publirreportaje encargado por Zarzuela a una prestigiosa fotógrafa que mostraba un mundo feliz protagonizado sólo por Felipe, Letizia y sus hijas, Leonor y Sofía.

El rey había entendido que más de cuatro eran multitud. Por eso, cuando lanzó en Youtube, antes de terminar el año, Casa Real TV, Elena sólo salía en uno de los vídeos, Cristina era un vago recuerdo infantil y las estrellas, con permiso del rey y la reina, fueron los príncipes de Asturias. Ni rastro, claro, de Urdangarin.

Faltaba para poner fin a 2012 el clásico mensaje de navidad, para lo cual se fue allanando el terreno desde semanas antes. Rafael Spottorno, jefe de la Casa del Rey, planificó la estrategia a seguir y Javier Ayuso, director de comunicación, ayudó a ponerla en práctica, convocando a palacio a un grupo de periodistas en una muestra de que buscaban más transparencia, cercanía a la sociedad y una apertura de la información sobre la familia real. Eso sí, con moderación.

Y llegó la Nochebuena: si en la de 2011 había dicho, en relación al propio Urdangarin, que "la Justicia es igual para todos", hace apenas un mes hizo un guiño a la ciudadanía al referirse al "desapego hacia las instituciones", recordando a los políticos que deben tener "ética personal y social" y abogando por una "política con mayúsculas".

Sin embargo, el rey cumplió 75 años con la certeza del deterioro de su imagen. Una encuesta de Sigma-Dos para El Mundo había revelado que ya eran más los españoles partidarios de que abdique en su hijo (45%) que los que prefieren que se mantenga en su cargo (40%), por no hablar del primer suspenso en la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de octubre de 2011, con una nota del 4,8.  Por ello, la campaña de imagen no se detuvo hasta el día de su cumpleaños, el 5 de enero, con programas que elogiaban su figura y una entrevista, por llamarle de alguna forma, con Jesús Hermida.

Sin embargo, el caso Nóos es una gotera incesante en Zarzuela. Las filtraciones son diarias y su yerno sale cada vez peor parado, por no hablar del supuesto papel de Corinna en la trama. Ahora bien, el verbo abdicar, ni oírlo. También es cierto que tomar esa decisión no implicaría sólo ceder la corona a Felipe, sino que dejaría al rey completamente al desnudo. La Constitución establece que su persona "es inviolable y no está sujeta a responsabilidad", por lo que no podría ser juzgado por muy grave que fuese el delito que cometiese. Excepto que abdicase, claro. Entonces, como reza la carta magna, sí que sería realmenteun español igual ante la ley.