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Acuérdate de Acapulco

En la costa del Pacífico, Acapulco es la gran dama de los destinos vacacionales mexicanos. Más allá de sus playas y discotecas, guarda una historia muy poco conocida.

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Para muchos, Acapulco es un nombre que transmite sensaciones de playa, hoteles y discotecas y poco más. Sin embargo (y por si todo ello fuera poco) olvidan el papel que esta ciudad jugó durante siglos en la historia del comercio mundial. Acapulco fue, durante dos siglos y medio, el eje sobre el que pivotaba buena parte de las transacciones intercontinentales de España.

Entre 1565 y 1815 Acapulco fue el único puerto de salida y llegada de la nao de China (también conocido como el galeón de Manila), los barcos que viajaban a Filipinas y regresaban con ricos cargamentos de media Asia. En Manila se acumulaban bienes originarios sobre todo de China, pero también de Japón, las Molucas, etc. que una vez al año se trasladaban a Acapulco. Allí se organizaba una gran feria y se distribuían estas mercancías, que emprendían el camino de Perú, Ciudad de México y -a través de Veracruz- España. Así se evitaba la ruta alrededor de África, reservada a los portugueses por el Tratado de Tordesillas. Fue el primer sistema de comercio global de la historia. Duró exactamente 250 años.

De este modo llegaron a América y Europa porcelanas, sedas, muebles, especias, frutas, etc. El gusto por estos objetos caló en la sociedad novohispana, y así se desarrolló en México el gusto por la cerámica (Puebla, Tonalá, etc.), los muebles laqueados (Michoacán), ciertos vestidos (el de la china poblana) e incluso las peleas de gallos. En sentido contrario viajaron muchos kilos de plata mexicana, pero también el cacao, el maíz, el frijol, el tabaco y la grana cochinilla.

Todo este comercio atrajo lógicamente a piratas de diferentes nacionalidades, y para defenderse de sus ataques se construyó a principios del siglo XVII el fuerte de San Diego, que ahora es la sede del Museo Histórico de Acapulco y es el mejor lugar para sumergirse en esta historia.

Desde lo alto del fuerte hay una excelente panorámica de todo Acapulco y de su bahía. Ésta -con 11 kilómetros de anchura- es un excelente puerto natural, uno de los mejores de toda la costa del Pacífico mexicano y adornada con un rosario de playas de fina arena.

Con la independencia de México Acapulco se vio privada de su papel en el comercio con Asia y España y quedó muy aislada del resto del país y del mundo. En los años 20 del siglo pasado se pavimentó la carretera que la unía con la capital y fue descubierta por Hollywood. John Wayne, Johnny Weissmüller, Errol Flynn, Cary Grant y muchos otros la utilizaron como escenario de sus películas o de sus juergas. Poco después se convertía en el destino playero de la jet-set estadounidense y mexicana. Había nacido el mito.

Un elemento esencial de esta imagen de Acapulco son los clavadistas de la Quebrada. Dos veces al día se celebra el espectáculo-ceremonia en el que un puñado de hombres (y alguna mujer en los últimos años) se lanzan al vacío desde una altura que puede llegar a los 35 metros para caer en el mar en un estrecho entrante entre las rocas, justo en el momento en que llega una ola para tener un poco más de profundidad. Puede ser considerado un espectáculo manido, muy turístico y repetitivo, pero tiene la grandeza del reto y el riesgo, el valor de las acciones realizadas con arrojo.

Por las noches, sobre todo en el fin de semana, la noche se anima con discotecas. De día, las playas se llenan con el bullicio de un verano perpetuo. Las del fondo de la bahía son las más resguardadas y visitadas, pero las de la península de las Playas guardan rincones más tranquilos. Pocos kilómetros hacia al sur, siguiendo la Carretera Escénica, se llega a otra bahía, Puerto Marqués, y luego a playa Revolcadero. Más playas, más sol, otro México.


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