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La agonía irreversible de Brown

El primer ministro británico se enfrenta a un congreso laborista resignado a sufrir una derrota histórica en las urnas

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El presentador del informativo Newsnight, de la BBC, no pudo ser más directo al hacer la pregunta el pasado miércoles a uno de los invitados del programa: '¿Está la gente harta de Gordon Brown?'. Los sondeos dan a entender que la respuesta es afirmativa. El último de The Guardian concede a los tories una ventaja de 17 puntos sobre los laboristas. El porcentaje del partido de Brown, un 26%, sería su peor resultado desde las elecciones de 1918.

Son esos tenebrosos números, y no las discusiones ideológicas del pasado, los que preocupan a los asistentes a la conferencia anual del Partido Laborista, que comenzó ayer en Brighton. El partido parece dividido en dos grupos: los resignados a que Brown los conduzca a una hecatombe y una minoría que aún cree que hay tiempo para desalojarlo de Downing

La agonía de James Gordon Brown, de 58 años, está siendo dolorosa. El primer ministro está pagando por sus pecados y por los de Tony Blair, pero ahora todos los golpes caen sobre él. Ya vale todo. Sus enemigos extienden rumores sobre su estado de salud y algunos columnistas los recogen sin ningún rubor. El último tiene que ver con la pérdida de visión de su único ojo bueno (perdió la visión del otro de joven por un golpe sufrido en un partido de rugby). El anterior se refería a ataques de depresión que le obligaban a tomar medicación.

Aunque sean falsos, lo malo para Brown es que a veces esos comentarios se ajustan bastante bien a su imagen distante y melancólica, y a su poca destreza en la comunicación política. Hasta los elogios acaban por convertirlo en una figura anacrónica. 'Es bastante bueno en las entrevistas de radio', dice Richard Reeves, director del Instituto Demos y ex asesor del partido. 'Probablemente, le habría ido bien en el siglo XIX haciendo discursos tan largos como los de Gladstone'. No es extraño que sus breves incursiones en YouTube hayan sido un fracaso.

La sombra del carisma de Blair ha terminado por aplastar a su sucesor. Blair tenía una capacidad innata de entusiasmar y engañar a sus compatriotas, en ocasiones al mismo tiempo. Brown sólo pudo liberarse de esa carga durante sus primeros meses como primer ministro. Por entonces, hasta la prensa conservadora lo elogiaba. Parecía un ejemplo de austeridad y sentido común muy necesarios tras los locos años de Blair. Pero muy pronto dio muestras de indecisión al dudar sobre si debía convocar elecciones. El periodo de gracia terminó para no volver.

Brown fue el artífice del romance de los laboristas con el sistema financiero

El estallido de la crisis financiera ofreció su mejor versión, que aún se recuerda fuera del Reino Unido. Salió al rescate de los bancos que estaban a punto de venirse abajo, impidió una huida de depósitos que por momentos parecía inevitable y lideró los esfuerzos internacionales para encontrar una salida conjunta.

Pero en su país todos recordaban que un año antes el primer ministro aún se resistía a controlar los excesos del sistema financiero. El romance del Nuevo Laborismo con la City londinense era a fin de cuentas uno de los grandes legados del paso de Brown por el Ministerio de Hacienda. 'Lo que yo no quería es que Gran Bretaña quedara fuera de la posición asumida por todos los países', explicó en junio para justificar su pasividad.

Su imagen distante y fría le convierte en un político difícil de vender en el siglo XXI

El electorado se sintió estafado. La prosperidad económica que había acompañado a los laboristas tocaba a su fin y estaba claro quién iba a pagarlo en términos políticos.

Cuanto más crecía la estatura de Brown en el exterior, más se encogía en casa. El dinero empeñado en apuntalar el sistema financiero, sumado al inmenso esfuerzo inversor desde finales de los noventa, es la cúspide de una deuda pública que castigará al país durante décadas. Regresa así el fantasma de la insolvencia financiera que había hundido la reputación del país y de los laboristas a finales de los setenta.

Dicen los que lo conocen que Brown es un tipo duro. No le molesta que lo odien, pero no soporta que lo compadezcan. Esa es la única satisfacción que los votantes laboristas están dispuestos a concederle.