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Las aguas saladas que bautizaron un pueblo

La población guipuzcoana de Leintz-Gatzaga (Salinas de Léniz) debe su nombre y existencia a sus salados manantiales de agua

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La población guipuzcoana de Leintz-Gatzaga (Salinas de Léniz) debe su nombre y existencia a sus salados manantiales de agua. El rey Alfonso XI de Castilla mandó edificar la villa, fundada en 1331, para explotar lo que por aquel entonces era una deseada fuente de riqueza: la sal que permitía conservar los alimentos, curtir los cueros y sazonar comidas. Esta es la historia que sustenta, y cuenta ahora, el Museo de la Sal.

Leintz-Gatzaga se encuentra en la parte más alta del valle de Leintz, en la frontera con Araba/Álava y cerca del nacimiento del río Deba, a 50 kilómetros de su desembocadura en la costa guipuzcoana. En esta localidad interior, el agua de sus manantiales subterráneos brota con una elevada salinidad (180 gramos de sal por cada litro), cuatro o cinco veces superior a la registrada en el mar. El origen de este fenómeno se remonta 240 millones de años atrás, cuando la evaporación del mar que cubría todo el norte de la Península derivó en este lugar en rocas con una inusual concentración de sal. Es tal que las aguas subterráneas que atraviesan sus entrañas se convierten en saladas.

Al pie del santuario de Dorleta, el Museo de la Sal muestra las técnicas empleadas para su producción a lo largo de la historia, desde las dorlas o calderas introducidas en el siglo XVI, hasta el establecimiento en el XVIII de un sistema de drenaje y canalización del agua mediante una espectacular rueda de cangilones. Frente a otras explotaciones que utilizaban la evaporación natural para obtener la sal, en Leintz-Gatzaga se lograba mediante un cuidadoso calentamiento con fuego de leña. Según explica la directora del Museo, Aitziber Gorosabel, 'se utilizaba el fuego para obtener la sal porque, geográficamente, estamos metidos en un agujero y hay mucha humedad'.

La producción de sal cesó en 1972, lo que sumió al municipio en una depresión, sin la sustancia que seis siglos atrás había dado lugar a su fundación. Hasta el escudo de la villa lleva incrustadas dos calderas de cobre de las que se usaban antaño para obtener la sal.

Este museo, abierto hace 13 años, se gestó así como una solución para regenerar la localidad a través del turismo, frenar la continua caída demográfica y, por supuesto, mantener viva la memoria salina del lugar.

Aitziber Gorosabel explica que el programa está diseñado para garantizar la difusión del conocimiento sobre esta sustancia a distintos tipos de públicos, como grupos de escolares, excur-siones de empresa o salidas de jubilados. El propósito es que conozcan 'el mundo de la sal y la importancia que tuvo en el pasado con actividades variadas'. Por ejemplo, en las visitas organizadas específicamente para escolares, el programa va más allá y permite a los niños y los jóvenes conocer otros aspectos, como cómo se cuida un museo o cómo puede observarse la sal a través de un microscopio.