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Ainhoa y dolores, las novatas con el corazón de hielo

Tras descubrirse el cadáver, estaban más tranquilas que después de una sobredosis de tila

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Dicen que los delincuentes se van haciendo cada vez más duros según suman detenciones a su historial. La primera vez que entran en una comisaría con las manos esposas, les tiemblan las piernas y algunos son capaces de reconocer su participación en la muerte de Manolete si se les menciona la tauromaquia. Sin embargo, cuando ya han perdido la cuenta de las veces que han sido detenidos y su ficha delictiva abulta más que 12 tomos de la Espasa, cuesta hasta que den los buenos días. Los hay, incluso, que en una demostración de familiaridad con sus captores, hasta les preguntan por su señora, la hipoteca del piso y las paperas del niño. Eso sí, sobre el objeto de su visita al centro policial ya no dicen ni mú, que ya se han enterado que a aquel torero lo mató Islero.

Sin embargo, esta norma no escrita tiene excepciones. Ainhoa Nogales y Dolores de los Reyes son dos de ellas. Estas jóvenes fueron condenadas hace unos meses por la Audiencia de Madrid a 18 años y 9 meses de cárcel cada una por maltratar y humillar hasta la muerte a Roberto, un joven transexual que las había acogido en su casa para que no vivieran en una chabola. Cuando el 1 de septiembre de 2007, la policía acudió a la vivienda donde los tres residían juntas desde hacía diez meses y encontraron el cadáver de la víctima, esta era una sombra de lo que, según amigos y vecinos, había sido. Había perdido 40 kilos, su cara presentaba múltiples moratones y heridas, y la suciedad cubría su cuerpo sin vida, que apareció sobre un colchón tirado en el suelo y sucio de heces y orinas.

Tras descubrirse el cadáver, estaban más tranquilas que después de una sobredosis de tila

Ante esta panorama, y aunque fuera por intentar disimular su implicación en la muerte, lo más lógico hubiera sido que Ainhoa y Dolores hubieran vertido algunas lágrimas de tristeza y mostrado su desesperación compungida ante los agentes. Incluso, dado que carecían de antecedentes, que al menos hubieran mostrado cierto nerviosismo por la presencia policial en una situación tan trágica. Y, sin embargo, no hicieron nada de ello. Como recordó en el juicio uno de los agentes que acudió al aviso, ambas mujeres se mostraron aquel día más tranquilas que después de una sobredosis de tila. De hecho, lo único que preguntaron es si, cuando se llevaran el cadáver de Roberto, podían seguir viviendo en aquella casa.

Durante la vista, celebrada el pasado mes de febrero, ambas jóvenes volvieron a mantener esa actitud fría que se supone sólo a los delincuentes muy bragados. En sus declaraciones ante el tribunal, negaron las agresiones y las humillaciones. Ni siquiera se sonrojaron cuando intentaron justificar los moratones y golpes que presentaba el cadáver con unos supuestos arrebatos de la víctima que le hacían darse cabezazos contra la pared, cuando no por la supuesta afición a las relaciones sexuales sadomasoquistas de la fallecida. De hecho, durante las tres jornadas que duró el juicio, ambas entraron sonrientes en la sala y ni siquiera las declaraciones de los testigos en las que estos detallaban las humillaciones que vieron y oyeron sufrir a la víctima, les borró la irónica mueca de la cara. Seguro que en la celda que ocupan hoy Ainhoa y Dolores hace mucho más frío que en otras de la misma cárcel. Hasta Islero temblaría ante ellas.