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Almodóvar cambia de piel

El director estrena este viernes ‘La piel que habito’, un filme oscuro que supone un giro en su universo habitual y donde vuelve a dirigir a Antonio Banderas después de 20 años. "Mi cine ahora, como yo, es más in

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Pedro Almodóvar no es el mismo tipo extrovertido, excéntrico y brillante que agitaba la escena madrileña en los años ochenta. Y eso, además de ser un alivio para su salud, se nota en su cine. Desde Todo sobre mi madre (1999), el director circula por unas carreteras en las que los clásicos gestos y tics almodovarianos se funden con universos más oscuros e intrincados. “El tipo de vida que hago ahora es muy distinta a la que hacía en los años ochenta, así que mis películas no se parecen en absoluto. El tono es diferente. No lo he decidido yo, intento ser lo más honesto que puedo. Hay una mayor introspección, mi vida la hago más dentro de mi casa que fuera”, reconoce el cineasta español, planeta de magnetismo tremendo, como lo llama Antonio Banderas.

El próximo viernes estrena su decimoctava película, La piel que habito, un giro visual y de tono en su universo, que aún sigue poblado de excentricidades, bucles narrativos y humor (a veces no tan voluntario), pero también de los temas que siempre le han preocupado: las paradojas y turbulencias del deseo y la ambigüedad de la identidad sexual. “El deseo, para bien y para mal, es uno de los motores más potentes de nuestra naturaleza, el gran combustible que puede hacer que un individuo se convierta en un héroe o en un ser peligroso”, aseguró ayer a Público.

Así sucede en La piel que habito, donde el personaje femenino, interpretado por Elena Anaya, manejará como un guepardo su deseo de venganza, y donde el personaje de Antonio Banderas, que regresa a los brazos del director después de 20 años, verá cómo su frialdad psicópata se quiebra dando paso a un deseo ambiguo, que lo transformará en un ser vulnerable. La piel emerge como último signo de una identidad dolorosa: “Esa frontera última entre el interior y exterior de un ser humano”, explica Almodóvar.

Roberto Ledgard (Banderas) es un cirujano dedicado a desarrollar un tipo de piel artificial indestructible. Amoral y frío, mantiene a una paciente, Vera Cruz (Elena Anaya), encerrada en una habitación de su mansión, donde la somete a un tratamiento para implantarle una piel que podría haber salvado a su mujer fallecida. Marisa Paredes interpreta al ama de llaves fiel, que ayudará a Ledgard a llevar a cabo un plan perverso y cruel. Y Jan Cornet encarna a un chico que seduce y viola a la hija de Banderas. Estos elementos, cuyo cruce enfermizo da lugar al sorprendente desenlace de La piel que habito, se mueven en un universo al que

Almodóvar quiso restar barroquismo y palabras, para dotarlo de una austeridad y unos silencios desconocidos en su filmografía. “El cuerpo siempre me pide una piel distinta en cada película y la trama de esta venía ya suficientemente cargada como para cargarla más. Quise que visualmente hubiera un contrapunto, y por eso la austeridad, que es una novedad para mí. Me propuse ser lo más contenido posible, y eso en mí siempre tiene un límite”, reconocía Almodóvar a Público en el pasado Festival de Cannes.

Presentada en el certamen francés, entre risas en la platea, pero también entre enérgicos aplausos, La piel que habito, que se estrenó en Francia la semana pasada –donde consiguió ponerse en segunda posición en la taquilla–, viene empapada de cine negro y de oscuridad. “El cine noir es un género mayor que ha dado grandísimas obras maestras”, dice el director. “He llegado ahí por vocación, como me ha pasado con casi todo en mi vida”, confiesa. Pero, ojo, porque, como suele ocurrir en el mundo del director, tampoco aquí hay pureza. La película está poblada de múltiples referencias y construida a partir de una mezcla de géneros, impúdica y libre.

La piel que habito se mueve entre ese cine negro y el humor explosivo y excéntrico marca de la casa, que a veces suma y otras resta, pero se entrega con los brazos abiertos al género fantástico, entendido no desde una perspectiva contemporánea, sino clásica. “No me interesa el fantástico y el terror tal y como se hace hoy. Para esta película emprendí una investigación, que me llevó a pararme en el cine que se hacía en los cincuenta, que tenía un lirismo y expresaba una inquietud que me fascinan”, reconoce Almodóvar. Fue Georges Franju y un filme suyo de 1960, Ojos sin rostro, el que Almodóvar tomó como inspiración fundamental para La piel que habito, más allá del libro en el que está basado el argumento y que fascinó al director cuando lo leyó sin aliento hace diez años: Tarántula (Ediciones B), de Thierry Jonquet.

De hecho, el primer encuentro entre Elena Anaya y Pedro Almodóvar tuvo a Franju como mentor oculto. “En la vida todo ocurre por algo, así que, una semana antes de reunirme con Almodóvar y sin saber nada en absoluto de lo que me iba a proponer, me compré en París el DVD de Ojos sin rostro. Cuatro días después, me encontré con Pedro y nos entendimos desde el principio. Él me hablaba y yo apuntaba todo en una libreta. Nunca había visto a un director que conociera tan bien a su personaje”, reconoce la actriz, que tuvo que ir al gimnasio, tomar proteínas, hacer yoga y engordar para asumir este papel y convertirse, después de su pequeño papel en Hable con ella, en chica Almodóvar. “De todo eso, lo más duro fue interpretar la resistencia pasiva de Vera”, asegura. Almodóvar lo dejó claro en Cannes: “Esta es una película sobre la supervivencia, que es el tema más antiguo del mundo”.

Entre aquella primera lectura del libro de Jonquet, hace una década, y el rodaje de la película, hace un año en un caserón de Toledo –guiño implicíto quizá a Buñuel y su Orden de Toledo–, La piel que habito se fue transformando: “Incluso pensé en hacerla en blanco y negro y al modo de Fritz Lang”, admite. “Lo que sí puedo decir es que es una película largamente deseada, a la que volvía una y otra vez porque no me quedaba satisfecho”, reconoce. Una vez acabada y en medio de una promoción que lo llevará por todo el mundo, reconoce que es una película que no le es ajena y que, sin atreverse a llamarla obra maestra, sí que la considera, dentro de su filmografía, como un paso adelante.

“Es la película que me pedía el cuerpo, que en mi caso es el corazón”, asegura. No cree en aquello de la obra maestra incontestable, dice, y más bien asume que lo único que espera a estas alturas es enfrentarse a sus obras con pasión. “Mi vida se confunde absolutamente con mi carrera, porque me dedico al 100% a esta profesión,”, asegura. Elena Anaya lo secunda: “Es un inmenso contador de historias que hace lo que le da la gana”.

Así es también ahora que, cuando ya casi nadie se preocupa por que esté buscando el salto a Hollywood, él se ha lanzado a escribir una historia que será en inglés y que contará con reparto internacional. Perdido el miedo a que su verbo juegue en otro idioma, está visto que el director español más célebre seguirá buscando nuevos territorios. Almodóvar seguirá cambiando de piel.