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Argentina recibió a unos 300.000 españoles

Republicanos y falangistas llevaron su enfrentamiento a las calles de Buenos Aires

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No vinieron a hacer las Américas. Tampoco eligieron su destino. Eran infantes. Con la premisa de nunca mirar atrás, unos 700 niños de la Guerra fueron subidos al primer barco disponible para salvarlos de las garras del franquismo, hace 70 años. No fueron los únicos. Entre 1936 y 1955, unos 300.000 españoles llegaron con lo puesto al puerto de Buenos Aires. Los esperaban los médicos del Ministerio de Salud, para revisarles hasta las muelas. 'Los españoles fueron paridos por los barcos, no por sus madres', se suele decir en el país austral.

'Olvídate de España, nunca vuelvas', fue la primera frase que Andrés Carmona escuchó de su madre en suelo argentino. Tenía siete años. Hoy, pese a que su país de acogida lo educó y lo cobijó, aquel niño de la Guerra no ha superado el desarraigo ni el trauma de perder a su familia.

El exilio fue duro, pero había futuro. 'Nuestro primer destino obligado era el Hotel de los Inmigrantes. Allí, los que no tenían familia hacían sus primeras conexiones para encontrar trabajo y alojamiento', explica Carmona.

La lengua y las decenas de centros gallegos, vascos, andaluces y catalanes de los primeros inmigrantes españoles volvieron más fácil la integración. Carmona recuerda la solidaridad entre los republicanos: 'Nos ayudábamos. Hicimos lo mismo con los que siguieron llegando hasta 1955'.

En pleno barrio español, la lógica seguía siendo la de la Península. Los inmigrantes reeditaron esa división. 'En la acera de la derecha de la Avenida de Mayo, en el falangista bar Español, se ponían los franquistas. Nosotros íbamos al Iberia, a la izquierda, y frecuentábamos el centro Betanzos. Los domingos nos tirábamos panes y cucharas. También había peleas e incluso tiros', recuerda Gregorio Casarrubios Genua. Con orgullo, dice que las batallas ganadas entonces superan a las perdidas: 'Acá los republicanos sí éramos mayoría'.

Hasta el retorno de la democracia, pocos regresaron a España. Allí, supieron que eran extraños en su propio pueblo. 'Ya no somos españoles, aunque añoremos nuestra tierra. Franco o no Franco, casi todos los familiares y amigos habían muerto', explica Carlos Ibáñez de Garayo.