Publicado: 20.07.2014 08:33 |Actualizado: 20.07.2014 08:33

El asesinato de un pueblo

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Quince vecinos fueron asesinados, siete pasaron por diferentes campos de concentración y prisiones y otro más fue desterrado. No son cifras espectaculares. El lector podrá decir que prácticamente en cualquier localidad española un número mayor de personas fue asesinada durante la Guerra Civil. Sin embargo, hay un dato importante. La Teyera, pueblo asturiano donde se centra una nueva denuncia interpuesta por víctimas de la dictadura, no tenía en 1936 más de 50 habitantes. Miembros de la Guardia Civil y de Falange asesinaron a más de un cuarto de los habitantes del pueblo en apenas cuatro años.

"Fue una masacre. No hay derecho a que en la historia de este país sólo se hable de reyes, reconquistas y guerras de independencia. ¿Por qué no se habla del daño que hicieron quienes nos arrebataron la II República?", se pregunta Joaquín Fernández García, nieto de una víctima de la localidad, que junto a otros familiares de víctimas de la localidad han denunciado estos hechos ante la embajada argentina en Madrid adhiriéndose a la Querella Argentina contra los crímenes del franquismo.

La Teyera es un pueblo diminuto que se encuentra en Langreo (Asturias) a caballo entre los municipios de Sama de Langreo y Mieres. En 1936 había unas "cinco o seis casas, que albergaban al doble de familias, todas trabajadoras, vinculadas a la industria del carbón y al cultivo de pequeñas propiedades de tierra". A pesar de ello, constituía un importante valor para las fuerzas progresistas en la zona gracias a su ubicación geográfica y a las sedes del Sindicato Minero y de la Juventud Socialista Unificada. Las huelgas mineras y la revolución asturiana de 1934 pusieron las cartas sobre la mesa. Todos se conocían las caras en la zona pero no todos compartían los mismos ideales.

"Las huelgas mineras y el intento de revolución fue el punto de inflexión. Ahí es donde los de izquierdas quedaron marcados y sus nombres quedaron anotados en libretas. Una vez producido el golpe de Estado ya no tenían cabida en el pueblo. Los persiguieron hasta llegar a la atrocidad", denuncia Maximino Rodríguez, nieto de dos víctimas de la represión franquista en la localidad.

Los dos primeros asesinatos se produjeron el 27 de octubre de 1937, sólo seis días después de la entrada en Gijón de las tropas franquistas. Fueron Vicente Rodríguez y Cecilio González. Ninguno había participado en la guerra. A Vicente lo sorprendieron en la calle y a Cecilio fueron a buscarlo a casa. Esposados iniciaron el camino hacia Santa Emiliano, donde tenía el cuartel la Guardia Civil. "Pero no entran al cuartel. En un monte cercano los someten a las más crueles torturas hasta causarles la muerte. Sus cuerpos son enterrados en el mismo monte (...) Y allí permanecerán sus restos hasta 1952 cuando la familia consigue recuperarlos", señala la denuncia, a la que ha tenido acceso Público.

Con la victoria definitiva de las tropas franquistas en la batalla del Norte, miembros de la Guardia Civil, del ejército, falangistas y mercenarios traídos de Marruecos comenzaron a instalarse en el pueblo para operar en una amplia zona. "Lo que era un espacio de actividades cívicas se convierte en escenario de violencia y muerte. Los ancianos, las mujeres y los niños tienen que hacer su vida entre aquellas tropas enloquecidas . Los jóvenes varones habían huido al monte o permanecían ocultos en refugios de casas", prosigue el escrito.

A partir de este momento, el número de víctimas va aumentando como un goteo. Pocos días después fallece en la prisión de Avilés el vecino Jesús Iglesias. El 4 de diciembre de ese mismo año dos hijos del asesinado Vicente, que habían huido al monte, eran detenidos y condenados posteriormente por un Consejo de Guerra a la pena de muerte. Después fue descubierto en el monte y "acribillado a balazos" otro hijo de Vicente, de mismo nombre. Carmen, la vecina que le protegía, fue enviada al Campo de Concentración de As Figueiras (Castropol). Otros dos hijos de Vicente también fueron perseguidos. Uno fue desterrado y el segundo, junto a su esposa, fue enviado al mismo campo de concentración.

Una vez eliminada la familia de Vicente, la violencia fascista se ceba con la familia de la viuda Pilar Terente. Todo comenzó cuando su hijo mayor, Belarmino Fernández, quien se niega a acudir al llamamiento de filas del ejército franquista y huye al monte. La respuesta de la Guardia Civil fue quemar el domicilio familiar dejando a la viuda y a cinco hijos pequeños en la calle. Belarmino, de 17 años, sería encontrado posteriormente en el monte y asesinado inmediatamente.

En octubre de 1938, llegaría el turno de la propia Pilar y su vecina Amada Zapico, cuyo marido estaba huido. La Guardia Civil las detuvo en su casa y las condujo al mismo monte donde ya habían sido asesinados dos vecinos, las asesinan y arrojan a una sima abierta por las explotaciones de la minería del carbón. Joaquín Fernández, nieto de Pilar, recuerda para Público la historia familiar que tantas veces ha escuchado en casa.

"Les cortaron el pelo, las violaron y les cortaron los pechos. Mi padre, que iba agarrada a sus faldas mientras la llevaban a la Guardia Civil, me lo ha contado. En este trayecto de apenas 500 metros un agente le dio un culatazo con el fusil y apartó a mi padre de mi abuela. Una vez solo con las dos mujeres las tiró a las dos por la chimenea de una mina", narra Joaquín a este medio. Argentina Zapico, hermana de Amada, de 90 años, aporta el siguiente testimonio a la denuncia:

"Yo misma en persona, acompañada de Helia, hija de Pilar, fuimos a ver el lugar donde las habían arrojado, después de asesinarlas. Era una chimenea de una mina. Se podían ver sus cuerpos perfectamente, no estaban muy profundos", detalla la hermana de una de las víctimas. Con el asesinato de Pilar quedaban cinco niños con edades entre los 7 y los 16 años huérfanos de padre y madre y completamente desamparados. Todos tuvieron que irse del pueblo y servir como criados.

El siguiente en la larga lista de víctimas de la represión franquista de este pueblo es Samuel Solís. Fue fusilado en el cementerio de San Salvador de Oviedo. Después serían asesinados el marido de la ya asesinada Amada, Tomás Fernández, además de Aladino García, Silvino Iglesias, César Rodríguez y Eliseo Argüelles, todos ellos capturados en la montaña. "Los cadáveres de los dos huidos [en referencia a César y Eliseo] eran expuestos largo tiempo, como trofeos, en la plaza pública, para asombro de la vecindad y regocijo de sus carniceros", refleja la denuncia. Por las mismas fechas, otro joven cecino, Manuel González, fallece en el Penal del Dueso (Santander).

La última persona en morir será la viuda de Vicente Rodríguez, Josefa Zapico. El 27 de octubre de 1941 esta mujer ya había sufrido destierro y había visto morir a su marido a dos de sus hijos y condenar a pena de muerte a otros dos. Sin embargo, no fue suficiente pena para sus verdugos. Ese mismo día, según describe la denuncia, una "tropa enloquecida entra en la casa violentamente. Le gritan. La insultan. La golpean con rabia, con fusiles y bastones. La tumban al suelo y la patean. La arrastran. Se ensañan con su cuerpo exhausto hasta límites inenarrables. Acaban con su vida y allí abandonan el cadáver".

La persecución que vivieron sus familias también les afectó a los denunciantes, a pesar de no haber vivido la Guerra Civil. Joaquín recuerda cómo cuando tenía 10 años (corría el año 1962) y escanciaba sidra en el bar de sus padres cuatro falangistas entraron en el bar destrozando todo a su paso y propinaron a su padre varios golpes con sillas y botellas. "Me acuerdo que mis padres denunciaron el asalto pero la consecuencia fue que nos tuvimos que cambiar de pueblo también", recuerda Joaquín.

Ahora, estos descendientes de las víctimas se han decidido a dar el paso y presentar las denuncias en nombre de sus tíos y abuelos. Argentina representa una puerta abierta a la esperanza. "Mi padre tenía ganas de denunciar y yo también. Lo hago por él y para que este país sepa lo que ha pasado hace no tanto tiempo. Lo tiene que saber todo el país. No fuimos nosotros los que hicimos las cosas mal. Fueron ellos. Y encima nos mataron", sentencia Joaquín.