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Assange: retrato del hacker adolescente

Antes de convertirse en enemigo público e icono de la resistencia global, el fundador de Wikileaks escribió un libro sobre los primeros criminales de la era informática Titulado ‘Underground’, la editorial Seix Barral p

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Cuando Julian Assange escribió este libro, los módems eran aparatosos y hacían ruido intermitente al conectarse. Un diario del prestigio de The New York Times no habría publicado cablegramas obtenidos a través de filtraciones de dudosa legalidad. La idea de colgar una fotografía personal en la red producía cierto pánico. La virtualidad seducía a ritmo acelerado, pero se trataba todavía de un submundo opaco. Algún día no sabremos vivir sin internet, decían los expertos. Pero ese día parecía lejano: era una sala anexa a la realidad y no su principal catalizador.

De la noche a la mañana, internet pasó de constituir un reducto a convertirse en red mundial. Todo sistema tiene sus forajidos y los de internet no tardaron en aparecer. Los criminales informáticos, aparecidos en la frontera de los ochenta y los noventa, se hicieron llamar hackers. Frecuentaban los BBS, comunidades virtuales del pleistoceno, en las que se comunicaban a través de chats igual de prehistóricos. Se convirtieron en nerds antes de que el término se pusiera de moda y encontraron en la informática un terreno seguro para expresarse lejos de códigos sociales que les resultaban ajenos. Eran jóvenes con historias familiares sospechosamente parecidas a las de los demás. Ex niños prodigio crecidos en familias disfuncionales, convencidos de ser más listos que el maestro pero enfrentados al fracaso escolar. Cuando alguien les puso un ordenador en las narices, respondieron con la obsesión y la compulsión. Con el tiempo, decidirían rebelarse contra la autoridad a través del poder que les concedía el anonimato y la acción colectiva.

Así es el paisaje descrito por Julian Assange en Underground, el libro de investigación que escribió a mediados de los noventa junto a la periodista australiana Suelette Dreyfus. Publicado con éxito en Francia, Alemania y Reino Unido, Seix Barral prepara su edición en castellano para septiembre, con información actualizada y exclusiva para esta traducción. Cuando el libro apareció por primera vez, el fundador de Wikileaks tenía veintipocos años, pero este niño de voz prematuramente cavernosa ya se sentía plenamente maduro. Acababa de dar por terminada la primera parte de su nutrida biografía. Assange había firmado su divorcio de una chica a la que conoció en una escuela para superdotados, con la que tuvo un hijo siendo todavía un adolescente. Y acababa de escapar por los pelos a la cárcel por intrusión en sistemas informáticos de medio mundo durante su adolescencia en la ciudad australiana de Melbourne, donde los hackers se multiplicaban como hongos. Para acabar de iniciar su vida adulta, no estaba mal del todo.

Pese a partir de historias supuestamente anónimas, ya no es un secreto para casi nadie que el nombre en clave de Assange era Mendax. Así lo reveló hace unos meses The New Yorker, semanario de la intelectualidad estadounidense, en un artículo que disparó el interés por este libro mal conocido, una obra de no-ficción que sigue la mejor tradición del periodismo de investigación. Si lo que cuenta el libro es cierto, todo apunta que Assange ya constituía en aquellos tiempos el más intrépido de esos niños enclenques que se atreven a meterse con los mayores en el patio del colegio. En 1995, la justicia australiana le puso contra las acuerdas por sus múltiples delitos informáticos, junto a otros dos hackers reputados. La Policía llevaba seis años tras él, desde que se convirtió en uno de los sospechosos de haber atentado contra el sistema informático de la NASA durante el despegue de la sonda Galileo en dirección a Júpiter, susceptible de provocar una crisis radiactiva. Tras sembrar el pánico, esos jóvenes que escuchaban sin parar a Mid-night Oil consiguieron despistar a los investigadores y dejaron mensajes provocativos en sus ordenadores.

El libro describe la subcultura hacker en el Melbourne de los primeros noventa El supuesto álter ego de Assange aparece descrito como un joven conflictivo, que había vivido su infancia y adolescencia en un viaje errático e interminable por todos los rincones de la geografía australiana. 'A los 15 años, había vivido en una docena de lugares distintos', sostiene el libro. Cuentan que su madre, divorciada de su progenitor cuando Assange era todavía un bebé, escapaba de un antiguo amante con tendencias violentas que le perseguía sin cesar por todo el país. Según esta versión de los hechos, Mendax descubrió la clandestinidad de muy pequeño. Pero también el activismo y la fe ciega por lo que uno considera justo y necesario, a través del infatigable compromiso antinuclear de su madre. Por las noches, ese adolescente solitario leía a George Orwell, Saint-Exupéry, Albert Camus, Kurt Vonnegut. Y también a Shakespeare y Horacio, del que habría tomado prestado su seudónimo, al leer uno de sus versos. 'Splendide Mendax', es decir: dignamente desleal.

El hacker adolescente ingresó en la universidad y cursó Matemáticas, pero nunca terminó sus estudios. Le interesaba más la red que el cálculo integral. Aunque su paso por las aulas no fue del todo improductivo. La facultad poseía un sistema de conexión a la red, que a finales de los ochenta, mucho antes de la aparición de cosas tan impensables como la tarifa plana, seguía reservada a un número muy reducido. Desde su facultad, Mendax habría conseguido infiltrarse en sistemas clandestinos y servidores militares. Desde las antípodas, esos jóvenes imberbes declararon una guerra llamada ciberactivismo. Las inquietudes políticas son fácilmente identificables en el proyecto, germen de múltiples batallas en un futuro en el que organizaciones como Wikileaks o Anonymous seguirán ejerciendo la desobediencia virtual. 'Para entender Wikileaks, debéis conocer la historia de sus orígenes. Y esa historia se llama Underground', escribe la coautora, Suelette Dreyfus, en el prólogo de esta nueva edición. '¿Hemos alcanzado un momento en que sólo los curiosos y los imprudentes podrán salvarnos del Estado vigilante y del Estado secreto? El futuro lo dirá. Mientras tanto, siempre habrá individuos que piensen de manera no convencional, que pongan en duda el poder y que hagan avanzar los límites de la tecnología y la sociedad. Larga vida a ellos', añade hacia el final.

Dreyfus, que hoy ha abandonado el periodismo y trabaja como investigadora sobre sistemas informáticos en la Universidad de Melbourne, desarrolló una apasionante investigación sobre estos pioneros contraculturales asesorada por uno de los pocos conocedores de sus interioridades. El mundo subterráneo de los hackers no permitía el acceso de alguien que no hubiera formado parte de él. Dreyfus lo consiguió prometiéndoles preservar su anonimato, lo que le sigue impidiendo confirmar que detrás de Mendax se escondía Assange.

'¿Hemos llegado al punto en que los imprudentes sólo podrán salvarnos del Estado vigilante secreto?'

'En sus inicios, el mundo de los hackers parecía inocente, comparado con el crimen organizado o los grupos de vigilancia militar. El árbol tiene sus raíces en una curiosidad juvenil que procedía del deseo de vivir aventuras, más que del delito premeditado', escriben los autores hacia el final del libro. Tal vez explique que la mayoría de hackers escaparan a penas de cárcel, bendecidos por la benevolencia relativa de jueces que consideraron a esos jóvenes demasiado ingenuos para ser peligrosos. Visto lo visto, no cabe duda de que se equivocaron.