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"Cualquier autor podría haber escrito mis novelas"

Anagrama publica 'Villa Triste', una historia inédita en España

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Estrella literaria en su país, Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) era hasta hace muy poco un auténtico desconocido fuera de Francia, pese a haber firmado ya más de 25 novelas. Tras el inesperado éxito del díptico formado por Un pedigrí y En el café de la juventud perdida, Anagrama sigue reparando esta injusticia con la publicación de Villa Triste, su cuarta novela y la primera que escribió tras la celebrada trilogía sobre el París de la ocupación, que la editorial de Jorge Herralde también rescatará el año que viene. Marcada por la prosa delicada y distinguida de Modiano, Villa Triste narra la historia de amor entre un desertor de la guerra francoargelina y una joven actriz en una estación balnearia junto a la frontera suiza.

'Me fascinan los problemas provocados por el paso de los años'

Escribió este libro cuando tenía 28 años. ¿Sigue reconociéndose en él?

Releer un libro escrito en la juventud es como observar una vieja fotografía en un álbum de familia. Nos reconocemos en la imagen porque somos la misma persona, aunque al mismo tiempo sentimos una enorme distancia entre lo que fuimos entonces y lo que somos hoy.

Suele decir que lleva más de 30 años escribiendo el mismo libro. ¿Se repite?

'Mi generación fue eclipsada por la anterior y la posterior'

No es algo premeditado, pero me doy cuenta de que hay ciertos temas que aparecen una y otra vez, como una cantinela que se va repitiendo. A veces incluso me veo obligado a buscar entre mis libros para verificar si hay cosas que ya he escrito antes. Mi literatura es como un caleidoscopio en el que las figuras que se forman parecen diferentes, pese a estar construidas siempre con las mismas piezas.

¿No escribió este libro para dejar atrás su obsesión por el París de la ocupación?

Así es. Pero tras escribirlo me di cuenta de que estaba condenado a seguir escribiendo siempre sobre lo mismo. Pese a estar ambientado en otro momento y en otro lugar, todos mis temas de predilección acaban apareciendo en la novela, como la soledad, la búsqueda de la identidad o la guerra. Lo que sí cambió fue mi técnica de escritura, que antes era demasiado densa, sin pausas y sin ningún tipo de aeración. Fue el primer libro en el que opté por un tipo de prosa más depurada. Y desde entonces no la he abandonado.

¿La historia tiene un origen autobiográfico?

No literalmente, aunque se inspira en personas y lugares observados durante mi adolescencia. Durante la guerra de Argelia se vivía un ambiente similar al de la ocupación. La amenaza parecía lejana, pero la angustia era constante.

Sus personajes pretenden evadirse de los horrores de su época, sin conseguirlo.

Exacto. No pueden escapar al tormento que les inspira la guerra, que es algo que recuerdo haber sentido durante mi infancia. Cuando la guerra empezó, yo tenía 9 años. Terminó cuando había cumplido los 17. A medida que me hacía mayor, veía cómo se acercaba el peligro de ser reclutado. Para mí, luchar en esa guerra era algo imposible. Decía, ante la incredulidad de mis interlocutores, que si me llamaban a filas me haría desertor. Así que en el personaje de Víctor hay cierta proyección personal.

Se le describe como un escritor muy nostálgico. ¿No le gustan los tiempos que corren?

Nunca me he considerado un nostálgico, ya que eso supondría echar de menos el pasado, un anhelo con el que no me identifico en absoluto. Me fascinan los problemas provocados por el paso de los años y los mecanismos de la memoria, sin que suponga ningún lamento respecto al tiempo transcurrido.

¿Ni siquiera le apena la transformación de París en parque temático para turistas?

Sí, en eso tiene razón. En todo caso, la ciudad que describo en mis libros parte de mis recuerdos de juventud, pero en el fondo es imaginaria y atemporal. No se trata del París nostálgico de las postales de Robert Doisneau.

¿Sigue escribiendo a mano?

Escribir es una actividad tan abstracta que necesito anclarla en la materialidad que me dan la pluma y el papel. Escribo sólo durante un par de horas al día porque resulta muy fácil perder el impulso inicial y terminar haciéndolo con el piloto automático. Les pasa lo mismo a los cirujanos, que tienen que operar muy rápido para no perder el nervio.

¿Por qué sigue siendo relativamente desconocido en el extranjero?

Tal vez porque mi generación fue eclipsada por la anterior y la posterior. La generación literaria de los años 30, con nombres como Céline o Sartre, fue muy poderosa, mientras que la mía que nació durante o justo después de la guerra se interesó menos por la literatura y más por la política y las ciencias humanas.

Sonaba como candidato al Nobel, pero J.M.G. Le Clézio se le adelantó.

No tiene ninguna importancia para mí. Un escritor debe seguir su camino y no dejar que los premios definan su obra. Beckett y Faulkner recibieron el Nobel, pero nada hubiera cambiado en sus vidas si no lo hubiesen recibido. Además, siempre he creído que cualquier autor podría haber escrito mis libros. La tarea de novelar la ocupación recayó en mí, pero podría haberle tocado a cualquier otro nacido en la misma época.

¿Qué le parece El perfume de Yvonne, la adaptación de Villa Triste que rodó Patrice Leconte?

No me imaginaba así lo que había escrito. Visualizaba imágenes en blanco y negro, con una textura más rugosa y menos estilizada, como el free cinema británico de los sesenta. Pero no le guardo rencor a Leconte, porque para adaptar una novela al cine hay que ser plenamente infiel. Yo también trabajé para el cine, pero no reincidiré: da más trabajo y el resultado es menos satisfactorio.