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Awashima

Un cementerio de muñecas japonesas abandonas

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Nunca es fácil despedirse de esas muñecas a las que de niñas o ya adolescentes nos hemos abrazado en noches oscuras, con las que hemos compartido secretos y también algunas lágrimas. Pero, en Japón, decir adiós a esas compañeras de almohada tiene una dificultad añadida: creen que las muñecas tienen alma.

Por eso, si las tirasen a la basura o las abandonasen en un rincón al mudarse de casa, el alma despechada de alguna de ellas podría regresar en forma de fantasma. Ante la idea de vivir atormentadas el resto de sus vidas por un ser invisible, las más supersticiosas no se arriesgan.

Optan, en cambio, por entregarlas a algún templo, como el de Awa-shima Jinja. Situado frente a la isla de Tamogashima, en Japón Central, y de acceso reservado exclusivamente a las mujeres, las donaciones acumuladas a lo largo de siglos lo han convertido en el cementerio de muñecas más grande del mundo.

Miles de ojos observan, sin parpadear jamás, a quien se acerca por el jardín de este templo y lo reciben con una sonrisa petrificada en sus blancos rostros de porcelana, como si esperasen una segunda oportunidad. Sólo los gatos dorados de la fortuna se han cansado de esperar y sus brazos derechos permanecen inmóviles, agotados de llamar inútilmente a los dueños que les han abandonado.

También llegan hasta Awashima Jinja madres de menores enfermas, que sacrifican alguna compañera de juegos de sus hijas con la esperanza de que la dolencia pase a la muñeca y la divinidad del templo se apiade de ella y la cure. Las súplicas van dirigidas al dios enano sintoísta Sukuna-biko, al que se le han atribuido amplios conocimientos en medicina desde la Antigüedad.

Si las pacientes son las mismas madres y no conservan ningún juguete de su infancia, pueden entregar una prenda íntima dentro de una bolsita de plástico. La costumbre está muy arraigada entre las mujeres que quieren concebir y las que sufren alguna dolencia de 'flores y almohadas' (como llaman eufemísticamente a las enfermedades de transmisión sexual).

Pero la mayoría de las ofrendas no permanecen en el templo por mucho tiempo, a excepción de las muñecas más antiguas y mejor conservadas. Las prendas íntimas y los juguetes más pequeños arden en piras funerarias, encendidas en fechas propicias. Las demás se convierten en protagonistas del festival de purificación de Nagashi Bina, que se conmemora desde 1687 cada 3 de marzo, el Día de las Niñas.

Las suben a frágiles botes de madera y las empujan mar adentro, entre plegarias para despedirse de su alma y disuadirla de que vuelva al mundo de los vivos. A medida que las olas chocan contra la embarcación y la ladean, las muñecas pierden el equilibrio y van cayendo al agua, hundiéndose hasta el fondo marino y arrastrando con ellas las enfermedades y mala suerte que perseguían a quienes las sacrificaron.