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Las bambalinas de la reunión que quiso resolver la crisis

Los dirigentes de los 22 países de la cumbre también cenan, charlan y llegan tarde

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Sirenas por las calles otoñales. Caravanas oficiales de limusinas negras arrollando las hojas caídas pegadas al asfalto. Lluvia. Avenidas cortadas. Tráfico espantoso. Es tiempo de cumbre en Washington. La última de la presidencia de George Bush. Apenas 24 horas de ajetreo diplomático, fotos de familia, apretones de mano, pesadillas protocolarias.

La capital no veía a tanto dignatario junto, desde la celebración del 50 aniversario de la OTAN en 1999. Las circunstancias exigían sobriedad. Se hizo lo que se pudo dentro de la pompa que exigen estas reuniones.

Aunque los líderes del G-20 vinieron a hablar de crisis, no renunciaron del todo al lujo. En la cena de trabajo que se celebró el viernes por la noche en la Casa Blanca, los invitados disfrutaron de un exquisito Cabernet Shafer 'Hillside Select' cosecha 2003, a 300 dólares la botella. Ninguno de los comensales vino acompañado por sus respectivos cónyuges. Se pronunciaron discursos a favor de la unidad y la acción y, al terminar la cena, se formaron corrillos y los invitados, en su único momento informal, pudieron intercambiar opiniones cara a cara.

A las ocho de la mañana siguiente Bush ya estaba saludando de nuevo a sus invitados para empezar de verdad la cumbre. Minutos antes de que las cámaras conectaran en vivo con el evento, un empleado pasaba la aspiradora para dejar aún más brillante y reluciente la alfombra roja.

De la cumbre quedarán dos fotos históricas: con y sin Cristina Kirchner. Cuando los mandatarios ya habían sonreído ante las cámaras, alguien se dio cuenta de pronto de la ausencia de la presidenta argentina. Esta apareció de pronto disculpándose. Había ido a empolvarse la nariz. Así que todos tuvieron que volver de nuevo a posar.

Por el tiempo, las medidas de seguridad o simplemente porque parecía un esfuerzo inútil manifestarse contra una cumbre irrelevante, las protestas fueron escasas. Algunos grupos organizaron una 'Cumbre del pueblo', un 'festín para los hambrientos' al lado de la Casa Blanca, en Lafayette Square. 'El sistema actual no funciona y queremos brindar una visión alternativa a los líderes del G-20', dijo Samantha Miller, portavoz de Estudiantes a Favor de una Sociedad Democrática'.

La cumbre se celebró en el National Building Museum, un edificio de columnas corintias y fachada renacentista que se construyó a finales del siglo XIX para albergar los eventos sociales de la incipiente capital. El pasado junio, Hillary Clinton usó el imponente decorado para despedirse de sus fieles y renunciar oficialmente a la presidencia tras perder las primarias demócratas. Unas cuantas calles más lejos, los medios se hacinaban en los sótanos del Departamento de Estado. Unos 1.500 periodistas vinieron a cubrir el evento, entre corresponsales locales y prensa empotrada. Había tanta gente que algunos terminaron trabajando en las mesas de la cafetería. El proceso de acreditación fue un horror y muchos tuvieron que ir a buscar su credencial a las tres de la madrugada.

Repartidos en distintos rincones del centro de Washington, los hoteles de la veintena de delegaciones se convirtieron en cuarteles generales para las delegaciones. Nicolas Sarkozy, en el histórico hotel Willard, donde el presidente Grant hacía esperar en el lobby a los que venían a verle con peticiones y propuestas (de ahí la palabra lobista); José Luis Rodríguez Zapatero en el exótico Mandarín Oriental; Angela Merkel en el más clásico Ritz-Carlton de Georgetown; Cristina Kirchner en el exclusivo Park Hyatt.

En otro lado de la ciudad los dos representantes en la cumbre de Barack Obama, la ex secretario de estado, Madeleine Albright, y el ex congresista Jim Leach se entrevistaban con las delegaciones de Australia, Corea del Sur, México y Turquía.

A las cuatro de la tarde todo había terminado. Se formó un atasco en el aeropuerto con todos los aviones oficiales haciendo cola para salir y el momento histórico se perdió en la niebla del atardecer.