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Bed and breakfast

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Le molestaban las gafas pero no era eso. No era nada de eso. Había gente a la que le pasaban las mismas cosas que a ella y que no tenía gafas. Así que aquello no podía ser.

Tampoco que la bota izquierda le molestara un poco. Estaba cansada y tenía la tendencia a apoyarse más en un pie que en otro, y la bota izquierda le molestaba mientras contemplaba la exposición. Aunque podía olvidarse de eso. Podía olvidarse, si quería, de que le molestaba su bota izquierda.

Había pagado su entrada, había dejado su bolso en la consigna y había comenzado a vagar por las salas solitarias. ¿Qué buscaba? No buscaba nada. Se buscaba a ella misma, eso era todo

Después de todo, ella sabía que aquellas botas le habían sido muy fieles y que su amistad todavía continuaba y que continuaría. No tenían pinta de irle a abandonar, y ella a ellas tampoco. De acuerdo que les hacía falta un arreglo porque la punta se había despegado un poco y ahora en el otoño le entraba el agua en los días de lluvia, pero aparte de eso estaban tan en forma como cuando se las compró siendo una adolescente.

Ella había crecido y ya no tenía apenas nada que ver con la chica aquella que había entrado en la zapatería con el dinero más que justo para comprarse unas botas que le hicieran sentirse un poco más de acuerdo con lo que ella pensaba de sí. Ahora, las botas, que estaban viejas y que miraban el mundo con displicencia, siguiendo su propio camino, ajenas a las modas, se le parecían más.

Una vez había visto, en otro país, mientras visitaba otro museo, a una mujer que vestía de una manera que no parecía que lo que llevase fuera ropa, sino su propia piel o sus propios pensamientos. Ella la había visto y se había imaginado que quizás también un día podría sentir que no llevaba puesta ropa sino pensamientos de sí, ideas de lo que ella pensaba que era.

Ahora el tiempo había pasado, o ella por el tiempo, y si no podía completar todavía el traje de sus ideas y de sus sentimientos, sí que podía decir que a veces estaba de acuerdo con la mujer que era y con los pensamientos que la cubrían. Y sabía que eso ya era casi la mitad del camino.

¿Por qué era todo tan fácil y tan difícil a la vez? ¿Qué hacía ella allí viendo una exposición sobre objetos encontrados hacía miles de años? Había pendientes, peines, cascos. Había escudos, vasijas, lanzas. Había medallas, pulseras, espadas. Había objetos que un día habían servido a cuerpos, collares que un día adornaron cuellos, vasos que un día saciaron gargantas. Y había ella vagando por los pasillos a medio iluminar. Ella que llevaba pulseras y collares, que bebía de vasos y tazas.

Salas medio desiertas en las que habitaban los objetos, las estatuas. Y ahora también ella que se había desplazado hasta allí cruzando media ciudad en autobús y en un tranvía repleto en el que había ido pegada a un hombre sin afeitar que se iba comiendo un bocadillo de atún, con su bota izquierda molestándole, el cansancio del frío otoñal en sus caderas de sus36 años.

Cuando había entrado al viejo palacio que albergaba la colección, en realidad una antigua Villa de descanso de un lejano Papa, había despertado al guardia que roncaba como si él mismo formara parte del pasado que allí se guardaba. Y ella se había imaginado cómo sería trabajar todos los días allí, rodeada del tiempo de hacía casi 3.000 años.

Había pagado su entrada, había dejado su bolso en la consigna y había comenzado a vagar por las salas solitarias. ¿Qué buscaba? No buscaba nada. Se buscaba a ella misma, eso era todo. A quien ella era, a la que le dolía un pie, la que tenía la vista cansada, la que tenía una hija en la otra punta del mundo.

Quizás algún día las cosas proclamasen su sentido, no iba a ser ella la que lo negase, pero de momento, en aquellas salas todo permanecía suspendido. Ni siquiera ya tomaba notas como cuando era una escritora joven, más joven todavía, se dijo sonriendo, y no salía de casa sin una pequeña agenda y un bolígrafo. Ahora se limitaba a pasear su asombro de una manera callada.

Quizás se equivocaba, pero eso no le importaba. ¿Qué era eso de equivocarse o de acertar? Ahora pensaba que acertar o equivocarse tenían más que ver con estar serena y poder dormir por las noches y encontrar motivos para ser feliz por los días. Eso era lo que pensaba ahora, y no tenía que tomar notas para saberlo. Claro que quizás se equivocaba. Con eso debía contar. Con eso y con perderse.

¿Dónde estaban todos los cuellos que habían sostenido todos aquellos collares, los estómagos que habían comido lo que había en aquellos calderos y los ojos y los cerebros que habían rogado a aquellos dioses? ¿Dónde estaban?

Daba igual donde estuvieran, porque no estaban. Aquello era todo lo que uno debía saber. Las cosas están o no están. Las razones, las palabras, sobraban.

Ella no dejaría ningún peine para la eternidad, ninguna vasija, ninguna casa. Ni siquiera sus botas, que habían sobrevivido mucho más que sus amores, la sobrevivirían mucho más. Y eso tampoco la importaba.

Aceptaba el recuerdo, pero también aceptaba el olvido. Aceptaba la luz y aceptaba la sombra. Aceptaba la buena y la mala suerte. Aceptaba la lluvia y el verano. Los domingos y los díasde trabajo.

Se despertaba por las mañanas y salía a la calle y no se sentía mal. Aceptaba las calles y el metro lleno de gente y luego, cuando las puertas se abrían y la dejaban escapar hacia la luz, como si ella fuera una polilla en busca de su suerte.

Salía de los túneles y se encaramaba en los días y daba sus clases en la Universidad y a veces estaba feliz y otras estaba triste y todo lo aceptaba. Incluso que su hija estuviera lejos.

No se trataba de ser feliz, sino de hacer lo que una tenía que hacer. Caminar por las salas medio en penumbra de aquel museo solitario.

Y entonces, por sorpresa, al entrar en una nueva sala, fue cuando lo vio: el hombre, o la mujer, enterrado dentro del árbol. Se acercó como si hubiera encontrado lo que había estado buscando. Habían vaciado el tronco del árbol, que ahora era casi carbón, y allí habían enterrado a un ser humano. Allí estaban incluso sus restos. Su esqueleto, o lo que quedaba de él.

Se quedó mirando la tumba árbol pensando en la belleza de todo aquello, en ser enterrado dentro de un árbol. ¿Por qué no podía estar ella allí dentro? ¿Qué la impedía quedarse allí a vivir o a morir?

La tumba estaba rodeada de una urna de cristal, pero con un poco de suerte, no estaría cerrada. Intentó levantar la tapa de la urna, y ésta no opuso la más mínima resistencia, incluso casi se levantó de golpe como si se alegrara de verla después de tanto tiempo y la invitara a pasar.

Lo que siguió fue sencillo: se introdujo en el tronco vaciado, haciendo un poco al lado los restos del esqueleto.

No quería ni lo más remotamente molestar. Solo quería descansar un par de miles de años. Quizás no tanto. Al menos hasta que sus ojos y su pie izquierdo se recuperaran.