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Bolt, una bala en Berlín

El jamacaino desafía otra vez los límites y hace 19.19, once centésimas menos que su anterior marca

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Bolt trató los 200 metros con respeto. Es la distancia que le vio despuntar en la isla mágica de los velocistas: en ella nació como futura promesa del atletismo. Cuando era más joven -hoy cumple 23 años- logró éxitos impensables en el doble hectómetro, como ganar los Mundiales junior (sub-20) con sólo 15 años o ser el primer atleta junior de la historia en romper el muro de los 20.00. Ya hace un año se mostró cuidadoso con los 200 metros en Pekín. Corrió hasta la línea de meta, sin ahorrar nada, lo contrario que había hecho en los 100.

Ayer se esmeró sobre la pista. A pesar de que se le había visto algo cansado en las rondas preliminares, se tomó la cita con profesionalidad. Estaba resuelto a utilizar todo el combustible e intentar rebajar los 19.30 obtenidos hace un año en el Nido pekinés.

Antes de la salida gesticuló como siempre -es hiperactivo con las cámaras-, a pesar de que se había mostrado más bajo de ánimos en los dos últimos días. Parecía sufrir el efecto Phelps, ese desgaste que produce la interminable rutina de competir por la mañana y por la tarde, de superar eliminatorias, cuartos y semifinales, de pasar el día en el estadio. Lo había mostrado anteayer con un gesto genial. Cuando la cámara le enfocó, a las diez de la mañana -mala hora para un jamaicano- antes de salir en la primera ronda de los 200 metros, juntó sus dos manos e inclinó suavemente la cabeza junto a ellas. Quería dormir. A veces es como un bebé.

Pero en la pista es una bestia. Se comporta como un talento de la anatomía, un prodigio de la fisiología y la biomecánica. Arrancó como una bala, aunque jamás hace una salida nula. Sí la hizo el francés David Alerte, que no supo hacer honor a su apellido.

Bolt fue el más rápido en los tiempos de reacción (0,133 segundos frente a los 0,146 de su compatriota Mullings, el segundo mejor), pero su respuesta al pistoletazo no fue lo mejor, sino lo que vino después.

Sus primeras zancadas fueron prodigiosas. Apoyos potentísimos y zancadas muy largas a pesar de ser las primeras. Un ciclón desatado en apenas tres segundos. A los 20 metros ya había alcanzado al panameño Edwards, que protagonizaría la sorpresa de la final al enganchar la plata.

Su curva fue de una potencia espectacular. Probablemente corrió los primeros 100 metros en torno a 9.90 [hoy se conocerán los tiempos intermedios]. Una barbaridad si se tiene en cuenta que en curva se corre más despacio (hay que vencer la fuerza centrífuga) y que hay que reservar para el hectómetro final.

Al paso por los 100 metros, en esa zona mágica en la que la curva se convierte en recta y muchos relevistas pierden el testigo, su ventaja era ya insultante. Cinco metros sobre Edwards y el estadounidense Spearmon, un buen amigo de Bolt.

Quedaban 100 metros. Era el momento de despejar la duda de siempre. ¿Correrá a tope? ¿Reservará el récord para otra ocasión? De nuevo surgió el respeto por los 200 metros. Bolt fue exquisito con la distancia. Apretó los dientes. Quemó todos sus depósitos en la pista.

Sus rivales iban quedando atrás. Bolt no se dejó llevar (¿contribuyeron los 100.000 dólares de bonus que otorga la IAAF por cada récord mundial?), no reservó ni un gramo de fuerza. Eso sólo lo hace en los 100 metros.

Hay un instante en las carreras de Bolt en el que ya no se le mira a él. Son los últimos 20 metros. Los ojos se van, conscientemente, al reloj, a esos números amarillos sobre fondo negro que se detienen súbitamente. Bolt también miraba, sin dejar de correr.

El marcador mostró 19.20, ajustado luego en una centésima menos. Bolt gritó, extendió su índice izquierdo señalando al marcador y se golpeó el pecho.
Es otro de sus récords impensables. 19.19. Como solía decir Ato Boldon de los cronos de Michael Johnson. 'Eso no es una marca de 200 ... ¡se parece más al año de nacimiento de mi abuelo!