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Bolt echa de menos a Gay

Jamaica logra el oro en el 4x100 con facilidad en una carrera sin historia, 21 centésimas por encima del récord mundial. Usain, que entregó el último testigo a Powell, suma su tercera victoria en el Olympiastadion

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Usain Bolt necesita presión. El día de la final de 100 metros tenía cerca a Tyson Gay para hacerle callar. El resultado fue tremendo: un crono de 9.58 que será para siempre la seña de identidad de estos Mundiales. En la final de 200 metros fue él mismo el que se puso toda la presión encima para rebajar al máximo su récord de Pekín. También lo logró. Sin embargo, ayer corrió despresurizado, casi aburrido.

La final perdió todo su morbo tras la descalificación de Estados Unidos. Gay desaparecía de golpe de la final. El oro era para Jamaica y sólo faltaba saber si los estratosféricos 37.10 de Pekín iban a ser borrados del libro de récords o no.

Jamaica repitió la combinación ganadora de Pekín en sus dos últimas postas. Bolt en la tercera posta, aprovechando su extraordinaria habilidad para correr en curva. Y la entrega a Asafa Powell, el número tres de los 100 metros en este momento. Sólo Gay podría haber derrotado a Powell si hubieran recibido el testigo a la par. Pero Gay no estaba.

El primer relevista de Jamaica era Steve Mullings, un hombre con una mejor marca de 10.01 pero con un oscuro pasado: fue sancionado con dos años por doparse con testosterona en 2004. Mullings hizo una primera posta del montón. Jamaica no iba en cabeza pero iba entre los mejores.

Le tocaba el turno a Michael Frater, que ya estuvo (exactamente en la misma posición) en el relevo galáctico de Pekín.  Frater, un atleta de 9.97 en 100 metros, tampoco logró destacarse de los equipos rivales y entregó el testigo a Bolt con los deberes sin terminar.

Entonces apareció de nuevo El Relámpago. Bolt arrancó sabiendo que la medalla de oro de su equipo dependía enteramente de él, de su mágica curva. El jueves, Glen Mills, su entrenador, confesaba que 'hemos trabajado mucho con Usain para cambiar su forma de correr en la curva. Antes se inclinaba hacia el interior, pero ha trabajado con intensidad para inclinarse hacia adelante'. Ayer lo mostró. Su curva fue antológica.

Tan rápido corría Usain en los últimos metros de su tercera posta que se tragó literalmente a Asafa. La entrega fue mala, pero la renta era holgada. Jamaica iba por delante y contaba con la tranquilidad de tener a un hombre de 9.72 en el tramo final.

Powell cerró la actuación de los camisetas amarillas con una excelente recta. Pero el récord no llegó. Jamaica paró el crono en 37.31, la segunda mejor marca de la historia, pero un aire de decepción se extendió por el Olympiastadion. Era la primera vez en estos Mundiales en la que Bolt corría una final y no batía (destrozaba) un récord del mundo.

Trinidad y Tobago, otra nación de velocistas que con un millón de habitantes es capaz de doblegar al Reino Unido, reeditó su plata de Pekín, con medio segundo menos: 37.62. El espíritu de Jesse Owens, que se ha agitado estos días observando volar una camiseta amarilla sobre una pista azul, descansa de nuevo.

Y las inquietantes piedras del Olympiastadion, impregnadas de gloria y vergüenza, albergan un nuevo mito: Usain Bolt.