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Brufau advirtió a Pemex de que su operación era hostil

¿Jaque mate de Luis del Rivero a Antonio Brufau en el asalto a Repsol?

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Mediados de agosto. El presidente de Repsol, Antonio Brufau, se sube a un avión. Destino: Ciudad de México. Se lleva a su director financiero. Tiene previsto un almuerzo con el director general de Pemex, Juan José Suárez.

Se ha decidido Brufau, después de recibir información sobre un inminente acuerdo entre Suárez y Luis de Rivero, presidente de Sacyr, para copar el poder en Repsol, a poner las cartas sobre la mesa.

¿Por qué hacerlo así, coger el toro por los cuernos? Porque Pemex es un accionista de larga trayectoria en Repsol y porque en particular durante la gestión de Brufau, la empresa mexicana ha apoyado sin fisuras sus planes.

Brufau le explica a Suárez que precisamente por esa relación especial, una asociación para tomar el control de Repsol entre Pemex y Sacyr es un error estratégico.

¿Sabe Pemex que la empresa que va a firmar un pacto con una empresa, la que preside Del Rivero, que está renegociando un crédito de 5.000 millones con sus bancos acreedores, un préstamo que tiene precisamente como garantía las acciones de Repsol? ¿Conoce Pemex que la operación, tal como está planteada, al pretender cambiar la gestión e imponer un viraje radical, sin lanzar una OPA, será considerada hostil?

El director general de Pemex oye, pero no escucha, porque ya ha tomado su decisión: arropar a Luis del Rivero en el asalto a Repsol.

John Maynard Keynes escribió en su Teoría General (1936) una de esas frases que la economía española necesita recordar de tarde en tarde.

El economista británico dice: 'Los especuladores pueden no hacer daño cuando sólo son burbujas en una corriente firme de espíritu de empresa; pero la situación es seria cuando la empresa se convierte en burbuja dentro de una vorágine de especulación. Cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en subproducto de las actividades propias de un casino, es probable que aquél se realice mal'.

Y, ciertamente, durante la expansión de la economía española 2000-2007, el 'desarrollo del capital' al que alude Keynes, se realizó mal. El motor de ese desarrollo fue el endeudamiento del sector privado y, contra lo que se asume generalmente, más que el crédito hipotecario de las familias, las responsables de una glotonería crediticia sin límites fueron las empresas españolas. Y, en especial, las grandes constructoras.

La base de esa avidez ha sido la reducción de los tipos de interés por parte del Banco Central Europeo (BCE), los cuales en España pasaron a ser tipos reales negativos (es decir, por debajo de la inflación) a partir de 2004. El crédito fluyó como la espuma con tasas de crecimiento espectaculares en relación a los otros miembros de la Eurozona. En 2006 llegó a crecer el 30%.

Fue, precisamente, el año en que la constructora Sacyr, que preside Luis del Rivero, solicitó un crédito del orden de los 5.000 millones de euros para hacer una gran operación corporativa, una de las numerosas de la época. La compra de un 20% de la compañía Repsol a 26,7 euros por título. La garantía de ese crédito otorgado por un grupo de entidades lideradas por el Banco Santander eran esas acciones. Habida cuenta de que el crash del 2008 provocó una caída generalizada de las cotizaciones en Bolsa y que, además, Sacyr sufrió el colapso de la burbuja inmobiliaria, privada primero y más tarde pública, su situación se situó al borde del abismo, bajo la espada de Damocles de sus bancos acreedores.

El asalto a Repsol, una potencial gallina de oro, se convirtió en el objetivo central de Luis del Rivero, a su vez asaeteado en su propia empresa por socios importantes. Intentó aliarse con la rusa Lukoil a finales de 2008, operación que fracasó. Pero volvió a la carga con la china Sinopec, a primeros de 2009, sin éxito. Y ya a primeros de 2011, acarició una operación con la india Essar. La mayoría de los interesados pasaron por el despacho del ministro de Industria, Miguel Sebastián.

Fue Sebastián quién el pasado martes, finalmente, recibió en su despacho a Luis del Rivero y al director general de Pemex, Juan José Suárez, para ofrecer la foto de una de las operaciones llevadas con mayor secreto para asumir el control de facto de Repsol sin lanzar una OPA (Oferta de Adquisición de Acciones). Y la Comisión Nacional de la Energía la que anunció, sin perder un minuto, que no hay nada que supervisar.
El gobierno de facto que Luis del Rivero y José Luis Suárez quieren para Repsol ya tuvo su antecedente en el borrador de pactos que el primero había pergeñado con Lukoil a finales de 2008. Han confirmado una y otra vez que no pasarán del 29,8% pero que se proponen cambiar la gestión de Repsol. La empresa como burbuja especulativa, pues.

La subida de las acciones de Repsol en la Bolsa de Madrid, saludada como la prueba de cargo del éxito de la operación, no refleja más que una reacción lógica de los inversores ante el anuncio insólito de Pemex de comprar un 5% adicional en treinta días. Y el brinco de las de Sacyr, a su vez, refleja hasta qué punto considera el mercado que Repsol puede ser su tabla de salvación.

Si Sebastián considera garantizada la 'españolidad' habrá que ver, a todo esto, la reacción en Argentina y en Brasil. En Argentina, el Estado todavía posee una acción de oro sobre YPF, participada por Repsol. ¿Cuál es el problema? Ocurre que Pemex, según la Ley Orgánica de Petróleos Mexicanos y Organismos Subsidiarios de 1992, es un 'órgano descentralizado de la Administración Pública Federal, responsable de la conducción de la industria petrolera nacional'.

El que busca, dicen, encuentra. Ahora la pregunta es: ¿estamos ante el jaque mate de Luis del Rivero a Antonio Brufau?¿o los movimientos se complican y empezamos a entrar en una reedición de la partida de Endesa?