Publicado: 25.11.2013 08:00 |Actualizado: 25.11.2013 08:00

Brufau, un incombustible en la rentable presidencia de Repsol

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Antonio Brufau, presidente de Repsol, es un tipo que siempre cae de pie. Esta cualidad explica en buena medida porque conserva el cargo después de nueve años en los que ha sobrevivido a varios intentos de desplazarle de la presidencia de la mayor petrolera del país. En los últimos días a Brufau se le ha abierto un nuevo frente: la estatal Petróleos Mexicanos (Pemex), uno de los accionistas de referencia de Repsol, ha iniciado una ofensiva contra él con la intención de sacarle de la presidencia una vez más. Los mexicanos deben saber que Brufau tiene al menos otros dos puntos fuertes: un padrino que le protege (Caixabank) y una gran habilidad para mantenerse en el cargo valiéndose de todos los medios que pone a su disposición una gran compañía como Repsol.

El conflicto abierto con Pemex, que posee un 9,34% de Repsol, viene de antiguo aunque la pasada semana se recrudeció después de que Emilio Lozoya, director general de Pemex, arremetiera contra Brufau acusándole de percibir "altas remuneraciones" y criticándole por lo que Lozoya considera una negativa evolución de las acciones de la petrolera española.

Estas palabras de Lozoya han puesto al borde de la ruptura la Alianza Industrial Estratégia que Repsol y Pemex sellaron en enero de 2012. Aquel pacto fue en realidad un acuerdo de paz entre las dos empresas, enfrentadas hasta entonces porque los mexicanos apoyaron en 2011 a Sacyr y a su presidente, Luis Del Rivero, en su intento de arrebatar el sillón de la presidencia a Brufau. Un primer intento fallido que ahora parece tener una segunda parte de consecuencias imprevisibles: Brufau puede dejar de ser presidente (cosa poco probable) o Pemex puede terminar saliendo del accionariado de Repsol (algo que es más posible).

En cuanto a las acusaciones de Lozoya, es cierto que Brufau es uno de los directivos mejor pagados de España: el año pasado cobró 4,88 millones de euros y en 2011 se embolsó 7,6 millones. Al presidente de Repsol no se le ocurrió entonces mejor forma de justificar su astronómico sueldo que diciendo que pagaba mucho a Hacienda.

Pero el detonante de este nuevo enfrentamiento es, según muchos analistas, el conflicto con Argentina por la nacionalización de YPF en abril de 2012.

 Detalle de la sede de Repsol. E.P.

Pemex, interesada en expandirse por Argentina, quiere que Repsol y el Estado argentino cierren un acuerdo que ponga fin al enfrentamiento por YPF y de paso le permita abordar sus planes con tranquilidad. Desde hace meses los mexicanos intermedian para que surja el acuerdo y de hecho, el pasado mes de junio trasladaron a Repsol una oferta del Gobierno de Cristina Fernández consistente en la creación de una sociedad conjunta en la que también participaría Pemex y el pago de 3.500 millones de euros en bonos y en activos (terrenos) sin explorar del orden de 31.200 euros el acre. Brufau rechazó de plano la oferta: la petrolera española reclama una compensación de 10.500 millones de euros por lo que considera que es es una expropiación injustificada. Ese rechazo no gustó nada a Pemex, que ahora se revuelve.

La pérdida de YPF supuso un duro golpe para la petrolera española y para el prestigio de su presidente. Sobre todo, porque han sido muchas las voces que han reconocido que en Argentina se pudieron hacer las cosas mejor. En Argentina acusaron a Brufau y los Eskenazi de vaciar YPF, pero en España nadie le ha pedido responsabilidades por haber perdido la empresa. Muy al contrario, Brufau logró imponer el mensaje de que todo ha sido un atropello injusto y arbitrario que Argentina terminará pagando.

Increíblemente, Brufau ha salido indemne de todo el asunto argentino. Es más, a pesar de que YPF le reportaba a Repsol unos beneficios de 600 millones de euros al año y que con YPF también se perdieron los derechos sobre el yacimiento de Vaca Muerta, descubierto en 2010, y con unas reservas probadas de casi 1.000 millones de barriles de petróleo y gas, Brufau minimizó la pérdida de la filial argentina

Tampoco le llovieron en demasía las críticas por su gestión en YPF. El Gobierno argentino reprochaba a Repsol su falta de inversiones en la filial argentina. Brufau decidió dedicar el 90% de los beneficios a repartir el dividiendo. En esta decisión seguramente tuvo mucho que ver su decisión de meter, a sugerencia de Néstor Kirchner, en el Consejo de Administración de YPF a la familia Eskenazi, íntimos amigos de Kirchner y su esposa Cristina, actual presidenta de Argentina. Para contentar a los Kirchner, Brufau no dudo en conceder un crédito de 1.000 millones a los Eskenazi para que compraran acciones de YPF y que los Eskenazi pagarían con el dividendo de las acciones de la propia YPF.

Argentina y Pemex son los últimos, pero no los primeros conflictos a los que tiene que hacer frente Brufau. El actual presidente de Repsol tiene callo: ya ha vivido varias guerras internas en la compañía y siempre ha salido victorioso. Quien quiera echar a Brufau tendrá que sudarlo y, sobre todo, tendrá convencer a Caixabank, el principal accionista con un 12,02%, de que le deje caer: no en vano Brufau es un hombre de la entidad catalana.

Para entender los problemas actuales con Pemex hay que remontarse unos cuantos años en el pasado, en concreto a 2006. Hasta aquel año Brufau había vivido plácidamente. Pero entonces Luis Del Rivero, presidente de Sacyr, una constructora, decidió entrar en el accionariado de Repsol: quería diversificar su negocio y con el tiempo hacerse con el control de la petrolera. Ese era su sueño.

Brufau no vio con buenos ojos la entrada de Sacyr. Veía a Del Rivero como un competidor que quería moverle la silla. Pero no pudo evitar su entrada en Repsol. Esa fue su única derrota frente al entonces presidente de Sacyr, en un enfrentamiento que se prolongó hasta octubre de 2011, cuando Del Rivero fue destituido como presidente de la constructora, pagando así en buena parte sus excesos en Repsol.

Brufau tardó poco en tener una oportunidad de revancha. Para comprar el 20% de la empresa, Sacyr tuvo que endeudarse hasta las cejas: desembolsó 6.500 millones de euros. Dos años después, en 2008, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y la crisis pusieron a Sacyr contra las cuerdas: la constructora se ahogaba una deuda de 18.000 millones de euros. Sacyr necesitaba vender toda o parte de su participación en Repsol. Entonces entraron en escena los rusos: amagó Gazprom, el primer conglomerado petrolero de Rusia, pero fue Lukoil, la segunda compañía del país y la primera privada, la que quiso hacerse con el 30% de Repsol.

En la práctica ese 30% de las acciones suponía hacerse con el control de Repsol. Lukoil negoció la compra de acciones de la petrolera española con Sacyr y Caixabank. En un principio, Sacyr vendería toda su participación a un precio que rondaría los 27 euros por acción, similar al que compró dos años antes (26,7 euros). Lukoil asumiría íntegramente la deuda contraída por Sacyr, los 6.500 millones de euros que desembolsó, vía créditos, para entrar en Repsol.

El presidente de Repsol, Antoni Brufau, con el presidente de CaixaBank y vicepresidente de la petrolera, Isidre Fainé. EFE

El revuelo mediático y empresarial fue digno de un culebrón. A pesar del interés del rey Juan Carlos por echar una mano a los rusos (llamó hasta seis veces al entonces presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero para apoyar a Lukoil) y de que el entonces presidente del Gobierno no puso muchos reparos, la operación no salió adelante. Brufau hizo todo lo que pudo para torpedear las negociaciones entre Sacyr y Lukoil. Llegó a amenazar con dimitir si Repsol dejaba de ser, según sus palabras, "independiente, española y privada". Pero no fue Brufau quien frustró las negociaciones entre la petrolera rusa y la constructora privada: en el fondo la operación era un mal negocio para Lukoil porque tenía que pagar un sobreprecio enorme para enjugar la deuda de Sacyr. Por aquel entonces las acciones de Repsol cotizaban a 15 euros y no tenía sentido pagar casi 27.

Resuelto el problema de Lukoil, se desencadenó lo que algunos medios especializados bautizaron como "la segunda guerra de Repsol". Fue una guerra por el dividendo de 2009. Ante la dificultad de vender su paquete en Repsol, Sacyr y su presidente presionaban para que Repsol incrementara su dividendo a los accionistas. Pero Brufau se negaba a pesar de que la petrolera tenía beneficios. Y fue Brufau quien salió victorioso: en febrero de 2010 el consejo de administración de Repsol aprobó una rebaja del 19% sobre el dividendo complementario. Del Rivero terminó claudicando: la decisión fue aprobada por unanimidad por todos los consejeros de Repsol, incluidos los de la constructora.

La pelea por el dividendo no era más que la punta del iceberg de un conflicto de fondo: Sacyr, fuertemente endeudada, quería rentabilizar al máximo su inversión. Además, a estas alturas, ya era evidente para todos que Del Rivero y Brufau no se llevaban bien. El propio Brufau llegó a decir meses más tarde al recordar esa guerra: "En realidad nosotros podíamos haber quebrado Sacyr de haberlo pretendido, simplemente no repartiendo dividendo".

Esa guerra por el dividendo de 2009 marcó el inicio de una escalada de tensión que culminó el 29 de agosto de 2011 con Pemex, el otro gran accionista, como actor secundario. Sacyr y la empresa mexicana sellaron un pacto de sindicación de acciones para aumentar su cuota de poder en Repsol, haciendo valer los derechos correspondientes al 30% del capital que sumaban. Las dos partes tenían intereses en aliarse aunque no fueran exactamente los mismos:Juan José Suárez Coppel, director general de Pemex, no consideraba suficientemente aprovechada su histórica inversión en la petrolera española y Del Rivero quería quitarse a Brufau de encima.

El acuerdo entre Sacyr y Pemex se cerró a espaldas del resto de accionistas y consejeros de Repsol. El movimiento no gustó nada en los cuarteles de Brufau ni tampoco a Caixabank. La entidad catalana hizo valer su 12% de acciones y demostró dos cosas: quién manda en Repsol y que Brufau era, y aún es, su hombre.

Al pactar con Pemex Luis Del Rivero cavó su propia tumba. Fortalecido por el apoyo de Caixabank, Brufau pidió a los grandes accionistas de Sacyr la cabeza de Del Rivero y estos se la sirvieron en bandeja de plata en octubre de 2011: el día 20 de octubre Del Rivero era destituido como presidente de Sacyr. Con Del Rivero fuera, Brufau ofreció a Sacyr que Repsol le comprara la mitad de sus acciones en la petrolera. Los nuevos gestores de Sacyr aceptaron sin dudarlo y en diciembre de 2011 se cerró el acuerdo por 2.572 millones de euros que Repsol pagó uno tras otro. La compra vino acompañada por otros dos hechos relevantes: Pemex y Sacyr deshicieron su pacto y Del Rivero salió del consejo de Repsol.

Nada más liquidar a Del Rivero, Brufau empezó a buscar accionistas menos incómodos y cómo colocar las acciones que había comprado a Sacyr. En enero de 2012 colocó el 5% de su capital social y poco más de un año después, en marzo de 2013, vendía el resto de su autocartera a Temasek, el fondo soberano de Singapur, que finalmente se hico con el 6,3% de las acciones. En su conjunto, la operación con Temasek supuso un efecto patrimonial negativo para Repsol de 148 millones de euros.

En cuanto a Pemex, las aguas aparentemente volvieron a su cauce. Sabedor de que los mexicanos no estaban del todo a gusto, en enero de 2012 Brufau les ofreció una Alianza Industrial Estratégica, esa misma que ahora puede saltar por los aires. Pero dada la suerte que siempre ha acompañado a Brufau es más que probable que la onda expansiva apene le afecte.

El consejo de administración de Repsol celebrará este miércoles un consejo de administración en el que previsiblemente quedará desactivado el último intento de Pemex por forzar cambios en la gestión de la compañía. Fuentes empresariales indicaron a Europa Press que las desavenencias de Pemex no forman parte del orden del día, cuyo punto fuerte será la aprobación del dividendo, aunque dieron por hecho que es muy probable que se aborde esta cuestión. Para ello, es necesario que acuda el consejero de la empresa mexicana, José Manuel Carrera. Repsol es consciente de que las recientes críticas realizadas en el Congreso mexicano por el director general de Pemex, Emilio Lozoya, al presidente de la compañía, Antonio Brufau, implican una ruptura del acuerdo alcanzado el año pasado entre las dos petroleras, en el que existe un compromiso de apoyo a los gestores del grupo español por parte del mexicano. Sin embargo, no está previsto que Repsol dé por roto el acuerdo y, con ello, promueva la expulsión de Pemex del consejo. Al contrario, es probable que la dirección de la petrolera, apoyada en el respaldo del consejo, intente propiciar fórmulas de acercamiento en caso de que se plantee la cuestión.

Pese a que el vínculo empresarial de Pemex y Repsol se remonta a finales de los años setenta, en los últimos meses, y mientras avanza el proceso de privatización de la petrolera mexicana, sus directivos han ahondado en las críticas a la dirección de la compañía española y han realizado acercamientos a YPF. Otro de los aspectos que enrarecen la relación de este socio con la petrolera española son las informaciones que apuntan a la búsqueda de una alianza con un inversor como Carlos Slim, posteriormente desmentida, para ganar peso en Repsol, así como las relacionadas con posibles contactos con agencias de 'proxy' para forzar una junta extraordinaria que cuestione a Brufau. Mientras, el resto de accionistas de Repsol con presencia en el consejo, que son Sacyr, La Caixa y Temasek, no parece secundar a la compañía mexicana en su deseo de cambiar la gestión. En todo caso, fuentes de La Caixa indicaron a Europa Press que estas cuestiones "deben abordarse en el seno de la compañía", que es donde "dará su opinión, si se plantea".