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El Cabrero y su voz de "tronco" encandilan al público de Madrid

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En Madrid esta noche hacía "tela" de calor pero ha salido José Dominguez "El Cabrero" al escenario y al medio millar de asistentes a su concierto le ha corrido, "con paso hondo y lento", un escalofrío que esa voz "que canta más allá del tiempo" ha mantenido durante más de hora y media de dignidad y poesía.

El Cabrero (Aznalacollar, 1944), acompañado del guitarrista sevillano Rafael Rodríguez, tenía el propósito de dedicar este concierto de los Veranos de la Villa en los Jardines de Sabatini a su último disco, "Pastor de nubes", pero la presión del público y su propio gusto le ha hecho recuperar algunas de sus interpretaciones más celebradas, entre ellas fandangos del Alosno.

Con canciones que son declaraciones de principios, el sevillano, tocado con su sombrero de "cowboy estepario" y de negro riguroso, sólo roto por el pañuelo estampado al cuello y las botas de cuero claro, ha agradecido la devoción de sus "fanáticos" como los hombres antiguos presentaban sus respetos a los deudos de un fallecido: con una reverente inclinación.

Después de abrir con la mariana que dedica "a ese río de los flamencos que tiene la reata larga" se ha lanzado por los versos que su mujer, Elena Bermúdez, le escribió "de una tirada" una temporada que estaban separados.

"Mi infancia fue una ilusión. Si la tuve no me acuerdo, por eso a veces me paro a jugar con lo que encuentro, a pídola con el alma y al esconder con el tiempo", ha desvelado el artista, que sólo canta donde y cuando quiere, lo que no es muy a menudo porque, según decía esta noche a Efe su mujer quieren una vida de "tran, tran", sin agobios por cumplir con compromisos.

El "deseado" ha comenzado mirando a la tierra, echando "pa fuera" esa voz "nacida del dolor y el miedo" a través de su cuerpo entero, aunque como es "época de carámbanos", su forma de llamar a ese aire acondicionado que le "mata", se ha resentido en varias ocasiones llevándose las manos al pecho y cabeceando con disgusto.

"Ay la voz... Tengo la voz de tronco, llena de agua", ha dicho con un pesar sincero e inusual en medio de los aplausos que no delataban queja alguna sobre lo que se estaba escuchando.

Tras la soleá en la que dice "yo no quiero comulgar con la sangre de otro para que tenga yo más libertad", ha soltado la primera de sus sentencias "camperas" para agradecer la satisfacción de sus "acólitos": "así que es verdad que una buena esquila lleva al mulo", ha "soltado" mientras miraba con admiración a su guitarrista.

Pero de sus quince "lecciones" de verdad, las que han hecho incluso encender las luces del patio de butacas han sido lo fandangos que desvelan su "indignación" social.

"Como buen republicano -desgranaba delante del Palacio Real- tengo las ideas muy claras: ya está bien de tantos años que llevan viviendo de otras espaldas".

Luego, "como se suelta un taraje en la ría, que no se sabe lo que va a pasar", se ha lanzado por la belleza del "Soneto de bosque": "bruscamente la tarde se ha aclarao porque cae la lluvia minuciosa".

A continuación se ha puesto de pie y así ha cantado, "con una tarascá flamenca", los versos de Horacio Guaraní "Si se calla el cantor".

Se ha sentado para las siguientes y cuando ya se ha "cansao de molestar" al técnico para que le moviera el micrófono lo ha puesto encima de su silla para arrancarse con "Carcelero, carcelero", "una zambra que es una catedral".

En los versos de Marcos Ana, interpretados por "tonás", se ha equivocado en la letra y, genio y figura, ha dicho con naturalidad que hacía mucho que no la cantaba.

En la que no se ha equivocado, a pesar de la enorme dificultad de la letra, es en "la melosa" "Luz de luna", el único bis tras una hora y cuarenta minutos de concierto en los que ha encandilado al público, puesto en pie fervoroso durante varios minutos.

Concha Barrigós.