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En la cama con Onetti

Mario Vargas Llosa se adentra en la frondosa imaginación del autor uruguayo en El viaje a la ficción

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Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909 - Madrid, 1994) pasó los últimos años de su vida sobre una cama que le hacía volar a otros mundos, en plan Little Nemo, pero acompañado de cigarrillos, whisky y un trillón de libros para leer en horizontal. Dicen que se negaba a mirar por la ventana, pese a tener una vista generosa, y que tenía un retrato de Faulkner en la pared que enseñaba a todo el mundo. Para las visitas especiales, lo quitaba y ponía en su lugar uno de Raymond Chandler.

"Igual incluso influía en su estado de ánimo", relataba ayer el periodista Juan Cruz en la presentación de El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (Alfaguara), junto al autor, Mario Vargas Llosa.

"Este libro se centra en un aspecto central de la obra de Onetti, pero no en el único: su huida permanente a la fantasía, sus viajes a la imaginación o, lo que es lo mismo, la literatura como única escapatoria posible para los que creen que el mundo es inhabitable y no quieren caer en el suicidio, como tantos personajes de Onetti. Se trata del suicidio o la fuga a lo imaginario", resumió ayer Vargas Llosa.

El libro nació de un curso que el autor de La ciudad de los perros dio en 2006 en la Universidad de Georgetown (Wa-shington) sobre la obra de Onetti, y que le obligó a volver a leer sistemáticamente toda su obra. "Aunque en realidad se debe a la sorpresa que me supuso leer a Onetti por primera vez a comienzos de los sesenta. Ya entonces sabía que sería uno de los grandes y un moderno, el primer novelista de lengua española moderno, en el sentido que supo aprovecharse del legado de maestros modernos: Faulkner, Joyce, Proust y Céline".

Según Vargas Llosa, antes de Onetti no había nada. "Borges no cuenta: era cuentista y ensayista". Pero en la novela latinoamericana anterior, sólo había "autores provincianos obsesionados con el folclore, muy preocupados por el tema y muy poco con el estilo. De esos que se ponen el traje para sentarse y escribir sobre lo que pasa en la calle. One-tti dio importancia al punto de vista y a un lenguaje cotidiano nada postizo ni literario en el peor sentido".

Obra de la frustración

Una paradoja para terminar. El autor de El astillero incorporó la imaginación a sus relatos y les dio la misma importancia que los datos históricos. Pero por mucho que le pesara al propio One-tti (que se definía ajeno a cualquier compromiso más allá del de escribir bien), "consiguió que su obra fuera profundamente latinoamericana. Sus personajes están condenados a no realizarse y sus empresas, al fracaso. Su obra es la obra de la frustración. Es una metáfora del gran fracaso de Latinoamérica en el siglo XX. Sus libros no habrían pasado la prueba del tiempo si sólo fuesen un ejercicio de imaginación o una novela que remite a otras novelas".