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"Los campamentos de refugiados han de ser espacios de dignidad"

Director general de Acción contra el Hambre. Pasó su infancia en Lourdes (Francia) y viajó por todo el mundo antes de recalar en Madrid.

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Eso de vivir hasta los 18 años en Lourdes (Francia), la capital del peregrinaje, deja huella. Desde niño, Olivier Longué se acostumbró a atender a los miles de peregrinos que acudían a esta localidad del Pirineo francés. 'Siempre había algún autobús perdido al que orientar, viajeros a los que proteger de las tormentas pirenaicas... La solidaridad estaba hasta en la sopa y surgía de forma espontánea', cuenta Olivier. Todo aquello le dejó poso, y ahora, de adulto, este francés dirige en España una de las ONG más importantes, Acción contra el Hambre, cuya labor en el Cuerno de África está siendo fundamental para intentar atajar la hambruna.

Pero entre aquella niñez y adolescencia en Lourdes y su despacho actual en el centro de Madrid, a Olivier, de 47 años, se le quedó en medio un sueño por cumplir: ser arquitecto. 'De pequeño me gustaba la idea de construir casas para que la gente fuese feliz', recuerda. Casas dibujadas con trazo de escolar: simples, con una puerta y dos ventanas y jardín con árboles frutales. Al sueño infantil se le unió la pasión de su padre, periodista, por la arquitectura, las catedrales y los cementerios: 'Mi padre me llevaba de viaje a conocer ciudades perfectas, como Florencia, y aquello era algo que me fascinaba'.

'Dejé mi sueño porque yo era muy buen colorista, pero mal dibujante'

¿Y cómo se cayó del sueño? 'No sé quién me dijo que para ser arquitecto había que dibujar muy bien. Y yo era muy buen colorista pero mal dibujante'. Olivier Longué aterrizó en la realidad, dejó Lourdes con 18 años y se fue a estudiar a París hasta los 23. Pronto empezaría su labor como cooperante y diplomático, ya antes alimentada con su labor en asociaciones sin ánimo de lucro. 'A los 16 años fui voluntario en un campamento con adolescentes que tenían minusvalías psíquicas', afirma este hombre, que ha vivido en África, en Nueva York, y ha viajado por medio mundo. 'He estado en más de cien países, y me dejó muy buena impresión Kirguistán', apunta Olivier, al que todavía le queda uno muy importante que visitar: India.

Ese periplo por el planeta terminó con una sede fija en 1995, cuando fue nombrado director de Acción contra el Hambre en España y se instaló en Madrid. Desde entonces vive aquí. Ya conocía España de su infancia, cuando pasaba los veranos con su familia, 'en un pueblecito de pescadores', llamado Cambrils (Tarragona).

'De pequeño me gustaba la idea de hacer casas para que la gente fuese feliz'

De Madrid, destaca su 'luz maravillosa' y que le permite moverse a pie y en bici. 'No tengo coche y es una ciudad cómoda', opina. Para él, es una 'ciudad perfecta'. Porque Olivier no se ha olvidado de aquel sueño infantil y, de algún modo, ha intentado transferirlo a su trabajo humanitario. 'El espacio tiene que ser un elemento de dignidad, sea donde sea, más allá de la mera supervivencia. Los campamentos de refugiados, en Haití, en Somalia, tienen que garantizar los servicios básicos: salud, agua, comida y educación', afirma. Esa dignidad se traduce en que muchas veces son las propias víctimas de las crisis humanitarias las que se encargan de que el lugar temporal en el que habitan tenga su propia seña de identidad.

Olivier pone ejemplos: 'En Libia, con tres piedras blancas, los refugiados delimitan su propio espacio, o colocan un trapo de color rojo como diciendo Esta es mi casa'. También en Haití los campos de refugiados más dignos son aquellos en que hay una tienda por familia, sin hacinamientos, y en la que en la entrada de cada estructura se ha hecho un pequeño 'jardín' delimitado con piedrecitas. El objetivo: 'Que los niños no pierdan la esperanza de que van a poder salir de ese mal trago', explica este francés.

Es la particular adaptación del concepto de ciudades ideales a las casas de bambú y las telas de plástico que rápidamente se levantan en cualquier emergencia. 'Porque la idea del arquitecto sigue ahí', concluye Olivier.

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