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Las cárceles españolas apuestan por celdas abiertas y "convivencia" entre presos

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Módulos con celdas abiertas en los que los reclusos participan en la organización y se comprometen por escrito a respetar normas de convivencia, limpieza, diálogo, aseo personal, nada de drogas...; Ese es el futuro e Instituciones Penitenciarias pretende que llegue a todas las cárceles españolas en 2009.

Para entonces debe haber al menos uno de esos denominados "módulos de respeto" -que ya existen en diez prisiones- en todos los centros, según Mercedes Gallizo, directora general de Instituciones Penitenciarias, que apuesta por ese "nuevo modelo de convivencia" dentro de los muros de las prisiones.

Es la "gran apuesta" de Gallizo, quien visitó esta semana el centro penitenciario de Mansilla de Las Mulas (León), pionero en esta experiencia y que, en sus palabras, "va a marcar un antes y un después en el sistema penitenciario".

La idea comenzó a materializarse en esta cárcel hace casi seis años, cuando se desarrolló un programa nuevo, con 15 presos, que pretendía mejorar la convivencia en la prisión, a partir del compromiso de los propios internos de cumplir una serie de normas basadas en el "respeto" y de participar activamente y trabajar en grupo en un espacio en el que la implicación de los funcionarios resulta fundamental.

La experiencia de la cárcel de Mansilla, que dirige José Manuel Cendón, dio resultados positivos y Gallizo, desde hace dos años, trabaja para generalizarla a otros centros.

Actualmente, además de la de Mansilla, hay diez cárceles -A Lama (Pontevedra), Teixeiro (A Coruña), Albolote (Granada), Villena (Alicante), Algeciras, Málaga, Sevilla, Topas y Zuera (Zaragoza)- que tienen como mínimo un módulo de respeto y en otras veinte los funcionarios han recibido formación para su puesta en marcha.

Los responsables de Prisiones están convencidos de que es "el futuro" del sistema penitenciario y, aunque reconocen que "no es el mejor momento de ocupación", sostienen que no implican más costes y que este camino redundará en una disminución de la reincidencia.

Los resultados lo avalan, y se aprecian a primera vista en Mansilla, donde 857 internos -el 60 por ciento de la prisión- viven en módulos de respeto, en espacios "personalizados" con celdas que permanecen abiertas hasta alrededor de las ocho y media de la tarde y que deben de estar en perfecto estado de orden y limpieza.

Esta es una de las normas que deben aceptar voluntariamente los presos para ingresar en uno de estos módulos, pero hay otras reflejadas en el "contrato conductual", que tienen que rubricar, como cuidar su aspecto, ducharse diariamente o fumar sólo en el patio o en la celda, siempre que al compañero no le moleste.

Pero, además, se tienen que comprometer a realizar unas actividades y tareas que se diseñan en un programa de tratamiento individualizado para cada interno, que deberá participar de manera activa en la organización y funcionamiento general del módulo.

Otros compromisos son los de mantener relaciones cordiales y educadas con los compañeros y el personal de la prisión y no consumir o poseer drogas o protagonizar actos de violencia física o verbal.

De producirse esos casos, deben ser resueltos por tres reclusos constituidos en comisión de "mediadores", unas de las que funcionan en este modelo, junto a las de acogida, de actividades y de ayuda legal.

Todos los presos pertenecen a un grupo de trabajo -comedor, mantenimiento, limpieza, galerías, etc-, cuyas actividades son calificadas en un sistema de evaluación que, con "positivos" y "negativos", da un perfil de su evolución.

Ocho de los catorce módulos que hay en Mansilla -en cada uno hay entre 72 y 140 internos- son de respeto y todos ellos son de hombres, incluso, desde hace dos meses, hay uno con presos de primer grado.

"Esto es un vergel", contesta Modesto, cuando se le pregunta cómo vive en Mansilla; "cada tres meses viene la familia y preparamos una comida con todos en el comedor, y ven que la prisión no es tan mala", continúa.

Muchos internos clavan en el tablero de su celda, donde sólo pueden hacerlo, fotografías de los suyos o posters de "chicas de buen año", con las que su mente se puede evadir mientras ponen en práctica sus habilidades con la cerámica, el esmalte o con el reciclaje de latas, con el que Rachid, al que le quedan siete meses de prisión, confecciona marcos.

"Esto es bastante mejor en todo, por aspecto, por la gente que trabaja. Aprendes actividades, terapias, entre los compañeros no hay conflictos", comenta el argelino.

"Nos autogobernamos", dice Viorel, de Rumanía; "estamos mejor que tirados en el patio", añade Emilio, de Guatemala".