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¡A la carga, hijos de Grecia!

En el siglo V a. C. las polis griegas unieron sus fuerzas para expulsar al invasor persa en las Guerras Médicas

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A comienzos siglo V. a. C. el Imperio persa se había extendido por Jonia controlando la zona oriental del Egeo. Ante esta situación, varias ciudades se rebelaron contra Dario I, rey de los persas, con el apoyo de algunas polis -entre ellas Atenas-.

Como castigo, inició una campaña con la intención de conquistar Grecia. Las Guerras Médicas habían comenzado.

Siguiendo los pasos de Esquilo, dramaturgo griego que vivió en primera persona el desarrollo de las guerras, el periodista Julio Murillo recorre las principales batallas (Maratón, Termópilas, Salamina y Platea) en su novela El agua y la tierra (Edhasa).

En el año 490 a. C. se produjo la primera toma de contacto con los persas. Según Heródoto, alrededor de 12.000 combatientes de Atenas y Platea se

desplegaron en Maratón frente a los 40.000 persas desembarcados en esta llanura del Ática. Ni las flechas de los arqueros ni la caballería persa frenaron el avance de la falange ateniense.

Pese a la victoria, la retirada persa exponía a la polis ateniense. Para remediar la situación se envió a Filípides, el mejor mensajero ateniense, a dar la noticia de la victoria para que se organizaran para el combate. Tras recorrer corriendo los casi cuarenta y dos kilómetro, cumplió su cometido y cayó muerto. Viendo a la polis preparada para la defensa, las tropas persas decidieron regresar hacia Asia Menor.

Tras la batalla de Maratón se firmó un pacto militar entre Atenas y Esparta ante el temor de que Persia, gobernada con mano férrea por Jerjes tras la muerte de Dario, volviera a intentar conquistar Grecia. La negativa de ambas polis a cumplir las exigencias de los embajadores persas de Jerjes marcó el inicio de la Segunda Guerra Médica.

En el año 480 a.C., los esfuerzos bélicos de Jerjes se concentraron en un punto estratégico: un estrecho desfiladero denominado las Termópilas, cuyo significado es 'Puertas Calientes' y que permitía entrar en el corazón de Grecia. La defensa del paso fue encargada al espartano Leónidas, que consiguió frenar al avance persa durante dos días.

Pese a su esfuerzo, el traidor Efialtes enseñó a las tropas de Jerjes un camino de pastores por el cuál evitar el desfiladero. Los 1.000 focios que protegían el paso huyeron y Leonidas, ante la masacre, ordenó la retirada a las tropas griegas quedándose con 300 espartanos. A ellos se unieron 700 tespios que entregaron su vida.

Desde ese momento, el paso estaba libre para los persas. Los griegos optaron por evacuar Atenas y refugiarse en la isla de Salamina. Tras incendiar la acrópolis, el rey persa decidió entablar una batalla naval con Atenas.

La táctica ateniense se concentró en hacer ver a los persas la facilidad de su victoria atrayéndolos hacía sí en una estrecha zona que acabó provocando el choque y hundimiento de la flota persa. La victoria estaba más cercana.

Tras el resultado de Salamina, Jerjes regresó a sus dominios dejando a su general Mardonio al mando. Tras un segundo ataque a Atenas, la batalla definitiva se libró en la planicie de Platea, donde los griegos, dirigidos por el espartano Pausanias, consiguieron infligir una dolorosa derrota a los persas.

Tras ella, Persia abandonó su sueño de conquistar Grecia, donde aún quedaba otra dura guerra para dirimir la supremacía entre las polis de Atenas y Esparta. Pero eso es otra historia.