Publicado: 25.04.2014 20:32 |Actualizado: 25.04.2014 20:32

La carta de un amigo

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"Uf, esto es muy duro, la vida es injusta. Tito tenía mi edad. Era un hombre de 45 años y esto, ¿quién me explica esto?". Al otro lado del teléfono, la voz de Jorge Otero desde Vigo casi se dispone a relatar una carta sin necesidad de coger el bolígrafo o apretar las teclas del ordenador. Pero el sentimiento empuja. Al fondo queda esa época compartida con Tito Vilanova, esas dos temporadas (92-94) en el Celta que provocaron algo muy parecido a la amistad. Luego, cuando él fue traspasado al Valencia, acusó la distancia por esas cosas que pasan.

Pero en la memoria de Jorge Otero, triunfador en esa época, mundialista en EEUU 94, no desaparecen esos años en Vigo en los que la suerte fue esquiva con Tito, 19 partidos en tres temporadas. Sólo era un futbolista discreto, nada que ver con el entrenador que ha sido.  "La última vez que le vi fue en Barcelona. Me acerqué a ver los entrenamientos de las categorías inferiores, pues yo ahora estoy de segundo entrenador aquí en Vigo en un equipo de infantiles, el Rápido de Bouzas... Quería ver y Tito me recibió como si no hubiesen pasado esos 19 años... Yo le veía y me decía: ¿cómo ha podido llegar ese hombre hasta ahí? Pero no era otro. Era Tito Vilanova. Un buen hombre por encima de un hombre importante".

La distancia, pese a todo, nunca consiguió el olvido. "Hace poco le mandé un WhatsApp de ánimo, no sabía llamarle, no quería molestarle, y me dio las gracias al momento". Son las lágrimas que deja la vida, parecida a los recuerdos del futbolista amigo. "No sé por qué. Nunca lo supe, pero aquí Tito jugó poco. ¿Por qué? ¿De qué vale esa pregunta ahora? Pero supongo que nosotros éramos un equipo de brega, de pelea, de zafarrancho de combate, y Tito no era así. Tito era un futbolista que pedía la pelota pegada al suelo [fotogalería]. Siempre decía que no podíamos hacer otra cosa mejor que jugar el balón. No renunciaba a esa idea. Tenía esa influencia del Barcelona de Cruyff. Vivía con ella. Estaba orgulloso de ser así. Por eso yo creo que él ha sido como un adelantado de eso que ahora está tan de moda y que llaman tikitaka. Porque, sí, era un futbolista de clase, sí. A balón parado, llamaba la atención. Tiraba muy bien los golpes francos. Lo veías en los entrenamientos y, sin embargo, en los partidos, no hubo casi partidos en el Celta, ¿por qué? No lo sé, puede que este no fuese su sitio ni el tipo de fútbol que él buscaba. Aquel Celta fue capaz de llegar a una final de Copa del Rey a golpe de voluntad, de tesón... Tenía que ser así. No teníamos mucho más...".

Han pasado casi veinte años, que ahora actúan como un estímulo para Otero. "Sí tuve buena química con él. No sé por qué. Yo era lo que no era él. Yo era un futbolista de brega, un lateral derecho que iba de un lado a otro. Tito, sin embargo, era un mediocentro de clase. Pero la vida es otra cosa. En la vida esas diferencias no importan para quedar a cenar, para descubrir afinidades y, casi sin darse cuenta, empezar una amistad. Me acuerdo que Susana, mi esposa, hizo gran relación con Montse, su mujer; me acuerdo que Tito también era un apasionado del cine, un tipo culto que ni mucho menos vivía encerrado en su suplencia... Si la memoria no me engaña, lo recuerdo como un hombre inteligente que, por encima de futbolista, sabía ser compañero. Podía ser suplente, pero no era envidioso. Quizá es lo que más se aproximaba en él al entrenador que ha sido después, porque le veías y no decías: este hombre va destinado a ser entrenador. Hay gente que te cruzas en el vestuario y no tienes duda, porque te deja marcada, pero Tito no destacaba precisamente por su carácter, por sus gritos, por sus enfados. Sin embargo, con el tiempo nos ha demostrado a todos que se puede ser un magnífico entrenador sin un gran carácter".

En su frágil monólogo, Jorge Otero es incapaz de hacerse a la idea de que la vida tenga por qué ser así. "Pero ya no vale la pena quejarse. Ha sucedido y... Precisamente, ahora también me acuerdo de Carlos Pérez, un chaval que fue compañero nuestro en el Celta en esa época y que murió delante de sus hijos en su casa, al caérsele unas columnas de piedra... Precisamente, el año pasado yo estaba entrenando a Guille, uno de sus hijos, en infantiles y cada vez que veía al chaval sentía lo injusta que puede ser la vida. Hoy, después de lo de hoy, ya no sé qué más decir más que dar las gracias a Tito Vilanova por lo que nos ha enseñado a todos estos últimos años. Había llegado como entrenador hasta donde casi nunca llegan los que no han sido grandes futbolistas y, sin embargo...".