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"Carver fue mi víctima"

Gordon Lish, el editor que tocó, retocó y creó el estilo de Raymond Carver a golpe de tijeretazos en sus manuscritos, publica Perú en España. Reconoce que su misión era encontrar nueva ficción, "as&

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El tema de la entrevista iba a ser la publicación en España de Perú (editorial Periférica), un libro falsamente autobiográfico que Gordon Lish escribió en 1986, un ejercicio formal sobre el proceso de la memoria y la vida de los recuerdos. Pero la conversación se centró rápidamente en Raymond Carver (1938-1988), el pionero de la prosa minimalista, el gigante del cuento corto, el autor que Lish descubrió, publicó, editó y corrigió en los años ochenta.

Lish no es alguien muy conocido fuera del mundo de las letras, pero en el universo literario de Nueva York su nombre sigue despertando una enorme polémica. Y no hay nada más despiadado que una polémica sobre proceso creativo, derechos de autor, herencia, memoria y libros.

'Fui muy duro y brutal', reconoce Lish en su relación con Carver

Desde su puesto en la revista Esquire y más tarde en la editorial Knopf, Lish fue Captain Fiction, el mentor de una nueva narrativa que cambió el estilo de escribir en los años ochenta, la de Barry Hannah, Richard Ford, de su viejo amigo, Don DeLillo, pero sobre todo de Raymond Carver, el autor de De qué hablamos cuando hablamos de amor.

Había rumores, pero el escándalo estalló en 1998 cuando un conocido crítico literario, D.T Max, afirmó en portada de la revista semanal del New York Times, que las historias de Carver habían sido profundamente editadas por Lish. Sus tijeretazos, más que el texto original, habían creado el estilo abrupto y brutal que hizo de Carver una figura de la nueva literatura estadounidense. Max se basaba en los archivos cedidos por Lish a la biblioteca Lilly en la Universidad de Indiana. Las cajas de manuscritos y cartas demostraban profundos cambios en los relatos más conocidos, incluido De qué hablamos cuando hablamos de amor.

Carver, contaba el artículo, había aceptado voluntariamente la implacable poda de su prosa, primero porque confiaba en el criterio de Lish, al que frecuentaba desde finales de los sesenta, cuando los dos eran perfectos desconocidos en Palo Alto (California) y Carver era un borracho; y luego porque, como todos los autores, quería publicar.

Lish duda mucho de que hubieran publicado a Carver sin su intervención

Max afirmaba que con la consagración y la fama, Carver se resistía cada vez más a la intervención de Lish, pese su agradecimiento y admiración. En una carta de julio de 1980, Carver, imploraba que respetaran la integridad de sus textos.

'Si estuviera solo, si nadie hubiera visto las historias, entonces quizás, sabiendo que tus versiones son mejores que algunas de las que te he mandado, a lo mejor podría seguir con esto', confesaba Carver, que temía que su mujer y sus amigos se hicieran preguntas sobre las diferencias de estilo. 'Tess ha visto [los manuscritos] muy de cerca [...] así como Richard Ford, Toby Wolff, Geoffrey Wolff [...] ¿Cómo puedo explicarles lo que ha pasado?'.

La carta, dice Lish, se sacó de contexto. 'Después de esta hubo muchas otras', en las que Carver agradecía el apoyo de su amigo y editor. 'Si realmente hubiera insistido, nada de eso se habría publicado, en aquella época no lo hubiéramos hecho', dice Lish. Reconoce que Catedral, el último libro de Carver, mucho más lírico y sentimental, salió prácticamente sin retoques.

Carver murió en 1988, a los 50 años de edad, fulminado por un cáncer de pulmón. Su viuda, la poetisa Tess Gallagher, que le sacó de su abismo etílico, empezó a exigir de Knopf que sacara la versión íntegra de los relatos. Tras años de lucha, Beginners salió el pasado octubre en Reino Unido y debería publicarse dentro de poco en EEUU (se espera una traducción en España el año que viene).

Lish es un personaje que vive del personaje. Lo reconoce él mismo. 'Soy un farsante, sí, de verdad'. Reverenciado y odiado en sus tiempos más gloriosos, a sus 75 años, se dedica a una existencia tranquila en su piso del Upper East Side, arropado en el calor de la oscuridad, con las persianas bajadas.

Con su pelambrera blanca, Lish hace de viejo profeta en su cueva. Recibe a Público en el salón de muebles renacentistas que compró su difunta esposa, maderas oscuras y solemnes. Como en un templo, pide que nos descalcemos (él va en calcetines) para no rayar el parqué escrupulosamente encerado.

Y no, no le gusta hablar de Carver. Lamenta haber hablado con Max, lamenta haber mencionado el tema en otras entrevistas, se arrepiente de estar hablando ahora. 'Ya he dicho demasiado'. Pero no puede evitarlo. Primero porque se lo preguntan, sobre todo, después de la publicación de Beginners: 'Me están llegando muchos artículos de la prensa británica'. Luego, porque es un tema que obviamente le sigue perturbando. Lish se prepara para una nueva racha de especulaciones con la próxima aparición de una nueva biografía de Carver, en la que no sale muy bien parado.

El proceso creativo no es ni perfecto ni puro. Scott Fitzgerald robó páginas del diario de su mujer, Zelda, para Tender is the Night. Ezra Pound podó sin piedad The Wasteland, de T.S. Eliot, incluso le cambió el título. Pero en el caso de Carver y Lish 'no fue una colaboración', reconoce este último: 'Fui muy duro y brutal'. Y, por provocación o por el desapego de la distancia, insiste: 'Todos somos víctimas los unos de los otros, y él fue mi víctima, desde luego'.

El editor dice que le han convertido en el malo de la película. 'Es muy difícil contar lo que pasó, es demasiado complicado. A mucha gente le gusta cómo salieron las historias y no quiere pensar que otra persona lo hizo'. Rememora el proceso. 'Revisaba las piezas cuatro o cinco veces y me decía 'Oh Dios mío', pero lo hice para mejorarlas, nunca pensé que despegarían de esta forma'.

Y recuerda cuando la Academia Americana de Artes y Letras premió a Carver. 'En aquel momento pensé que era un engaño. Nadie se pregunta quién era realmente el autor de estos libros'. Más tarde en la conversación, Lish añade como un niño travieso 'yo estaba engañando a esta gente que pensaba saberlo todo'.

¿Y por qué lo hizo? 'Mi misión en la revista era encontrar nueva ficción, así que tuve que encontrar nueva ficción'. Y no lo lamenta. 'Para mí el asunto está cerrado. No me he parado a pensar si a lo mejor había algo en esos textos que no vi. Y tengo la tranquilidad absoluta de que hice lo que hice por el arte'. ¿Carver hubiera podido ser el gigante en el que se convirtió sin su intervención? 'Dios mío, dudo mucho de que le hubieran publicado'.

Lish ha publicado una decena de libros pero admite que es 'mejor reescribiendo el trabajo de otros, que escribiendo'.

En una disputa tan íntima y después de tantos años es imposible saber la verdad, en caso de que exista, de una batalla que se mide en frases y comas y donde celos, rumores y percepciones valen tanto o bastante más que los hechos. Y los legados literarios siempre despiertan pasiones extremas en sus herederos.

Pero sobre todo, asegura Lish, Carver no fue una excepción. Otros muchos autores pasaron por su bisturí ¿Cuáles? ¿Todos los que publicó? Lish se queda en silencio, sonríe y añade: 'No voy a decir nada, todo está en la biblioteca de Indiana, sólo hay que ir hasta allí y comprobarlo'.