Publicado: 20.02.2014 16:44 |Actualizado: 20.02.2014 16:44

Ceuta y Melilla, la frontera entre ricos y pobres más desigual del mundo

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El pasado 13 de febrero Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior, tuvo que escuchar en el Congreso de los Diputados una crítica con mucha carga de profundidad, dada su conocida oposición al aborto: "Me parece que un ministro que defiende los derechos de los no nacidos debería defender también la vida de los nacidos". Rosa Díez, diputada de UPyD, reprochaba al ministro la actuación de los agentes de la Guardia Civil la semana anterior, durante el intento de decenas de subsaharianos de cruzar la frontera entre Ceuta y Marruecos y que terminó con 15 de ellos muertos. En su comparecencia en el Parlamento, Fernández Díaz reconoció que la Guardia Civil disparó pelotas de goma al mar mientras varios subsaharianos intentaban alcanzar a nado territorio español.

Para alguien tan piadoso y religioso como Fernández Díaz, debió de ser duro escuchar esa crítica por su indiferencia hacia unas personas que han tenido la mala suerte de nacer al otro lado de la frontera más desigual en términos económicos del mundo desarrollado, la que separa a la rica y acomodada Europa de África. Los centenares de subsaharianos que acampan a la intemperie en las laderas del monte Gurugú, en Marruecos, esperando el momento más oportuno para cruzar sólo tienen que alzar la vista: al otro lado de la línea de demarcación el paisaje físico es incluso distinto. Es un mundo completamente diferente. Saben que si logran cruzar la frontera, de entrada al menos podrán dormir durante unos días bajo techo, acceder a cuidados sanitarios, ducharse, comer en buenas condiciones. Y luego siempre se reaviva la esperanza de iniciar una nueva vida.

Ese el verdadero efecto llamada y es muy difícil de combatir sólo con medidas represivas, según recuerdan todas las ONG relacionadas con la inmigración. La tentación de cruzar la frontera de Ceuta y Melilla para los inmigrantes es demasiado grande, pese a que es una de las más vigiladas y protegidas del mundo. Los pasos fronterizos de Ceuta y Melilla con Marruecos son los más transitados de toda África (aeropuertos excluidos). En ese sentido, los datos son incontestables: hace escasos días el ministerio del Interior informó de que 4.235 personas accedieron en 2013 a Ceuta y Melilla, un 48,5% más que en 2012. Y todavía faltan por contabilizar los datos de diciembre. Marruecos también informó hace escasos días de que el año pasado se produjeron 41 intentos de saltar las vallas de Ceuta y Melilla.

"Los asaltos no responden a explicaciones conspiratorias ni nada por el estilo. Los africanos saben cuál es el nivel de desigualdad que hay entre Europa y sus países de origen. Por eso vienen"

Los intentos de saltar la valla no van a parar. Ni los muertos, ni las concertinas, ni las cuchillas en las vallas, ni la contundencia de los agentes fronterizos detendrán la avalancha. Íñigo Moré, analista experto en economía internacional y autor del libro Borders of inequality, publicado porla Universidad de Arizona (EEUU), explica que la presión migratoria seguirá existiendo mientras existan los actuales niveles de desigualdad: "Los asaltos [a la frontera] no responden a explicaciones conspiratorias ni nada por el estilo. Los africanos saben cuál es el nivel de desigualdad que hay entre Europa y sus países de origen. Por eso vienen". Moré pone un ejemplo muy gráfico: "El PIB de España, con 47 millones de habitantes, es superior al agregado de los 53 países africanos con sus 1.300 millones de habitantes. Nuestro país tiene el récord mundial de desigualdad con respecto a sus vecinos".

Las estadísticas del FMI certifican esa realidad: la renta per cápita de España en términos de Paridad de Poder de Compra -un indicador que homogeniza los datos entre distintos países- es seis veces mayor que la de Marruecos y 15 veces superior a la de Senegal, país de procedencia de muchos de las personas que intentan saltar la valla en Ceuta y Melilla. En Senegal en un año una persona produce bienes y servicios por un valor que ni siquiera alcanza un tercio del salario mínimo en España. Las diferencias se incrementan si se toman como referencia zonas más amplias: la renta per cápita de la Eurozona es 17 veces superior a la del África Subsahariana. Ni siquiera la brecha entre Estados Unidos y México, otra frontera donde impera la desigualdad económica, es tan amplia. La renta per cápita de Estados Unidos es sólo 3,5 veces superior a la mexicana.

Moré señala que la desigualdad "es fuente de todo tipo de conflictos". Uno de ellos es la propia presión migratoria, a la que se intenta poner freno levantando muros. Moré cuenta que las 20 fronteras más desiguales del mundo "están todas amuralladas o con verjas eléctricas". Ese parece por ahora la única manera de limitar el acceso de los pobres, dice Moré. Pero no funciona del todo: los muros no impiden que en el lado rico de cualquier frontera el primer grupo de inmigrantes sean los nacionales del lado pobre. Como lo son otras circunstancias propias de las fronteras desiguales: las reclamaciones territoriales o las ciudades transfronterizas. Ceuta y Melilla no son una excepción en ninguno de esos sentidos.

"Los pobres piensan que no tienen nada porque se lo han quitado los ricos, y éstos a su vez desarrollan actitudes racistas hacia los que están al otro lado"

Pero la consecuencia más grave de la desigualdad es el incremento del narcotráfico. Moré lo certifica: "La desigualdad actúa como un incentivo. Está demostrado. En 15 de esas 20 fronteras más desiguales se desarrollan los principales corredores del narcotráfico. En la frontera de Ceuta y Melilla ocurre con el tráfico de hachis".

Hay otro efecto también pernicioso que Moré denomina "ideología del antagonismo". "Los pobres piensan que no tienen nada porque se lo han quitado los ricos, y éstos a su vez desarrollan actitudes racistas hacia los que están al otro lado, explica el experto. El racismo es casi una frontera en sí mismo, viene a decir Moré.

La solución no es fácil. Para Moré no pasa ni por levantar vallas más altas, ni por más represión, ni tan siquiera por la tan mencionada ayuda al desarrollo, que no sería más que una píldora para un elefante. "El problema de fondo de la inmigración es la desigualdad y mientras no se apliquen otras políticas este problema no se va a solucionar", apunta este experto. "El desarrollo de verdad en los países del África subsahariana, tiene que llegar de la mano de instituciones compartidas, creación de tejido industrial e inversiones importantes".

Desgraciadamente, Moré denuncia que falta voluntad: "A las puertas de España están emergiendo las fronteras de la desigualdad y nosotros preferimos mirar hacia otro lado", concluye Moré. Mientras tanto, miles de personas seguirán intentando cruzar el límite que separa la pobreza y la oportunidad de una vida digna.