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"Los chavales no tienen la culpa del desempleo"

Un centro de Madrid atiende a menores con pocos recursos

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Mohamed, Monir, Anuar, Leyth, Raúl y Ali tienen entre 9 y 11 años. Forman parte de la segunda generación de inmigrantes que está creciendo en España. La mayoría son españoles, pero vacilan sobre su nacionalidad. 'Yo soy de Morolandia', bromea Mohamed. 'Yo soy español y mira lo negro que soy', replica un compañero. El acento madrileño es un factor común en su clase del centro CRIA ColoreArte de Leganés (Madrid), aunque los rasgos de casi todos los chicos son africanos.

Al salir del colegio, se reúnen tres veces por semana en este centro, subvencionado por el Ayuntamiento, la ONG Save The Children y La Caixa. Allí, los vecinos de entre 4 y 16 años tienen aulas de refuerzo educativo, juegos de mesa, acceso a Internet (muchas familias del barrio no cuentan con ordenador en casa) y un bazar de préstamo de juguetes, entre otros servicios.

'Pagan una cuota simbólica de 10 euros al año, que se les devuelve si acuden con regularidad', explica el coordinador del centro, Federico.

En el barrio hay una fuerte presencia de inmigrantes, en especial de marroquíes, y la crisis hace mella en la mayoría de las familias de los chicos que acuden al lugar. El papel de las asociaciones y ONG es importante. El problema de estos chavales no tiene que ver con el lenguaje, como ocurrió con sus padres al llegar al país, sino con el riesgo de exclusión social y educativa, además de la escasez de recursos.

Progenitores desempleados, custodias complicadas, violencia de género, problemas de integración... Las características dependen del hogar de cada uno de los menores, pero casi todas confluyen en la falta de recursos económicos. 'Ni los chavales ni sus padres suelen tener la culpa del desempleo', opina David, profesor de 27 años.

Además del refuerzo escolar y las actividades lúdicas, los educadores hablan con los chicos sobre drogas, medioambiente o educación sexual, incluso con las chicas marroquíes. Al principio, los chicos rompían los juegos que se les prestaban, pero ya han aprendido la lección. Si no lo cuidan, se acabó. 'Algunos son auténticos piezas, pero trabajamos para evitar que caigan en la marginalidad y para que tengan oportunidades el día de mañana, como cualquier otro chico', concluye Federico.