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Una cicatriz de 2.700 kilómetros

  

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Desde el cielo, la faz del Sáhara Occidental aparece marcada con una enorme cicatriz. Son los 2.700 kilómetros de muros de arena, piedra, alambradas y campos minados con los que Marruecos ha partido el territorio que ocupó en 1976. En febrero de ese año, el último soldado español había salido por la puerta de atrás, demostrando que las promesas hechas por España a los hijos de la nube los saharauis habían sido vanas.

Pero Marruecos no se dio, como esperaba, un paseo militar. Gente dura, acostumbrada al desierto, que conocen como la palma de su mano por su pasado nómada, los saharauis iniciaron entonces una exitosa guerra de guerrillas que logró infligir severas derrotas a Marruecos, incluso dentro de su propio territorio, como sucedió en marzo de 1980 en la primera batalla del Yebel Uarksis.

Agobiado por una guerra cuyos costes económicos y sociales eran inmensos, Marruecos atendió el consejo que le dieron Francia, Israel y Estados Unidos: levantar una serie de muros para cerrar el paso a los saharauis. La primera de estas barreras empezó a alzarse en 1980; después vinieron otras cinco, cuya construcción concluyó en 1987. Los saharauis de la zona ocupada dicen que desde entonces viven en la prisión al aire libre más grande del mundo.

Los seis muros podrían ser derribados algún día. Más difícil será neutralizar los millones de minas sembradas en la región, que siguen matando y mutilando. El 12 de abril, Brahim, un saharaui de 16 años, perdió su pierna derecha al pisar uno de estos artefactos. El chico participaba en una cadena humana que denunciaba el muro a escasa distancia de la pared de arena.