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Cien años de pensamiento intermitente

La tradición del ensayo en las letras españolas aparece con plena vocación a principios del siglo XX

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Escribir lo que se piensa ha padecido la intermitencia de la libertad desde que el ensayo arraigó como género literario en España, en los últimos años del siglo XIX. Aun así, la vocación germinó en nuevos espacios como la prensa, que abrió sus puertas al libre tránsito de la razón argumentada. Los literatos fueron los primeros en abrir fuego contra la lacra que hacía inviable la autonomía del pensamiento en el cambio de siglo: Unamuno, Ganivet y Baroja se encargaron de arremeter contra las reservas impuestas por el catolicismo. Era hora de desembarazarse de aquella asfixiante insularidad que alejaba a nuestros autores de los planteamientos europeos.

La definición más gráfica sobre el ensayo español en el siglo XX la apunta Domingo Ródenas a este periódico: 'Ha supuesto un inmenso esfuerzo colectivo en dos tiempos: primero, por conquistar el derecho de pensar con independencia y sin mordazas, y segundo, por recuperar, ya en los ochenta y noventa, ese mismo derecho que fue enajenado durante demasiados años', cuenta el autor junto a Jordi Gracia de la edición de una de las más importantes recapitulaciones del género en nuestras letras: El ensayo español. Siglo XX (Editorial Crítica).

Realmente hemos tenido que esperar hasta el siglo XX para tener entre los géneros literarios al ensayo con un corpus amplio, variado en enfoques y temas, y 'variado por su elaboración del lenguaje como por la fuerza de incisión en la realidad pensada', apunta Domingo Ródenas.

Hasta el momento, el discurso de las ideas fue una rareza. 'En este sentido, no hay duda de que el siglo pasado estuvo marcado por el cultivo del ensayo como forma natural de cuestionamiento subjetivo de la realidad y la experiencia', añade el autor.

Un problema con solución

La verdadera ruptura con la decadencia española, que sometía al país a un aislamiento intelectual desde el siglo XVII, no llegó hasta los inicios del siglo XX, gracias a la 'lenta y benéfica' acción del pensamiento idealista alemán, que introdujo en España la Institución Libre de Enseñanza. Con la institución, se acentuó la importancia de la educación en la formación de ciudadanos independientes, dialogantes y libres de pensamiento.

Las inquietudes cívicas que animaron a preocuparse por el penoso estado de la sociedad española de entonces y la convicción (y el deseo) de la necesidad de generar las estructuras políticas, económicas y culturales se resumen en la idea de Ortega: 'España era el problema y Europa la solución'.

Por todo, no debería extrañar que la Ilustración haya llegado más tarde de lo que los manuales apuntan. La libertad individual de acción y pensamiento, el respeto por los derechos, la igualdad, la solidaridad, el laicismo moral, la primacía de la razón sobre la superstición todas esas aspiraciones y principios que alentaron el liberalismo decimonónico, 'tardaron mucho en encontrar su sitio en España reconoce Ródenas y cuando lo hicieron, fueron pronto desalojados durante una interminable prórroga de 40 años. La guerra fue un terrible parteluz del ensayo español'.

'Ortega dejó de intervenir en público, Marañón intentó rescatar algo del liberalismo antiguo, Baroja intentó mantenerse en sus trece y algunos como Azorín cedieron a la tentación aduladora del poder. Todos rondaban los 60 años de edad', señala Jordi Gracia con claridad. Entre los que no se entregaron el estudio, destaca a Julián Marías y, claro, a los exiliados en pleno. En el destierro se mantuvieron los intereses y las filiaciones con las que el género había avanzado sin vergüenza, en el interior cundieron el apocamiento y la obediencia a la Iglesia. Volvía la represión católica, ahora bajo la opresión de una dictadura totalitaria de cuya opresión se saldría muy poco a poco.

Domingo Ródenas apunta en ese sentido que quienes se han empeñado en discurrir sobre los problemas de su tiempo a partir del ensayo han tenido que pensar y escribir a contrapelo de la doctrina católica, sobre todo de su moral: 'La perturbación producida por el catolicismo coercitivo español ha afectado nocivamente a la moral colectiva y ha mutilado a muchos españoles. Pero no pudo impedir que despegara, desde finales del siglo XIX, un ensayismo vigoroso'.

La segunda oportunidad en el siglo XX para el pensamiento libre español llegaría cuando ateos y agnósticos se lanzan sin miedo a escribir. Son los años sesenta y entonces aparece Juan Benet, Joan Fuster, Carmen Martín Gaite, Sánchez Ferlosio o Juan Goytisolo, así como los jóvenes Fernando Savater y Manuel Vázquez Montalbán. 'Nadie olvidó la Guerra ni la moral católica hipócrita, pero el ensayo gira ya hacia lo mismo que tratan los autores europeos de su tiempo', apunta Gracia.

Los temas locales entonces empiezan a quedarse obsoletos, la rancia moral queda aplazada y, junto con los asuntos propios (la cuestión de los nacionalismos, la vertebración territorial de España, las tediosas dos Españas, la interpretación de los mitos literarios nacionales, como Don Juan o Don Quijote), se confirman los grandes asuntos del ensayismo occidental: la crisis de la razón en la modernidad, la teoría del conocimiento (cómo y hasta dónde conocemos la realidad), las ontologías de lo real, el deseo de una vida feliz, la relación entre alta y baja cultura, el sentido y la significación de los discursos artísticos.

Papel protagonista

Y siempre el papel prensa cómplice de la vocación reflexiva. La 'manera de filosofar libre y desenfadada', como escribió Menéndez Pelayo, cerca de los diarios. En ellos, cuestionando los límites del género, tanteando la actualidad, con plena independencia. 'Seguramente la libertad del ingenio y del pronto de estilo, de la frescura y la plasticidad de escritura son más visibles en el articulista que en el ensayista', dice Gracia y señala un caso modélico de nuestras letras: Rafael Sánchez Ferlosio, y sus pensamientos en comprimidos.

Así que el ejercicio de desa-tar las ideas se revitalizó en los periódicos, porque, como define líricamente Jordi Gracia, 'la libertad del articulista tiene algo de espuma fugaz, pero también de tónico intenso en los lectores y en otros autores'. El periodismo fue un gran laboratorio, donde entró de todo. Un buen hogar para la mejor prosa de ideas en los peores tiempos. El editor de El ensayo español. Siglo XX, en el que se recogen textos de 80 grandes pensadores, apunta nombres: 'Fue el caso de un personaje humanamente despreciable, pero excelente escritor, como César González Ruano. O Umbral y sus deslealtades, pero tan potente y creativo. O escritores con derivas políticas inquietantes, pero grandísimos prosistas, como Eugenio dOrs y Josep Pla'.

La prensa ayudó a encumbrar la firma, a concebir la importancia de la primera persona, a adiestrar la voz del propio autor desde su subjetividad y personalizar el estilo a su medida. 'En el ensayo el conocimiento y sobre todo la búsqueda de conocimiento tienen siempre voz personal', escribe Fernando Savater en El arte de ensayar'(que acaba de publicar Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). El ensayo necesita de una percepción particular, libre, imprevisible, imaginativa y 'capaz de escribir sin sumar un tópico tras otro'.

Evitar lugares comunes fuerza a conocer los pasos que otros ya dieron. En ese sentido, los escritores españoles finiseculares del siglo XX dedicados al ensayo, han leído y rehabilitado a Nietzsche a finales del franquismo. Luego optaron por Jorge Luis Borges y Octavio Paz con alto predicamento.

Y también arraigó la violencia de Hannah Arendt, la originalidad de Roland Barthes o la de Umberto Eco, así como la rebeldía de Michel Foucault. En la actualidad el peso de Walter Benjamin es muy poderoso, tanto como lo es George Steiner en el ámbito literario. A ellos hay que sumar a Peter Sloterdij, un nombre necesario e inevitable.

Caminos y lecturas

'Hoy la razón argumentada está capacitada para hacer más de lo que nunca hizo la tradición intelectual española. La libertad democrática tiene esa virtud de aclimatación a la ironía y a la sutileza, a la argumentación explosiva o lenta, al chiste iluminador y descalificador o a las benditas mezclas de géneros, de modo que a ratos no sabemos si novelan o ensayan', completa Jordi Gracia con un trazo conciso sobre los límites de la democracia y las responsabilidades impuestas con el ejercicio de la libertad de creación.