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"El cine me permitió realizar mi sueño infantil de ser trapecista"

Actriz. Después de 13 años de cine y alejada de las tablas, le ha vuelto a picar el gusanillo del teatro en 'Un tranvía llamado Deseo'

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De pequeña quería ser trapecista. ¡En serio! Después sí que quise ser actriz y muchas otras cosas, pero lo primero fue ser trapecista. En un viaje a Hungría, cuando yo tenía 8 años, fuimos a un circo y me lo pasé tan bien viendo lo del trapecio... Entonces le pregunté a mi madre qué hacer para ser trapecista. Me dijo que tenía que ir a un circo'. Pero Ariadna Gil (Barcelona, 1969), no hizo ninguna prueba en un circo...

El cine llamó a su puerta cuando tenía 16 años (apareció en Lola, de Bigas Luna, como hija de Ángela Molina) y sus ilusiones circenses se diluyeron. 'Una de las cosas por las que me gusta ser actriz es por la oportunidad que me da de ser distinta de lo que soy', explica. 'Es un descanso de uno mismo, un juego, un poder, un lujo: meterte en otra vida, en otra personalidad, en otras circunstancias... Me divierte'. Y, ¡mira por dónde!, en 2002, el cine le brindó la posibilidad de colarse en la vida, en la personalidad y en las circunstancia de una trapecista: 'Fue en la película El beso del oso, de Sergéi Bodrov', recuerda, divertida. 'Fue genial. Rodamos en un palacio dedicado a una escuela de circo en San Petersburgo. Teníamos unas dobles para según qué escenas, pero otras las hicimos nosotras. Fue lo mejor del mundo. Justo después, en El lado oscuro del corazón 2, hice de funambulista y aprendí a pasar la cuerda floja. Ha sido lo más cercano a ser trapecista que he vivido'.

'Me cuesta entrar en cualquier personaje que lleve traje y tacones'

Lola, sin embargo, no le abrió las puertas del cine. 'No tenía guión... ¡imagínate!'. Así que, como todo hijo de vecino, se lo tuvo que currar: 'Entré en el Institut del Teatre de Barcelona, me apunté a todas las pruebas que vi y me cogieron para El complot dels anells, de Francesc Bellmunt. Fue mi verdadero debut cinematográfico, al menos con texto'.

Ahora, Ariadna Gil se puede considerar una afortunada, con cerca de 40 películas en su carrera y con un Oscar por Belle Époque (1992), sabe que en el cine mandan el director y el guión. Hay directores a los que admira muchísimo, pero prefiere no pensar en ninguno en concreto: 'De muy pequeña sí, quería trabajar con Chaplin, pero murió y dejé de soñar', dice.

'Lo que busco en una película es que lo que cuenta me guste, me divierta, me conmueva y esté bien contado. Lo mismo que busco como espectadora. El personaje llega luego y, generalmente, si la historia está bien, me da igual como sea, siempre que me vea capacitada para hacerlo'. Su discurso no suena a falsa modestia: 'Los actores somos algo añadido. Somos el cuerpo, la cara, el alma del personaje, pero en el fondo nos ponemos al servicio de la historia y del director y a veces, así, enriquecemos o aportamos algo'.

'Necesito el mar: me tumbo en la playa de la Barceloneta y es como el Caribe'

En algunos papeles reconoce que no encaja: 'Hay un tipo de personaje en el que me cuesta entrar: cualquiera que lleve un traje y tacones. Es un reto, de hecho, en Sólo quiero caminar había algo de eso'. Y Aurora (su personaje) es de sus preferidos, como el de Belle Époque, el de Nueces para el amor... o el de Stella Dubois, el último que ha interpretado, en la versión teatral de Mario Gas de Un tranvía llamado Deseo, que acaba de finalizar su gira en Barcelona.

La obra la ha devuelto al teatro 13 años después de Salvats (Salvados), de Edward Bond, que representó en el antiguo Teatre Lliure. 'He hecho mucho más cine, donde tengo más experiencia, pero estoy para lo que me echen', dice. Y ha vuelto a encontrarle el gusanillo al teatro: 'En el cine te manipulan mucho la interpretación. En el teatro, como en la vida, puedes hacer las cosas de varias maneras sin traicionar al personaje, con el que convives'. ¿Le costará olvidar a Stella? 'Nunca he echado de menos a un personaje, jamás'.

Por lo menos, este último le ha dado la oportunidad de pasar una temporada en su ciudad: 'Tengo una necesidad de mar de tal calibre que me tumbo en la playa de la Barceloneta y estoy como en el Caribe'.