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El cineasta Carlos Sorín apuesta por el thriller en "El gato desaparece"

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El cineasta argentino Carlos Sorín se aleja de las historias pequeñas, íntimas y mínimas que caracterizan su obra para introducirse en el thriller con sabor a Hitchcock en "El gato desaparece", una experiencia en el cine de género que el director no piensa repetir, según asegura en entrevista con Efe.

Este filme ha sido un "paréntesis", un cambio de registro "accidental", señala el realizador, quien asegura que abandonará esta vertiente "totalmente alejada" del cine que le interesa y volverá a esas películas "personales" en las que se siente "más cómodo", como "Historias mínimas" (2002) o "La ventana" (2008).

El género le interesó en "la adolescencia, cuando el suspense tenía un vigor que ya casi no tiene", indica Sorín, quien quería probar cómo se sentía rodando "una película planificada y construida, en las antípodas del cine deconstruido" que había manejado hasta ahora.

"El gato desaparece", que llegará mañana a las pantallas españolas, es la historia de Luis (Luis Luque), un profesor de universidad que regresa a su hogar tras varios meses en un psiquiátrico por agredir a otro profesor en un ataque de ira.

Al volver a casa, el gato de la familia desaparece misteriosamente, lo que levanta las sospechas de la mujer de Luis, quien duda sobre la recuperación de su marido, y sufre pesadillas y ataques de pánico aparentemente injustificados.

Para este filme, Sorín ha decidido prescindir de actores noveles, algo que venía haciendo hasta ahora, y se rodea de profesionales como Luis Luque o Beatriz Spelzini.

"Con no actores esta película hubiera sido imposible, era necesario contar con profesionales que pudieran construir bien sus personajes, sobre todo los dos principales", explica el director de "Historias mínimas", donde todos los intérpretes no habían hecho nunca antes cine.

No obstante, Sorín cuenta con algunos artistas noveles, y es que "todos los psiquiatras del filme, por ejemplo, son médicos de verdad, porque es más fácil que un psiquiatra aprenda a actuar, que un actor aprenda psiquiatría", dice el cineasta entre risas.

El autor de "Bombón, el perro" explica que trabaja "igual con actores que con no actores, por intuición, sin ensayar y hablando muy poco", aunque matiza que "obviamente, se puede hablar más de conflicto con intérpretes profesionales".

"Luis Luque y Beatriz Spelzini son dos actores excelentes pero muy distintos", comenta Sorín, quien se sintió "absolutamente cómodo" rodando con ellos. De Luque, el director señala que "es muy intuitivo e impulsivo, tiene algo que le sale del alma, no planificado, y una cara que realmente rompe la pantalla".

Sobre Spelzini, destaca que "es una especie de reloj suizo, con un mecanismo de una precisión realmente asombrosa y exquisita, que construye totalmente cada gesto y si hay que hacer varias tomas su cara es absolutamente igual en todas ellas, salvo que se le pida que modifique algo".

Para Sorín, la experiencia de probar con el género le resultó "divertida", pero insiste en que no volverá a hacerlo y que retomará el proyecto que tenía en mente antes de rodar "El gato desaparece", un filme de historias cruzadas en la Patagonia, llamado "Puerto deseado" y que empezará a filmar en febrero.

El director no sabe qué tipo de cine es más fácil de rodar, aunque aclara que el suspense "tiene claramente el camino más trazado", mientras que en sus anteriores películas todo es "más personal y artesanal, un terreno más resbaladizo donde lo casual y lo imprevisto intervienen fuertemente".

Como ya ocurriera en "Historias mínimas" o en "Bombón el perro", otro animal doméstico, en este caso un gato, juega un papel importante en la trama, porque en sus películas "los animales son más que mascotas, simbolizan otras cosas dentro del drama y, en este caso, la ausencia del felino es el símbolo de la locura", dice Sorín.

Al director le atraían "esas mentas brillantes, abstractas y tan elaboradas, como por ejemplo, las de los filósofos kantianos, que tienen un sistema cerrado y tan alejado de la realidad, que pueden caer en adicciones e incluso en la psicosis", y es que, manifiesta Sorín, "la mente es muy fuerte y muy frágil al mismo tiempo".