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"La Ciudad Muerta", de Korngold, inaugura el año Covent Garden

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Con "Die Tote Stadt", de Erich Korngold (1897-1957), precoz compositor austríaco que alternó la ópera y la música seria con la ilustración sonora de famosas películas de aventuras, que le ganaron algún oscar de Hollywood, se ha inaugurado el año operístico en el Covent Garden londinense.

La acción de "La Ciudad Muerta" (traducción al español del título original alemán), que estará en cartel hasta el 17 de febrero, se sitúa en la simbolista Brujas, a finales del siglo XX, aunque su ambiente es indiscutiblemente el de la Viena decadente de los años posteriores a la Primera Guerra Mundial.

Su protagonista, Paul, no ha conseguido superar la muerte de su esposa, María, a la que idolatra hasta el punto de conservar su pelo en una urna de cristal, como una santa reliquia, pero se obsesiona al mismo tiempo con una coqueta y sensual bailarina llamada Marietta, a la que llega a confundir con aquélla y a la que terminará estrangulando con el pelo de la muerta.

La ópera de Korngold, compuesta por éste con sólo 22 años y estrenada simultáneamente en Hamburgo y Colonia, se convirtió en un éxito inmediato tanto en Alemania como en Viena, donde registró llenos diarios hasta que la prohibieron los nazis.

Aunque, desde el punto musical, algunos críticos han descrito la ópera como una especie de híbrido entre Puccini y Richard Strauss, compositores ambos admirados por Korngold, hay también claras influencias de Mahler y del que fue su profesor, Alexander von Zemlinsky.

Hijo de un conocido e influyente crítico musical de Viena, Korngold fue un auténtico "wunderkind" (niño prodigio), que con sólo diez años compuso una cantata titulada "Der Tod" la muerte,con trece, un ballet y que cuando con sólo diecineuve años comenzó a trabajar en "La Ciudad Muerta", ya había estrenado otras dos óperas.

Al igual que "Die Frau ohne Schatten", de Richard Strauss, "La Ciudad Muerta" es una ópera que por un lado mira hacia atrás, a la tradición operística, con su nostalgia tardorromántica, pero por otro no ignora el nuevo mundo sonoro expresionista de Alban Berg.

Ese perfume "fin de siglo" -es el mundo de Freud y de Arthur Schnitzler- unido a una orquestación tan rica como brillante, es tal vez hoy su principal atractivo y la razón de la nueva valoración de ese compositor, injustamente menospreciado durante un tiempo, lo que tal vez haya tenido que ver con sus años de Hollywood.

El descubrimiento de Korngold para el cine se debió, sin embargo, al gran hombre de teatro austríaco Max Reinhard, quien le encargó hacer un arreglo de la partitura de Mendelssohn de "El Sueño de una Noche de Verano" para una película.

Fue un encargo providencial porque Korngold, de origen judío, iba a quedarse en Estados Unidos con su familia hasta la derrota del nazismo y allí compondría nada menos que dieciocho partituras para el cine.

El músico austríaco declaró una vez a un periodista, como justificándose, que la composición de "buenas partituras sinfónicas para el cinematógrafo" tenían la virtud de influir en la aceptación por las masas de la música de calidad.

Sin embargo, tal vez reflexionando sobre algún que otro fracaso, Korngold comentaría algún tiempo después, desencantado, que "la inmortalidad de un compositor de música para el cine llega sólo desde el estudio de grabación a la sala de doblaje".

Hay en cualquier caso ecos del lenguaje expresionista de "La Ciudad Muerta" en la música que compuso para "El capitán Blood", 1935), la famosa película de aventuras de Michael Curtiz con Errol Flynn y Olivia de Havilland.

Korngold trató de adaptar incluso melodías de las películas para la sala de conciertos y viceversa, y así en su concierto para violín utilizó algunos temas de la banda sonora de otra película con Errol Flynn: "The Sea Hawk" ("El Halcón del Mar").

La producción de "La Ciudad Muerta" que se estrenó este martes en la Royal Opera House londinense lleva la firma de Willy Decker, que crea una atmósfera fuertemente simbólica en la que se mezclan religión y erotismo.

Magistralmente dirigida por el alemán Inglo Metzmacher, cuenta, como voces principales, con el tenor estadounidense Stephen Gould y la soprano alemana Nadja Michael, que une a la necesaria potencia vocal unas grandes condiciones de actriz.

Joaquín Rábago