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Una ciudad sin nombre

No se menciona en la película que Público distribuye el viernes 21, pero la ciudad corrupta que los hermanos Coen eligieron para rodar Muerte entre las flores, es, en realidad, Nueva Orleans.

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Allá por 1929, las familias de gánsters eran los amos de Nueva Orleans. Hoy solo queda el recuerdo, algún que otro lugar ‘clandestino' y, desde luego, una imperecedera, extraña y obra maestra del cine, la que los geniales Coen llamaron Miller's Crossing y cuyo nombre ha derivado en España en el polémico título de Muerte entre las flores, una historia de traiciones, manipulaciones y muertes brutales en un lugar imaginario a las afueras de una ciudad corrupta.

Con las heridas todavía sin cicatrizar del todo de aquel desastre natural que llevaba el nombre de Katrina, el más grande de la historia de Estados Unidos, las cosas andan hoy más tranquilas por aquí en esta ciudad situada al final del río Mississippi que es mezcla explosiva de jazz, herencia, criolla y cajún y que la hace especialmente singular.

Que es canalla, espiritual, pasional, festiva y exótica es herencia de sus influencias afro americanas y europeas (fue fundada por españoles y franceses) y eso se siente en cada rincón, pero también en su música, en su gastronomía, en su cultura y en tradiciones como el vudú, otra de sus señas de identidad.

El jazz suena en cualquier momento en las intricadas calles del alegre barrio French Quarter, especialmente en Bourbon Street, que nada tiene que ver con el whisky americano, pero también la música cajún, de origen francés, y esa especie de blues que es el zydeco. Arterias vivas a las que asoman casas tradicionales de dos alturas que recuerdan a las de Andalucía, bares y cafés con las puertas abiertas y músicos callejeros cuyos ritmos se unen en una amalgama de sonidos que invitan a un entretenido encuentro con un sinfín de culturas.

Una vez en French Quarter también es imprescindible pasar por la Plaza Jackson para hacer unas compras o subirse a unos de esos barcos que llaman paddlewheeler y navegar por el Mississippi para quedarse con un recuerdo imborrable de esta vibrante ciudad a la que algunos famosos como Brad Pitt y Angelina Jolie han sucumbido.

La visita a Nueva Orleans no estaría completa si no se pasa por otro de los distritos históricos, de los 16 en que se divide: el de Garden, para contemplar sus recoletas casas victorianas con balcones de forja o animarse a recorrer en uno de esos carruajes tirados por mulas el barrio en el que se concentran la mayor parte de los hoteles. Como tampoco sin montarse en uno de los tradicionales tranvías de St. Charles Street, descubrir con calma la cocina de Nueva Orleans, degustando desde gumbos o la comida picante cajún o rematar la jornada con un cóctel en cualquiera de los bares de la ciudad vieja. Y, más allá, emprender una ruta a lo largo del río Mississippi por las antiguas plantaciones de algodón de la carretera River Road, que une Nueva Orleans con Baton Rouge, y que otra película, la colosal Lo que el viento se llevó recreó para siempre en la memoria colectiva. El cine, siempre hace esos milagros.


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