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Dos ciudades llamadas a cooperar entre sí

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Barcelona y Madrid son dos referencias, no las únicas, de la realidad económica española. Muchas veces, la contraposición entre una y otra urbe ha sido tema de portada de todo tipo de debates y medios de comunicación. No ha hecho falta más que una noticia la inauguración de una gran infraestructura, por poner un ejemplo para que la polémica estalle.

La influencia, por tanto, de las circunstancias condiciona en gran manera el debate. Por esta razón, escribir estos días desde Barcelona sobre la relación entre la Ciudad Condal y Madrid no se puede sustraer a hechos como el muy reciente acuerdo sobre la financiación autonómica, la inauguración, hace poco más de un mes, de la Terminal 1 del aeropuerto de El Prat, la también reciente llegada del AVE a Barcelona, la próxima entrada en servicio de la planta desalinizadora que ha de garantizar el suministro de agua potable a la conurbación metropolitana de la capital catalana...

Y a todo esto hay que añadir grandes obras actualmente en curso, como la ampliación del puerto de la ciudad, la prolongación del tren de Alta Velocidad hasta la frontera francesa y la interconexión eléctrica con Francia a través de Girona.

Todo ello contribuye, sin duda, a que el debate sobre el agravio comparativo pierda intensidad y adquiera un relieve más importante la discusión sobre cómo garantizar el crecimiento futuro de una y de otra ciudad.

Madrid y Barcelona son dos ejemplos de éxito y han contribuido, y de qué manera, al progreso de la economía española de estos últimos años.

Una, Barcelona, gracias a disponer de un entorno industrial competitivo, con una notable orientación exportadora, al que ha contribuido a potenciar y a ofrecerle los servicios que reclama.

La otra, Madrid, con un crecimiento muy intenso durante estos últimos años, ha sabido obtener partido de su capitalidad, a la que se le han dotado de los servicios e infraestructuras necesarios y, no menos importante, ha sacado provecho de la privatización de grandes empresas públicas que se han sabido transformar en grandes empresas multinacionales. También disfruta de una gobernanza que se manifiesta sin la complejidad con la que lo hace en Barcelona y, por extensión, Catalunya.

Sin embargo, más allá del mayor o menor crecimiento del PIB de una u otra ciudad, los retos para ambas urbes son comunes, como lo son también para otras grandes áreas metropolitanas europeas: la irrupción de los países emergentes y de las aglomeraciones metropolitanas que los acompañan es una tendencia de fondo de la economía mundial que va a adquirir más y más importancia.

En otras palabras, nada garantiza que el relativo éxito que ha acompañado a Barcelona y Madrid en estas últimas dos décadas pueda continuar en el próximo futuro.

Barcelona, como Madrid y como la economía española en su conjunto, sólo van a poder ser consideradas en la escena económica internacional si son capaces de mejorar la competitividad de sus economías; si demuestran que pueden hacerlo con más valor añadido lo que supone unos recursos humanos con más elevados niveles de formación, con una clara orientación a los mercados exteriores y con unas infraestructuras adecuadas.

Barcelona y Madrid no sólo han de construir sus relaciones con el agravio comparativo, no sólo han de actuar compitiendo una con la otra. Han de ser capaces de construir mecanismos de cooperación que les permitan afrontar con más garantías los retos futuros, que son inmensos y comunes a las dos grandes capitales de la economía española.