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"Fui la clásica adolescente que nadie querría tener como hija"

Pepa Bueno. Periodista. Pasó de ser una estudiante modelo a convertirse en una quinceañera conflictiva. Todo para acabar presentando el Telediario

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Cada vez que los padres de Pepa Bueno entraban en una juguetería para comprarle algo a su hija las muñecas del escaparate se echaban a temblar. 'A mí no, por Dios, a mí no', exclamaban horrorizadas las peponas ante la posibilidad de caer en manos de la próxima presentadora de la 2ª edición del Telediario de TVE.

'Les abría las barrigas con una tijera para ver qué había dentro', explica Bueno. Aquello era una carnicería, pero podía tener futuro. 'No ganamos para muñecas, pero igual la chiquilla nos sale cirujana', pensaban los padres de la criatura, al verla diseccionar entrañas de trapo con frenesí. En realidad la versión infantil de Pepa Bueno estaba haciendo (sin saberlo) sus primeras prácticas periodísticas: 'Quería averiguar qué se escondía dentro y contarlo. Eso es ser periodista'.

Es posible que la niña ya hubiera decidido entonces, a un nivel inconsciente, que no quería ser cirujana sino reportera. Y se iba a aplicar a fondo para conseguirlo: pasó por el colegio coleccionando sobresalientes y matrículas de honor. 'Me portaba bien, era una estudiante modelo', recuerda. Una maravilla de hija, vamos.

Pero, ay, como en una de esas películas sobre una comunidad rural de apariencia idílica en la que nunca pasa nada... hasta que se lía la de Dios, la colegiala modélica de día resultó ser también una jovencita conflictiva de tarde. 'Tuve una adolescencia terrible. Pero terrible, terrible, terrible. Era la clásica jovencita que nadie querría tener como hija. Tuve todos los síntomas de una pubertad precoz en su grado más extremo. Era muy desgraciada, pensaba en el suicidio, todo era una mierda', confiesa antes de partirse de risa (ya saben: tragedia más tiempo, igual a comedia).

Llegados a este punto, el reportero intenta averiguar a qué se dedicaba la quinceañera problemática en sus ratos libres. Pepa Bueno se muestra evasiva de primeras, pero acaba por cantar La Traviata. 'Leía mucho, me vestía de negro y', dice, dejando la frase en suspenso, como si fuera a desvelar un terrible secreto y necesitara un empujoncito del interrogador para acabar de soltar la bomba. ¿Era usted un poco gótica? 'No, no, gótica, no corta tajante, ¡existencialista!'. ¡Acabáramos! ¡Cuánto daño han hecho los malditos literatos franceses!

'Era muy pedante. Leía a Sartre y a Camus compulsivamente', reconoce entre orgullosa y abochornada. Para desgracia de los amigos de la angustia existencial aguda, Bueno acabaría sustituyendo el gabán negro y las ganas de pillar la tuberculosis, por las tablas y la acción colectiva. 'Me salvó el teatro. Entré en la primera compañía autonómica de Extremadura. Encontré lo que buscaba. No era un ejercicio solitario: me puso en contacto con personas mayores con las que pude compartir sentimientos y lecturas, sin pedanterías. Vi la luz a los 15 años. No dejé el teatro hasta mis prácticas en Radio Nacional a los 22'. Ahí volvió a cortar por lo sano. 'Lo vi clarísimo a los 15 días de estar allí. La información me atrapó. Era lo mío. Enterarte de lo que pasa y contárselo a la gente', razona. Y en esas está. En los últimos cinco años se ha levantado a diario a las 04.15 de la madrugada para preparar Los desayunos de TVE. Y en unos días se hará cargo del Telediario 2. Vaya marcha, ¿no?

'Trabajo mejor bajo presión. Me gusta. Me renueva la sangre. No lo vivo como un drama', explica una mujer a la que le pirran los teletipos. 'Soy una enferma de la actualidad. No hay nada que me guste más que las noticias, nada. Y que conste que me gustan muchísimas cosas', cuenta Bueno, a la que se le iluminan los ojos cuando pronuncia la palabra BlackBerry. '¡Qué maravilla de invento! Estoy siempre igual. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? Vivo en tensión informativa permanente. Yo soy así, me encanta este trabajo', zanja para acabar.

El reportero se despide y camina hacia la salida, pero antes de doblar la esquina echa una última mirada fugaz a Pepa Bueno, no vaya ser que se haya sacado unas tijeras del bolsillo para desguazar la BlackBerry y contarnos lo que hay dentro.