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Por un clero gay

El autor defiende que la jerarquía católica, como casi siempre, está equivocada y que "no debe reprimir las vocaciones eclesiásticas de los mariquitas"

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Está equivocada, como casi siempre, la jerarquía católica. No debe reprimir las vocaciones eclesiásticas de los mariquitas. Es un grave error en una época con tanta escasez de seminaristas.

Para ser joyero, registrador de la propiedad, veterinario, leñador o diseñador gráfico es irrelevante la tendencia sexual de cada uno. Quizá, curiosamente, uno de los pocos oficios para el que convenga la militancia homosexual sea el del sacerdocio católico. Una homosexualidad teórica, ojo, no el ejercicio práctico, que sería grave pecado.

¿Por qué? Porque, en el caso de que las pasiones desordenadas llevaran al sacerdote a caer en la tentación concupiscente y vertiera en vaso idóneo, es indudable que la preñez sería un inconveniente añadido al del pecado. Un ministro de la Iglesia no puede hacerse cargo de la criatura.

Por eso, parece oportuno recomendar al Vaticano que, en vez de prohibirla, exija la inversión, a más del celibato, para cantar misa.

Una medida más humana y más moderna que la medieval sugerencia que se hizo en algún Concilio de castrar a los aspirantes al sacerdocio.

Lo que hay que dominar es la tentación y eso seguiría exactamente igual. Habría el mismo número de santos y beatos. Pero desaparecerían los hijos de curas.

Otra posibilidad sería permitir oficiar a las mujeres, dejar casarse a los eclesiásticos. Etcétera.