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Clint frente a Harry

Eastwood estrena Gran Torino y da una vuelta de tuerca a su propio estereotipo

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'Yo disparo al bastardo, esa es mi política', le replicaba Harry Callahan al alcalde de San Francisco en Harry El sucio (Don Siegel, 1971), dejando claro así su desafío a una burocracia liberal que aparecía como blanda e ineficaz a la hora de meter al crimen en cintura. Aquel cowboy urbano de malas pulgas y peores formas, que marcó el paso del hombre sin nombre que había interpretado Clint Eastwood en los spaguetti westerns de Sergio Leone a la cada vez más violenta América de los años setenta, inauguró una saga que influiría en el posterior cine de acción, algo que han reconocido hitos conservadores del género como Arnold Schwarzenegger.

Cuatro décadas más tarde, la réplica de otro huraño de pasado violento, Walt Kowalski, protagonista de Gran Torino, es bien distinta: '¿Quieres saber lo que se siente al matar a un hombre? Es horrible y la única cosa peor es que te den una medalla de honor por matar a un tipo que sólo quiere vivir'.

La violencia no es lo que era

El desencanto sobre las mieles de la violencia, que había empezado a hacerse patente en Sin perdón (1992), adquiere en Gran Torino película que se estrena mañana una postura menos ambigua. La pistola ya no sólo deja marcas que convierten al más duro en un fantasma en vida (El jinete pálido, 1985), sino que tampoco es ya la mejor de las maneras de batir al enemigo, sea éste un grupo de forajidos del Viejo Oeste o uno de pandilleros asiáticos. En Gran Torino, Clint se mira al espejo y el arquetipo muda de piel: los métodos de Harry ya no sirven, la nueva América precisa de nuevas formas.

Eastwood es en su último filme, Walt Kowalski, un veterano de la guerra de Corea, que entierra a su mujer en los primeros minutos de metraje. Huraño, solitario y portador de una culpa que lo aísla como corresponde con su arquetipo, este último representante de las viejas maneras (encarnadas no sólo en su flamante coche Gran Torino, sino en el rifle M1 Garand que empuña contra el enemigo) ha hecho de su casa un fuerte frente a un barrio que ha dejado de ser el paraíso de la familia americana de los años cincuenta, para convertirse en el territorio de una compleja convivencia entre inmigrantes.

En este contexto, la última oportunidad de un hombre viejo y solo vendrá de la mano de sus vecinos, una adolescente y un chaval, ambos de origen Hmong (etnia del sudeste asiático), a los que de entrada, y como corresponde, rechaza. Ellos serán los únicos capaces de franquear el muro físico y moral del viejo y los que le pongan en bandeja la redención, siempre latente en el cine del director de San Francisco.

Todos ellos

Todos los Eastwoods están en Gran Torino. La película conmueve por lo que tiene de testamento, de puesta a punto de una carrera de cinco décadas, que en la última ha crecido en su vertiente de director/autor. Kowalski mastica tabaco, bebe cervezas en el porche de su casa y gruñe. Eastwood exagera sus gestos en una especie de parodia tardía de sí mismo: cuando Kowalski gruñe lo hacen, en modo burlón, todos sus personajes: del Thomas Highway de El Sargento de Hierro (1986) a el William Munny de Sin perdón. Lo hace también la vieja América que se resiste a admitir que los tiempos han cambiado.

Muchos han visto en Gran Torino la contestación de Eastwood a la era Obama, a los retos de una América multicultural en la que poco tiene que hacer un hombre blanco, que se toma la justicia por su mano, y que empieza a estar en franca minoría. De hecho, el heredero de este Harry reciclado será el reverso del personaje del rudo americano: un joven asiático tímido y afeminado, tan parecido al niño de Un mundo perfecto, 1993.

En Gran Torino está también el Eastwood preocupado por la infancia y la familia (El intercambio, 2008, Million dollar baby, 2004) . Desde luego, la funcionalidad familiar nunca ha sido una constante en su cine, pero esta vez la crítica al concepto de familia americana es cristalina. La secuencia final del testamento no deja lugar a dudas: la familia se hace, no se nace.

Adiós, Harry, adiós

Curiosamente, hubo un tiempo en que Internet vivió una plaga de rumores que apuntaban a que ésta sería la sexta entrega de la saga de Harry El sucio. Nada más lejos de la realidad, o nada más cerca. Este podría ser el otro Harry, el de una América que necesita reconciliarse, una menos beligerante, que ha pasado por Irak y el 11S.

Eastwood ya había conducido un Ford Torino. Lo hizo en la tercera entrega de la saga del Inspector Callahan, Harry, el Ejecutor (James Fargo, 1976). Ahora Harry, cerca de cumplir ochenta años, le cede el volante a un joven asiático, mientras suena la voz rota de Eastwood cantándole en los créditos finales al Gran Torino.

Como hizo después de Million Dolar baby, Clint Eastwood ha dicho que ésta será la última película en la que actúe. Cumpla o no su promesa, aquí nos queda el testamento de cinco décadas de cine.

El bueno, el feo y el malo (1966)
Eastwood pule el arquetipo que le haría famoso: un pistolero hierático y distante, un hombre de pocas palabras. Las pistolas hablan por él en este legendario ‘spaghetti western’.

Harry el sucio (1971)
La década de los hippies se acabó. ¿El legado? Los delincuentes campan a sus anchas en la ciudad. Es hora de que alguien haga el trabajo sucio. Eastwood borda el mil veces imitado rol de policía de métodos expeditivos.

El sargento de hierro (1986)
“Os voy a hacer falta hasta para haceros una paja”. Así instruye a los marines el sargento Highway. Con todo, Eastwood reflexiona sobre su papel de justiciero: ¿son mis métodos anacrónicos?

Sin perdón (1992)
Munny es un pistolero retirado, viudo y padre de familia que coge otra vez el fusil para defender a unas mujeres indefensas. Desmitificación de la violencia, las armas y la masculinidad.

Gran torino (2008)
Eastwood pega el tiro de gracia a Harry ‘El Sucio’ con el personaje de un veterano de Corea que se da de bruces con la realidad: usar un arma ya no soluciona nada, sólo empeora las cosas.