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El club de fans de El Solitario

Al imitador asturiano le gustaba ir con chófer al 'trabajo'. Pagaba 50 euros a un colega para que le llevase en coche hasta el lugar del atraco

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Mejor solo que mal acompañado aunque a veces uno sea también una mala compañía. Jaime Giménez Arbe consiguió burlar a la Policía y a la Guardia Civil durante 13 años. Un largo periodo que le permitió cometer una treintena de asaltos a bancos sin que las Fuerzas de Seguridad fueran, tan siquiera, capaces de ponerle nombre. Durante todos estos años, para los investigadores fue El Solitario, un apodo obligado para alguien que actuaba sin cómplices. Un individualismo que tiene sus ventajas: impides que un compañero cabreado te delate y, sobre todo, no tienes que compartir el botín. Bueno, cuando Giménez Arbe fue detenido en el verano de 2007 se revistió de Robin Hood que 'expropiaba a los bancos' en beneficio del pueblo, aunque en realidad el botín sólo lo compartiera consigo mismo y con una bella brasileña con la que iba a casarse.

Con estos antecedentes, sólo era cuestión de tiempo que tuviera su club de fans. Uno de los primeros en presentar su solicitud de ingreso fue Manuel Ángel Álvarez Riestra, un veterano atracador de 67 años que aprovechó un permiso penitenciario para fugarse en 2006 de la prisión de Villabona (Asturias). Ahí comenzó una carrera de atracos a sucursales que no acabó hasta dos años después, cuando le pusieron los grilletes en Huelva. Dispuesto a hacerse un fondo de pensiones a golpe de revólver, a este Solitario asturiano le gustaba, como a su maestro, enfundarse los dedos de las manos en esparadrapo para no dejar huellas y disfrazarse: peluca, perilla falsa y un portafolios donde esconder el arma. 'El portafolios da aspecto de hombre serio y nadie sospecha de ti', le explicó a un guardia civil tras ser capturado. Eso sí, a veces le gustaba ir con chófer al trabajo. Pagaba 50 euros a un colega para que le llevase en coche y le esperase mientras daba el golpe.

Menos fino era Richard Picq, un francés del tamaño de un armario ropero que entre marzo y diciembre de 2008 dio 19 palos a bancos de la costa mediterránea española. A pesar de medir 1,90 y pesar más de 140 kilos, Picq evitaba enfrentarse a empleados varones y buscaba siempre sucursales con chicas al otro lado del mostrador. Como El Solitario, se cubría los dedos con esparadrapo. Eso sí, el disfraz lo dejaba para otros. Su envergadura lo hacía inconfundible y lo único que cambiaba en cada asalto era la visera con la que se cubría. Cuando lo detuvieron, tenía una auténtica colección de gorras en casa.

Sin antecedentes

Al contrario que Picq, Riestra y el propio Giménez Arbe, que ya sabían lo que era pasar por una comisaría y no exactamente para renovar el pasaporte, otros miembros del club no tenían antecedentes. Ausencio Calleja, empresario de 52 años, se embolsó 80.000 euros en los cuatro atracos que dio él solito antes de ser detenido. Cuando cayó, aseguró que los problemas financieros de su empresa eran la causa de su recién estrenada mitomanía. El paro lo fue para el comercial que detuvo la Policía a mediados de julio como autor de nueve asaltos en Madrid. Éste cambiaba el peinado, se dejaba perilla, se teñía el cabello, usaba gafas de sol y, sobre todo, se vestía de traje para atracar. Solitario, pero elegante.