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Coldplay reconquista la noche escandinava

El cuarteto británico resucita a Jackson en Copenhague y cierra el cartel de la 39 edición del Festival de Roskilde, una de las citas musicales más importantes de Europa

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No pasaban por el festival danés desde el verano de 2003. Seis años y un Viva la Vida después, Coldplay ha vuelto a dejar afónica a una audiencia de 80.000 personas a pocos kilómetros del corazón de Dinamarca. Los cuatro jinetes del pop melódico londinense se subieron al escenario principal del Roskilde Festival para clausurar un cartel que ha contado con artistas internacionales de la talla de Oasis, Pet Shop Boys, Kanye West, Nick Cave, Glasvegas, Pete Doherty o Lilly Allen, entre otros. Y donde la presencia de grupos escandinavos ha brillado en cantidad como era de esperar pero también en calidad.

Clocks abría un espectacular concierto de hora y media donde Chris Martin y su banda han vuelto a dejar claro porqué en sólo una década han vendido 30 millones de discos. Los británicos han sonado fuertes pero románticos a la vez. Han ofrecido momentos para bailar, para cruces de miradas, para jugar a la ola con una alfombra humana que encendió miles de móviles en la oscuridad, han tenido tiempo hasta de improvisar para ganarse a un público que olvidó el cansancio acumulado durante días de muchas siestas a deshoras.

Viva la vida sonaba en el ecuador del concierto para avivar la noche seguida de una poderosa Lost, con un Chris Martin motivado pero al que por momentos le faltaba la voz. Quince minutos más tarde la banda rendía homenaje al recién desaparecido ‘Jacko' y dedicaba al rey del pop un pegadizo Billie Jean abriéndose paso entre el público gracias a una pasarela gigante. Miles de mariposas lanzadas al aire mientras sonaba Lovers in Japan daban paso a un final redondo para despedir Roskilde 2009, Life in Technicolor.

Decenas de horas de conciertos, que han albergado a más de 170 bandas en siete escenarios, dan para actuaciones épicas pero también  para decepciones varias, aparte de los treinta grados que uno no se espera en Dinamarca.  Los escoceses Glasvegas, por ejemplo, pasaron de puntillas gracias a un concierto breve, monótono y lleno de baladas soporíferas. A las cinco de la tarde, la masa se escabullía a los puestos de cerveza mientras esperaba el único tema que realmente mereció la pena: Daddy's Gone, con el que los de Glasgow se despidieron.

Mejor les fue a los reyes del britpop, unos Oasis maduritos devoraron el escenario principal demostrando que los años no hacen flaquear la fuerza de su  música. Los de Manchester no se dejaban ver por Roskilde desde 1995, pero igual de desafiantes conquistaron a un público entregado que no paró de pedir Wonderwall desde el minuto cinco del concierto, que por cierto duró más de hora y media. Los Gallagher sudaron la camiseta -destacable la euforia desatada con Live forever- en una actuación que no abusó de temas nuevos y permaneció fiel a lo mejor de los noventa con homenaje a los Beatles incluido.

También procedente del Reino Unido pasaría por el festival báltico un Pete Doherty, tan excesivo como siempre, para confirmar que hay vida más allá de los tabloides británicos y de sus escarceos con Kate Moss. Ni The Libertines ni Baby Shambles, con una barriguita incipiente que escondía tras su guitarra se plantó él solito sobre el escenario y no le haría falta orquesta para camelarse a un público adolescente de sombreritos y pitillos. Vicio a discreción, sí sí, pero Pete convenció. Entre tema y tema, el inglés se fumó medio paquete de tabaco, se bebió unas cuantas cervezas que también compartió con la audiencia y se metió unas rayas de polvo mágico para animarse el cuerpo. Fiesta mucha, profesionalidad siempre.

Si la pasada edición las rimas de Jay-Z clausuraban el festival, este año la medalla al MTV show del festival báltico se la lleva de calle un entregado Kanye West. El rapero de Atlanta no escatimó en temazos durante los noventa minutos de brincos y rap que pedía el público. Con un atuendo repleto de colores y destellos marcadamente hortera,  mister West hizo menearse a las casi 60.000 cabezas que caben en el Orange Stage, el escenario principal, en una actuación a la que sólo le faltaron un par de negras rotundas a modo de videoclip.  

Roskilde es un festival casi cuarentón que no entiende de crisis. Prueba de ello son las artistas femeninas que cual divas se han paseado por sus escenarios llenándolo todo de una purpurina sensual. La pantera Grace Jones fue una de ellas, pero más que hablar dieron las británicas Miss ‘boca sucia' Lilly Allen y Miss ‘en la cresta' Little Boots. La última, menos conocida fuera del Reino Unido, convenció con la voz segura de las jóvenes promesas y en Inglaterra se escuchan sus temas como el último de los hits. Una electrónica ligera y divertida y un rostro angelical hicieron el resto para que ‘Botitas' se ganara el visto bueno de un público que aplaudía con la cadera desencajada de tanto ritmo.

Lilly Allen, tan bailonga y pasota como siempre, se dejó los tacones en casa y se plantó una peluca a lo Cleopatra, enfundada en un negro y mínimo vestido combinado con unas Converse del mismo color. Al tercer tema empezó a fumarse un pitillo por canción y a brindar con la audiencia cubata en mano. Más atenta al vicio que al oficio, la niña traviesa del pop londinense no convenció del todo y ofreció un concierto corto que sólo se distinguió por un par de versiones dance de algunos de sus temas, como Is not fair con el que cerró su performance. Eso sí, ella se lo pasó pipa.

La cita anual imprescindible para los escandinavos y demás locos por la música -llegados hasta de Japón- ha contado con la presencia de innumerables grupos bálticos, pero cuatro han hecho sudar a las cerca de 80.000 personas que se han roto las sandalias recorriendo el kilométrico festival en busca de música, fiesta y diversión. De casa no podía ser otro que el rey de la electrónica en Dinamarca, Trentemoller es un dj danés sin rival conocido a los platos. Actúo en el escenario principal y obsequió a los presentes con una sesión de casi dos horas con artistas invitados. Atención al danés que prepara nuevo disco.

Un chute de energía y ‘buenrollismo' llegó de la mano de los suecos de I'm from Barcelona. Arrasaron en un escenario en el que no había espacio para los casi veinte miembros que lo componen. Divertidos, frescos y cantando en inglés, esta familia musical ya ha pasado con éxito por varios festivales españoles y en Roskilde han vuelto a convencer. Pero aún mejor lo hizo Hakan Hellström, un tipo estrambótico que en Suecia es poco menos que un héroe nacional de la música y en Escandinavia toda una institución. Delgadísimo y con zapatos bien abrochados lo mismo se desgañitaba cantado rock que se ponía tontón con baladas de adolescente. A las cuatro de la tarde, bajo una solana incompresible no se cabía en el Orange Stage de Roskilde y allí aguantaron miles de personas los bises del sueco de oro. Eso sí, lo de sentir afinidad por sus temas es puro amor a la música: Hellström pasa del inglés y hasta en las servilletas compone en estricto sueco.

Y llegaron los noruegos, Röyksopp son poco conocidos en nuestro país pero en el Báltico se pegan por ver sus conciertos en primera línea. Los dos noruegos pinchan una electrónica que cae tan suave como la nieve pero se clava como las estalactitas. Ya en 2001 su disco Melody A.M el dúo noruego vendió hasta un millón de discos. En Roskilde una avalancha humana corrió para verlos pero la mayoría se tuvo que conformar con la potencia de su sonido y las pantallas gigantes a los laterales del escenario.


The Pains of Being Pure at Heart. Este cuarteto neoyorquino se estrena en los grandes festivales y ni ellos daban crédito al número de gente que se concentró para verlos en Dinamarca. Ninguno supera la veintena de edad y en sus letras moquean desamores para adolescentes, pero tienen chispa. Ya en el Primavera Sound pasaron por Barcelona y dejaron buen sabor de boca al público español. En Roskilde, nerviosos pero entregados, esta pandilla de masocas del amor hicieron brincar a un público que se sabía sus canciones y les aprobó con nota. No les perderemos de vista.