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Collboni, un nuevo líder para recuperar el viejo bastión

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Puntal de una nueva generación que se abre paso a marchas forzadas en un PSC en horas bajas, Jaume Collboni, vencedor en las primarias en Barcelona, tiene ante sí el reto de reconquistar la gran alcaldía perdida. Un nuevo líder para recuperar el viejo bastión del socialismo, aunque para ello deba antes reconstruir un partido que no levanta cabeza en los sondeos. Quizás el camino a seguir lo halle en una de sus pasiones. A Jaume Collboni (Barcelona, 1969) le encantan los acuarios. Esa minuciosa rutina de cuidar las plantas, alimentar a los peces, controlar el pH del agua o vigilar la temperatura. "La gracia es mantener un ecosistema. Es un pequeño mundo que cuidar", confiesa.

Su nuevo hábitat será ahora esa Barcelona desigual que tanto denuncia, pero también renovar las aguas turbias en el PSC tras unas primarias que debían servir para regenerar el partido, pero que han acabado teñidas por la polémica sobre algunas malas prácticas en el voto de extranjeros, con su candidatura en el ojo del huracán. Un golpe duro para un candidato que ha hecho de la lucha por la diversidad su bandera en esta campaña, en la que ha prometido hacer una lista cremallera —paritaria entre hombres y mujeres— o incluir al menos un concejal de origen extranjero en su grupo municipal, en una ciudad en la que uno de cada cinco habitantes son foráneos.

Casado con un productor televisivo ("Es muy buena persona y a mí las buenas personas siempre me enamoran"), Collboni se ha impuesto finalmente en la segunda vuelta de unas primarias en las que partió con el cartel de favorito —y de oficialista—, por su buena relación con las bases y la dirección del partido, aunque marque distancias en las formas. Criado en el Baix Guinardó, la política se topó con él antes de que realmente fuera consciente de ello.

Tenía apenas diez años cuando, en el salón de su casa, intentaba asimilar el significado de aquellas reuniones de sus padres con otras personas implicadas en la lucha por la escuela pública, en los primeros años de la Transición. Quizá no comprendía el fondo, pero sí que las cosas se conseguían reivindicándolas. Por eso ahora no hay nada que le moleste más que el escepticismo y "las personas que no creen en nada".

Era solo un adolescente cuando se impregnó de literatura política, desde Popper a Bakunin, en lecturas más bien intuitivas, orientadas por Adolfo, profesor de Filosofía de su instituto, al que aún sigue viendo. Le influyó tanto como Jaume Creus, poeta que conoció en los ochenta y le sumergió en el catalanismo político. Aún recuerda como si fuera ayer cuando, en unas vacaciones de verano por aquel entonces, corrió por las calles de Premià de Dalt para presenciar uno de sus primeros actos políticos, del entonces president Jordi Pujol. En la memoria tiene grabado aquel discurso desde el balcón del Ayuntamiento, que le dejó ensimismado.

Collboni llegó a jugar algún partido de fútbol en Premià contra uno de los hijos del president, Oriol Pujol Ferrusola, ahora adversario político. Fue unos pocos años más tarde cuando deslumbró en un programa de TVE de Mercedes Milà por su oratoria como líder estudiantil. Se forjó en la UGT, pero el gran salto vino cuando, tras ser asesor del grupo parlamentario del PSC, llegó a la dirección como portavoz. En 2010 había dirigido la campaña de José Montilla en las autonómicas.

En estas primarias, renunció a su acta de diputado para dedicarse "solo a Barcelona". Del Parlament no olvidará el consejo de Ismael Pitarch, histórico letrado mayor ya jubilado: "Debes esforzarte por no perder la perspectiva de a quién representas. Si te dejas llevar por la dinámica, estos muros son muy gruesos, puedes estar muchos años, pero corres el riesgo de perder el contacto con la realidad".

De una familia de clase media, es hijo de Alicia, extrabajadora municipal, y Jaime, ingeniero ya retirado, aunque Collboni acostumbra a decir que es "inventor". Quizá de su padre —y de aquella serie televisiva de su infancia, 'Mazinger Z'— le venga esa afición por coleccionar robots. Tiene hasta una treintena en casa. Menos hábil para el fútbol, donde "siempre jugaba de portero", sale a correr un par de veces por semana. Pero nada comparado como el parapente. "La sensación de libertad es brutal al saltar —dice—. Estás ahí arriba, con una mezcla de soledad, libertad y riesgo".

Sensación similar a la que vivirá ahora para reflotar al partido en su gran feudo, relevando a Jordi Martí como líder. Un salto al vacío para ser el ave Fénix que cambie la dinámica actual, tanto en la lucha por la ciudad como quizá para el futuro de todo el PSC.