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Coma-caca: nace un nuevo espectador

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Si hay un género que define a la perfección nuestro mundo de espejos, falsarios e imitaciones mejores que la copia, ese es el mockumentary, o mofumental, en la acertada traducción de Fernando de Felipe. Frente a los falsos documentales, que se hacen pasar por lo que no son, los mofumentales no buscan engañar sino, antes, reír y divertir(se), son más simulaciones paródicas que imitaciones y terminan siempre desvelando su impostura (cuando no haciendo de ella un arma arrojadiza).

Algo así como un Coma-Caca con las letras oficiales de la bebida que busca la complicidad del espectador y su carcajada entre paródica y subversiva. Frente al fundamentalismo del documental más ortodoxo (aquel que se concibe como puro, sobrio y objetivo), los mofumentales han ayudado a desterrar el mito de la verdad documental. Como decían Josetxo Cerdán y Josep Mª Catalá: 'Es mejor considerar que todos los documentales son susceptibles de mentir que no creer que todos son verdad porque son documentales'. ¿Acaso alguien cree que existe el reportero gay y deslenguado que interpreta Sacha Baron Cohen en Brüno, acaso alguien cree que Borat era de verdad el segundo periodista más famoso de Kazajistán? En este terreno, el público ha ganado por goleada a expertos y críticos, que se empeñan en juzgar los documentales (si es que tiene sentido seguir hablando de documentales) con los cánones del cine directo años sesenta.

Y en eso reside gran parte del interés de la jugada: todas estas estrategias (auto)reflexivas que tanto éxito cosechan no sólo exigen un espectador cada vez más crítico y dotado de mayores elementos de análisis, sino que, pensando al revés, los mofumentales y demás piruetas de la falsa ficción o el falso documental sólo han sido posibles con el nacimiento de un espectador que no sólo los entiende, sino que los reclama.