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El comunismo masticado

El británico Robert Service publica Camaradas, la obra más didáctica sobre la historia del comunismo desde la caída del bloque soviético

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Trotsky se puso en pie con el rostro pálido y, con una frialdad despectiva, proclamó: 'Todos esos oportunistas que se llaman mencheviques pueden irse. ¿Son acaso algo más que un desecho que la historia arrojará al cesto de la basura?', recoge el cronista norteamericano John Reed. En nombre del pueblo, los soviets toman el poder. De la Revolución de Octubre de 1917, planificada por el vanguardista partido bolchevique, surgió un nuevo orden que marcó la historia del siglo XX.

El éxito industrial, científico y militar que experimentó la URSS animó a los comentaristas políticos a examinar lo que estaba ocurriendo bajo el modelo comunista. En 1961, el presidente Kruschev proclamó que la Unión Soviética tendría un orden de estado y sociedad superior al mundo capitalista al final de la década. Algo no funcionó y el comunismo pasó a ser objeto de polémicas, justificaciones, proclamaciones ideológicas y condenas a partes iguales.

Casi dos décadas después del colapso soviético, los investigadores comienzan a echar la vista atrás para explicar las causas y consecuencias de la construcción del primer Estado comunista. A libros recientes como Rusia y sus imperios (Jean Meyer) y Llamadme Stalin (Sebag Montefiore), se suman Siete años que cambiaron el mundo: La Perestroika en perspectiva, de Archie Brown, y Camaradas (Ediciones B), una especie de biblia del comunismo escrita por el británico Robert Service.

Su obra no es la primera historia completa del comunismo, pero quizá sí la más didáctica desde la caída del bloque soviético. Es también un análisis geopolítico y un estudio sobre la influencia del comunismo en el mundo actual. Se divide en seis actos: Orígenes (Marx y Engels y la Revolución), Experimento (Primera Internacional y las revoluciones europeas), Desarrollo (Stalin), Reproducción (Guerra Fría), Mutación (China, Cuba y Europa Oriental) y Final (Perestroika y el comunismo capitalista).

Al contrario que otros historiadores como Stéphane Courtois, autor de El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión, Service va más allá del Gulag y se abstiene del lenguaje visceral habitualmente empleado en los debates sobre el marxismo. Viaja hasta la Revolución Francesa para explicar los 'decentes orígenes' intelectuales del comunismo y relata su problemática aplicación.

El historiador concluye que 'los regímenes comunistas sí tuvieron características en común': centralización del poder, eliminación de los partidos políticos rivales, ataques a la religión, organización de policía secreta estatal y represión a los disidentes.

La tesis de Marx y Engels consistía en que la revolución pondría fin a la opresión política, económica y cultural, y que el comunismo sería el futuro inevitable y deseable de la humanidad. 'Lo que no habían previsto eran las divisiones internas en el seno del comunismo internacional. Trotsky fue deportado, la URSS condenó la variante yugoslava, los chinos denunciaron a la cúpula del Kremlin por revisionistas los problemas se sucedieron en Europa oriental, mientras que en España e Italia los partidos comunistas socavaron el modelo de la URSS en el llamado eurocomunismo', explica Service a Público.

Las políticas comunistas distaron de ser monolíticas. Había tantas variantes del comunismo como Estados comunistas. 'Nadie sostiene que Cuba se administra igual que Corea del Norte y la vida en la URSS de Stalin no era igual que en el Chile de Allende', remata.

'Cuando un estado se declaraba socialista, si verdaderamente intentaba mantener su poder, sólo podía recurrir al terror para sobrevivir', asegura Service. 'Marx y Engels predijeron el marchitamiento del Estado, pero el poder del Estado creció de manera exponencial y, con él, los campos de trabajo y la represión civil'.

En cuanto a los logros, Service destaca 'la educación gratuita y la sanidad, así como el acceso fácil a la vivienda, el empleo y la alimentación. Pero sabemos tanto del horror de los regímenes comunistas que la gente joven no se ve atraída por el comunismo como modelo político', concluye el historiador.

Service explica la fascinación por el Che más como 'el antídoto contra la doctrina norteamericana en los sesenta' que por sus propios méritos. Y recuerda que, en Europa, intelectuales como Bertrand Russell y Sartre también abrazaron la causa en algún momento.

'La simpatía por el comunismo quedó por lo general limitada a autores individuales o a grupos estudiantiles, con escasa incidencia en la opinión popular. Pero no podía decirse nada sobre el mundo sin tomar en consideración el proyecto comunista. Y hoy no podemos olvidar que fue Marx quien avisó de los problemas bajo un capitalismo no regulado'.

'China se dio cuenta de su inmensa importancia geoestratégica y tomó un rumbo distinto a la URSS. Aun así, la República Popular se construyó bajo el modelo soviético'. Cuba, sin embargo, 'está embargada económicamente, lo cual impide cualquier reforma política. No es desde luego el peor régimen comunista, porque su provisión de educación básica y su modelo social han sido bastante más impresionantes que en otros países de su entorno. Pero su estabilidad y supervivencia no están garantizadas'.

El desmantelamiento del comunismo fue, según el autor, 'un colapso ineludible esperando a que sucediera. A todos los comunistas les enseñaron a subestimar la capacidad de autorregulación del capitalismo y a exagerar el potencial de la clase obrera. Eran prisioneros de sus propios delirios'.