Publicado: 07.06.2009 08:00 |Actualizado: 07.06.2009 08:00

Los conciertos se vacían

La asistencia a espectáculos musicales ha descendido bruscamente en lo que llevamos de año

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El pasado 14 de mayo, Jackson Browne suspendió el concierto que tenía previsto para el día siguiente en la sala Heineken de Madrid. El comunicado de su promotora no aludía, como es habitual, a circunstancias personales o problemas de salud del artista, sino a "los bajos resultados en taquilla". Había vendido 34 entradas. Hace sólo tres años, Browne colgó el cartel de "no hay billetes" en la sala Galileo Galilei de la capital dos noches consecutivas.

Hechos como este han disparado todas las alarmas. Si hace un año se hablaba del "boom de conciertos", ahora hay quién pronuncia la palabra "hecatombe". Hay excepciones, pero el panorama general es ciertamente oscuro. Hay miedo. Jesús Lumbreras, director del Festival de Guitarra de Madrid donde estaba enmarcado el recital de Jackson Browne, cree que "este caso se puede explicar hasta cierto punto. Coincidió con el día de San Isidro, que es un día con numerosas actividades, aparte de que mucha gente se fue de puente. Pero en todo caso, el bajón es bestial", certifica, antes de poner otro ejemplo. "Gary Moore metió el año pasado a 3.500 personas en Córdoba sin problemas. Este año, en Madrid, donde no tocaba desde 1995, no hemos llegado a las 2.000". En general, los promotores consultados coinciden en establecer el descenso de venta de entradas entre un 40% y un 50%.

boom"

Es la crisis, claro. Pero debajo de la alfombra hay más. Paco López, representante de Pereza y Siniestro Total, cree que semejante desplome "no es casual, ni se debe sólo a la crisis. El mundo del espectáculo estaba en una burbuja como la del ladrillo. Se actuaba con mucha alegría, a lo loco. Más conciertos, más giras... ¡Pero si Bob Dylan tocó 20 fechas en España!".

Artistas que el año pasado hacían 60 conciertos, ahora tienen 20 o 30. Había un exceso de oferta y, en época de vacas flacas, la fiesta ha tornado en sepelio. Aunque la responsabilidad de esa saturación de conciertos esté principalmente en el campo de los organizadores, ya sean públicos o privados, los grupos no se quedan al margen. El director de Ticketmaster en España, Eugeni Calsamiglia, aporta una peculiar explicación al fenómeno: "El negocio de la música se ha trasladado al directo. Los músicos ya no se ganan la vida con los discos, por lo que tienen que buscar conciertos donde sea. Antes, El Canto del Loco hacía 70 conciertos cada tres años. Ahora salen cada año con 100 bolos. La oferta se ha multiplicado por dos".

Alguien discutirá, con razón, que la gran mayoría de artistas nunca ha vivido de la venta de discos. Pero hay que tener en cuenta que desde hace algunos años, las discográficas se llevan parte de las ganancias de los conciertos, con las que compensan, aunque sea mínimamente, las pérdidas por la bajada de las ventas de álbumes. Por eso, a las casas de discos les interesa que sus grupos actúen mucho, cuanto más mejor. Si a esto le unimos un período de bonanza económica, con los ayuntamientos en una carrera desbocada por llevar a su pueblo a la última estrella, el polvorín está servido.

"La crisis nos va a obligar a reconvertir el modelo. Las inversiones privadas deben ser prioritarias y las públicas deben estar más orientadas. Está muy bien que los ayuntamientos lleven la música a la gente, pero con un criterio. Que no se lleve al grupo que le gusta al hijo del alcalde, sino que se actúe con un criterio cultural", sostiene el manager de Pereza.

Si se habla de los ayuntamientos es porque en España tienen mucha importancia en el negocio musical. Un buen mordisco del mercado de conciertos está en las fiestas de los pueblos, principalmente en los meses de verano. Sin embargo, las previsiones para este año son inquietantes. "Están recortando los presupuestos de manera brutal. Hablo del 30 % y el 40%, si no más. ¿Qué harán? Pues en lugar de contratar a un artista de 100.000 euros, cogerán a uno de 15.000", explica Paco López.

Los festivales subvencionados tampoco escapan a la rebaja presupuestaria. Según Jesús Lumbreras, "el festival de jazz de San Sebastián ha sufrido un recorte de un millón de euros y el de San Javier ha perdido el 50%, por no hablar del Espirelia de Lorca, que directamente se ha suspendido".


El "boom de los conciertos" tuvo otro efecto colateral: los cachés de los grupos engordaron considerablemente. La guerra de festivales desató pujas enloquecidas por conseguir al grupo del momento. "En España se está pagando hasta un 30% más que en el resto del mundo", decía el año pasado José Morán, codirector del Festival de Benicàssim. ¿Cifras? Son difíciles de conseguir, porque se guardan con celo, pero trascendió que Rock in Rio le pagó a Neil Young casi un millón de euros. Fuentes del sector aseguran que el Daydream festival que sólo duró una edición, la de junio del año pasado desembolsó más de 700.000 euros por Radiohead y que el Summercase contrató dos conciertos de Arcade Fire por medio millón de euros.

Los grupos extranjeros se frotan las manos cuando les llaman de un festival español. Pero no sólo ellos. El caché de las bandas nacionales también subió y ahora toca apretarse el cinturón. "Hay grupos españoles que tenían un caché de 30.000 o 40.000 euros y lo están rebajando a la mitad. De no hacerlo, no consiguen conciertos", explica Francisco Cuberos, director de la promotora Música es amor e impulsor de una de las primeras medidas para combatir esta crisis de la música en directo.

Cuberos organizó la última gira del grupo Aterciopelados por España. Al notar que la venta de entradas no respondía según lo esperado, decidió ofertar un 2 por 1. "En principio iba a hacer siete conciertos, pero intuí que la cosa iba mal y lo dejamos en cinco. Luego los presagios se confirmaron e hicimos la promoción de dar dos entradas por una. La situación no ha mejorado y sigue bajando. Hay que ir con mucho cuidado, porque lo peor está por llegar", presagia Cuberos.

Todos lo notan, pero según los promotores consultados, las giras que más se están resintiendo son las de perfil medio, esos grupos que actúan en salas de alrededor de 1.500 asistentes. Entre el público, es la audiencia de entre 30 y 40 años la que se está quedando en casa. "Los grupos para adolescentes es posible que sigan llenando, pero el público adulto prefiere meterse el dinero en el bolsillo", dice Jesús Lumbreras, del Festival de Guitarra. José Luis Martínez, director gerente de la Asociación de Promotores Musicales (APM), coincide en el diagnóstico: "El melómano que hace un año iba a tres conciertos al mes, ahora va a uno. Y el que no es un gran seguidor de ningún grupo puede estar unos meses sin presenciar música en directo".

Crisis económica y burbuja de conciertos aparte, el sector de la música popular en España arrastra graves deficiencias, que se hacen aún más palpables cuando la coyuntura apunta hacia abajo. "Los que montamos conciertos tenemos una profesión de románticos y arriesgada" explica Jesús Lumbreras. "No tenemos el tejido empresarial del cine o del teatro, y mucho menos sus ayudas y subvenciones. Somos un sector muy desprotegido, porque desde el ámbito político se sigue sin considerar la música como cultura".

El sector musical lleva años esperando una prometida Ley de la Música que no acaba de materializarse. Miguel Ángel Sancho, portavoz de la Unión Fonográfica Independiente (UFI), manifiesta su decepción ante la última reunión con el INAEM: "No se hablaba de una ley exclusiva para la música, sino de una más genérica que englobaba a todas las artes escénicas. Si el sector de la música ya es muy variopinto, ni te cuento si lo mezclas con el teatro y la danza".

A nivel local, las salas de conciertos siguen sufriendo el hecho de que no se les considere agentes culturales. En Barcelona se han cerrado numerosos recintos, mientras que en Madrid el acoso del ayuntamiento a determinadas salas, especialmente Nasti y Boguijazz, ha sido obsesivo. "Hay un miedo atroz cuando se pronuncia la palabra música. En Madrid, la música en vivo es sinónimo de peligro", se quejaba Javier Olmedo, gerente de la asociación La Noche en Vivo de Madrid, tras el cierre de La Riviera y Boguijazz. Lo más curioso es que, con el sector alborotado, la gente cada vez escucha más música. Esa será su tabla de salvación.