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En el corazón del oro blanco

La Montaña de Sal de Cardona constituye una de las visitas turísticas más singulares de Cataluña.

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De un lado, la geología, que durante cuarenta millones de años ha ido formando la que hasta no hace mucho fue una de las explotaciones de sales potásicas más importantes de Europa; de otro, la fantasía y la imaginación en galerías quiméricas plagadas de estalactitas y estalagmitas, de formas imposibles y texturas entre el blanco y el rosado, lo translúcido y lo opaco. Realidad y ficción unidas para crear la Montaña de Sal de Cardona, una de las visitas turísticas más singulares de toda Cataluña, amén de una formación geológica única en el mundo.

La historia de la montaña de Sal de Cardona ha estado ligada estrechamente con la lucha del ser humano por arrancar de ella lo que en su tiempo constituyó un auténtico 'oro blanco'. Ya desde el Neolítico el hombre aprovechó el yacimiento, pero no sería hasta la llegada de los romanos que se comenzó a organizar cuidadosamente su explotación. La sal circulaba por los caminos paralelos al río Rubricatum (Llobregat), hasta llegar a la costa, donde era embarcada hacia todos los lugares del mundo romano. La cuantía y la calidad de la sal eran tales que las salinas de Cardona se convierton en las más renombradas de Cataluña.

Del bullicio de trabajadores que hubo en su tiempo se ha pasado hoy al de los visitantes, que pueden por ejemplo bajar los 86 metros que conducen al interior de las galerías del complejo. En total, el interior de la montaña alberga 500 metros de estos corredores que permiten ver estalactitas y estalagmitas, además de apreciar las diferencias entre las vetas de sales sódicas, potásicas y magnésicas.

A este paisaje con reminiscencias lunares, rotundo e impresionante, pueden añadirse otros atractivos en la propia localidad de Cardona para quienes quieran complementar su viaje. No en vano, se trata de una de las principales poblaciones de la comarca del Bages, en el valle del río Cardener, y su historia se remonta al siglo X. De aquella época le ha quedado un regusto medieval que supone un interesante contrapunto a la génesis de millones de años de las minas. El castillo, la colegiata, las estrechas calles, las casas señoriales, las plazas y la iglesia de Sant Miquel... Difícil decidirse por una sola visita en esta localidad a apenas tres kilómetros de lo que fue el auténtico corazón del oro blanco.


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