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La crisis no abandona al país más pobre de América

Haití, que sigue sin primer ministro, se enfrenta al incremento de los precios de los alimentos

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Miles de lucecitas perforan la densa oscuridad de la noche tropical en Puerto Príncipe, la capital de Haití. Son velas metidas en botellas de plástico, lámparas de gas, alguna linterna con pilas o simplemente fuegos alimentados por los elementos combustibles de la basura que se acumula en las calles.

Los incontables puestos callejeros, donde se vende comida, bebida e incluso teléfonos móviles, tienen estas candelas como único reclamo, porque en esta ciudad de 2,5 millones de habitantes hay muchas calles, y manzanas enteras, sin iluminación eléctrica.

Estas luces, que apenas permiten ver las caras de los vendedores, dan un aspecto fantasmagórico a la noche en el país del vudú, donde mucha gente asegura haber visto zombies con sus propios ojos.

De día, el panorama es menos mágico pero aún más espeluznante. Haití es el país más pobre de América y ocupa el puesto 147 del índice de desarrollo humano de la ONU. Las colinas que rodean Puerto Príncipe están sembradas de favelas.

En el centro de la ciudad hay desperdicios por todos lados. Todo el mundo parece intentar vender algo, pero faltan compradores en un país donde el 75% de la población vive con menos dedos dólares al día.

Por si fuera poco, Haití sufre la fuerza destructiva de los huracanes y las bandas armadas se cobran decenas de vidas cada mes. Desde el final de la dictadura de los Duvalier - Papa Doc y su hijo Baby Doc -en los años ochenta, el país ha tenido más gobiernos que Italia. Todas las intervenciones internacionales -y han sido muchas- han fracasado.

La actual misión de la ONU -la séptima, que cuenta con unos 9.000 efectivos, entre soldados y policías- pasa por un momento crítico. Cuando parecía que, por fin, estaban logrando avances en todos los frentes, estallaron graves disturbios a principios de este mes, que se saldaron con la muerte de cinco haitianos y un casco azul nigeriano.

Miles de manifestantes golpearon las verjas del Palacio Nacional y forzaron la destitución del primer ministro.

'Estos acontecimientos han demostrado que aún quedan muchos obstáculos. Pero vamos por buen camino', dijo el jefe de la misión de la ONU, Hédi Annabi.

El motivo de los disturbios fue el incremento del precio de los alimentos. 'La vida aquí es muy cara. Todo se ha encarecido mucho', dice Jean-Claude, que se gana la vida como taxista.

En lo que va de año, los precios de los alimentos han aumentado un 40%. Haití gasta casi una tercera parte de su renta nacional en importar comida.

La subida de los precios de productos agrícolas en los mercados globales es una ruina para esta pobre nación caribeña.La comunidad internacional ha entendido que lo más urgente es paliar el hambre de los haitianos para evitar nuevas protestas violentas.

Varios países, entre ellos España, han prometido ayuda inmediata para comprar alimentos. Pero a largo plazo no es la solución. El ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, aseguró este fin de semana durante su visita a Haití que las autoridades locales le habían prometido avanzar en la reforma agrícola para que el país pueda autoabastecerse.

'Sólo la producción nacional puede acabar con la miseria', reza uno de los lemas pintados en las murallas de las laberínticas calles de Puerto Príncipe. Otro eslogan contiene la clave de otro gran problema: 'El trabajo es la base de la estabilidad de una nación'. Pero el trabajo aquí es aún más escaso que los alimentos.

En el Campo de Marte, el principal parque en el centro de la capital que alberga el mausoleo de los héroes de la independencia, centenares de jóvenes intentan matar el tiempo. El paro entre la juventud supera el 60%. Las iglesias están llenas. El aforo cosechado en la catedral de Puerto Príncipe sería la envidia de cualquier templo español. Pero es el paro el que empuja a los jóvenes a los peligrosos brazos de bandas de delincuentes.

Cuando se disolvió el Ejército en 1995, muchas armas acabaron en manos de estos grupos que presentan un auténticodesafío al Estado. El tráfico de droga es otro inconveniente. Haití es parada obligada en la ruta de la cocaína que sale de Colombia hacia EEUU, ante la mirada impotente de las limitadas fuerzas de seguridad. Un ex mando de la ONU e quejaba de que los guardacostas disponen de sólo diez barcos para controlar un litoral de 4.000 kilómetros.

Por ello, la actual misión de la ONU se esfuerza en la formación de un cuerpo de policía especializado en narcotráfico. Pero las turbulencias políticas han estancado este proyecto. El presidente René Preval busca un nuevo primer ministro. Las intrigas palaciegas ya no interesan a los haitianos. 'Ésta no es una crisis política. Llevamos más de diez años en la misma situación', dice Jean Gany Apollon, locutor de una radio local. 'Es una crisis de hambre, algo mucho más serio', concluye.