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La otra crisis de la prensa: quiosqueros forzados a vender souvenirs para sobrevivir

Los quioscos madrileños de la Gran Vía y la Puerta del Sol, que subsisten gracias a la venta de recuerdos, sufren la ordenanza que acota el uso de la vía pública. El Ayuntamiento deja claro que se limita a aplicar la normativa existente para garantizar la movilidad y la seguridad, mientras que los vendedores piden más espacio para exponer su mercancía en la acera. "Lo que no se ve no se vende", advierte el gremio, obligado a ampliar su oferta tras la caída de la venta de periódicos. Tras recibir una notificación municipal, los propietarios que incumplan la ley se enfrentarán a una multa de 750 euros

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Beatriz Pascual, en su quiosco de la Gran Vía, antes de la advertencia del Ayuntamiento. / CHRISTIAN GONZÁLEZ


“Lo que no se ve no se vende”. Es la máxima de los quiosqueros del centro de Madrid, obligados a recoger su mercancía por orden del Ayuntamiento. Una notificación advierte al gremio de que sus expositores y carteles ocupan más superficie de vía pública de la autorizada por la normativa municipal. Los quioscos afectados están situados en la Gran Vía y la Puerta del Sol, cuyos ingresos dependen en buena medida de los souvenirs que despachan a los turistas.


“Nos están fastidiando mucho, porque sobrevivimos gracias a ellos”, asegura Juan, nombre ficticio de un vendedor de la arteria madrileña que prefiere omitir su nombre. No le importaría tener que pagar un impuesto por ocupar un metro de calle para poder exponer postales, pulseras, imanes y otros artículos destinados al visitante, que van desde una bufanda del Real Madrid hasta una gorra estampada con motivos de la ciudad. Dirige su mirada hacia una terraza cercana, cuyas mesas y sillas ocupan parte de la acera, y deja la propuesta en el aire.


La Ordenanza Reguladora de Quioscos de Prensa deja claro que se impondrán “multas coercitivas al titular de la actividad cuando en la vía pública se coloquen elementos no autorizados o se ocupe más superficie de la autorizada sin obstaculizar el paso de los peatones”. Las inspecciones tuvieron lugar en abril y en mayo llegaron las notificaciones, donde se especifica que se enfrentan a una sanción de 750 euros si no repliegan los expositores y que, en caso de incumplimiento, ésta iría creciendo hasta los 3.000 euros.


Los quiosqueros han retirado sus artículos de las aceras y los han reordenado bajo el tejado de sus habitáculos, a la espera de una nueva visita de los inspectores. Algunos aseguran que las ventas han bajado. “La semana ha sido mala”, afirma un quiosquero de la Gran Vía reticente a asumir un hipotético nuevo impuesto, porque según él ya paga bastante. “Sin souvenirs, no te comes nada”, esgrime. Cerca de allí, en la Puerta del Sol, los empleados de los quioscos remiten a sus jefes, pero reconocen lo evidente: “Vivimos del turismo”.


El Ayuntamiento de Madrid se limita a cumplir la ordenanza, pero el gremio recuerda que hasta ahora los sucesivos gobiernos municipales habían permitido sembrar el frente del negocio con postaleros, carteles que publicitan los buses turísticos y cajas sobre las que se exponen otros géneros. La hija de un vendedor de la Gran Vía atiende a una turista que ha comprado un pequeño candado para su maleta. El goteo de ventas es continuo, aunque no llega a formarse una cola.

José Narbona, en su quiosco de la Gran Vía, antes de retirar los 'souvenirs'. / CHRISTIAN GONZÁLEZ


“Como hemos tenido que cambiar algunas cosas de sitio, ahora vendemos más abanicos y menos postales”, explica la joven. No hay rastro de revistas y los únicos periódicos reposan en un recipiente de madera. La prensa en otros puestos también es testimonial, aunque José Narbona combina la venta de diarios con la de recuerdos. “Todos los gobiernos nos dieron el toque, pero eran conscientes del problema. Mientras no ocupásemos espacio más allá de la visera [el tejadillo del quiosco], nos dejaban vivir”. Fuentes del Ayuntamiento dejan claro que “hay que cumplir las normas”.


El problema no es otro que la caída vertiginosa de las ventas de periódicos y revistas, que ha provocado que algunos se hayan visto abocados a sumar los souvenirs a una oferta ingente que escapa de las rotativas: agua mineral, refrescos, chicles, tabaco, mecheros… “Si tienen que cobrar por el uso del espacio, que lo hagan, pero que nos dejen trabajar”, tercia su mujer, Beatriz Pascual. “Deberían entender que hay normativas que se han quedado obsoletas. Igual que las terrazas ocupan las aceras, tendrían que dejarnos colocar los expositores”, zanja Narbona.


El Ayuntamiento justifica las notificaciones y remite a la ordenanza. “La actuación enfatizando y aplicando la normativa vigente no obedece a motivo nuevo alguno”, explican fuentes municipales. “Es consecuencia de que en estas zonas con alta ocupación peatonal hay que extremar la vigilancia para que la ocupación del espacio público no impida la accesibilidad y seguridad”.


Desde el Palacio de Cibeles subrayan que la ocupación de las aceras arrebata espacio a los vecinos, al tiempo que reconocen que los quiosqueros no son los únicos que “restringen el espacio público, muy saturado de personas”. En febrero, los madrileños votaron a favor de ampliar las aceras de la Gran Vía en una consulta ciudadana organizada por el Ayuntamiento.

“Nos sentimos indefensos”


En la acera de enfrente, la más próxima a Sol, un colega que ha reducido la oferta de cabeceras se queja de la medida: “Hemos recogido casi la mitad de las cosas y se ha notado en las ventas, porque la gente ahora pasa de largo”. En el otro extremo de la calle, cerca de la Plaza de España, Elena atiende el negocio de su esposo, que se caracteriza porque apenas vende recuerdos. “Mi marido es de la vieja escuela. El quiosco era de su abuela y se resiste a meter tantos souvenirs”.


Han tenido que quitar el cartel que anuncia el bus turístico y recoger una mesa baja donde exponían los periódicos. “No nos esperábamos esto. Nos sentimos presionados por el Ayuntamiento e indefensos, porque apenas sacamos para comer”, afirma Elena. Tampoco despacha artículos para turistas el quiosco de la plaza de Callao, aunque su dependiente reconoce que los ingresos que proporcionan los chicles redondean la caja. “Yo entiendo que tengan que vender souvenirs, pero no pueden tenerlos fuera por motivos de seguridad”, explica su vendedor.

José Narbona, en su quiosco de la Gran Vía, en marzo. / CHRISTIAN GONZÁLEZ


Ni él ni el responsable del quiosco de la plaza de Plaza de Isabel II —conocida popularmente como la plaza de Ópera— han recibido la notificación, aunque el segundo sí vende recuerdos. Un recurso necesario para sacar adelante el negocio: “Llevo doce años y la venta de periódicos ha caído en picado. Cuando empecé, se vendían más que ahora, aunque cuando le hablaba de cifras a mi abuelo, se reía de mí”. Hace tiempo que la época dorada de la prensa de papel perdió su barniz, como explica Javier Larrea.


El presidente de la Asociación de Vendedores Profesionales de Prensa de Madrid (AVPPM) calcula que en el último año la venta de periódicos descendió un 10%; en los últimos cinco, un 20%; y en los últimos diez, casi un 40%. “Están desapareciendo demasiados puntos de venta y cuesta mucho traspasarlos”, señala Larrea, quien recuerda que llegó a representar a ochocientos asociados, una cifra que actualmente no alcanza los quinientos. “En un año han cerrado treinta quioscos”, se lamenta, aunque desconoce cuántos negocios ajenos a su asociación —entre 150 y 200— han echado el cierre.


Un colega que prefiere omitir su nombre se muestra escéptico ante el futuro. “Los periódicos tienen los días contados, por lo que es necesario vender souvenirs para sobrevivir. Llevo aquí desde los once años y antes no vendíamos ni tabaco ni bebidas: vivíamos sólo de la prensa”, rememora en su puesto de la Gran Vía. “Por ello, cuando el Ayuntamiento hace cumplir la normativa a rajatabla y nos obliga a recoger los expositores, nos está fastidiando muchísimo. Ya sé que así lo dicta la ordenanza, pero estos quioscos están hechos para vender periódicos, por lo que no tengo espacio para mostrar la mercancía. Lo que no se ve no se vende”.


El presidente de la Asociación de Vendedores aboga por el diálogo. “El apoyo del Ayuntamiento y de las administraciones es muy importante para nosotros. Dado que la normativa no contempla la presencia de expositores en la vía pública, habría que negociar una regulación”, cree Larrea. “Cabría la posibilidad de establecer un canon por exponer los productos en la vía pública, y luego el vendedor ya vería si le resulta rentable pagarlo o no”, añade el representante de los quiosqueros, quien cree que las inspecciones están motivadas por la futura ampliación de las aceras de la Gran Vía. El Ayuntamiento se limita a alegar motivos de seguridad y movilidad.


“La remodelación de la zona centro para que haya más espacio para los peatones repercutirá en un mayor beneficio para el punto de venta”, considera Larrea, quien estima que es necesaria una revisión de la normativa “para que los quiosqueros puedan seguir buscándose las habichuelas”. De la decena de quioscos consultados, apenas tres no han manifestado su descontento: dos porque no han recibido la notificación —uno de ellos ocupa la vía pública para vender souvenirs— y un tercero porque declinó hacer declaraciones a este diario. “Pues así estamos”, concluye Beatriz. “Esperando a que vuelva el inspector”.