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Cruce de presiones sobre el BCE por su gestión de la crisis

Los países en apuros le reprochan la timidez de su política monetaria, mientras Alemania reclama más ortodoxia y menos protagonismo

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Tras una década consagrado a la lucha contra la inflación, el Banco Central Europeo (BCE) ha pasado de desarrollar un trabajo discreto a convertirse en un salvavidas imprescindible para la moneda única. En otras palabras: con la primera gran crisis del euro, se ha acabado para el BCE la edad de la inocencia. A su tarea clásica de controlar los precios se ha sumado la emergencia de estabilizar la situación financiera de la eurozona a través de la compra de deuda pública y las inyecciones masivas de liquidez. Todo, o casi todo, parece valer con tal de salvaguardar la moneda única de la crisis de liquidez de sus bancos o de los rumores infundados sobre sus miembros más débiles. Sin embargo, la manera en la que debe actuar el BCE es percibida de muy distinta manera en Madrid, Berlín o Bruselas.

Hace menos de dos semanas, la autoridad monetaria decidió seguir inyectando liquidez de manera ilimitada (como hiciera tras la caída de Lehman Brothers) para aliviar a unos bancos comerciales que no se fían los unos de los otros y, por lo tanto, no se prestan dinero. La decisión cayó como agua de mayo en países como España. Con una alta deuda privada, el sector bancario español se encuentra en medio de una reestructuración lastrada por miles de pisos vacíos y devaluados.

El presidente del Bundesbak cree que la política del BCE tiene riesgos

En el otro lado de la balanza se encuentra Alemania, que ha puesto el grito en el cielo por esta medida y otras tomadas por el BCE en las últimas semanas. A través del gobernador del banco alemán, Alex Weber (gran favorito para suceder a Trichet en 2011), y del economista jefe del BCE, Jürgen Stark, Berlín ha canalizado sus críticas a una institución a la que acusa de olvidar el control de la inflación para hacer el papel de salvavidas de países que a su juicio no están haciendo todo lo suficiente para recortar sus déficit presupuestarios.

Ninguno de los dos bandos tiene recato al expresar sus opiniones, ya sea en privado o en público. 'El BCE está actuando con falta de reflejos, tarde y de manera insuficiente', considera una fuente diplomática crítica con la timidez del BCE y con la ortodoxia de Angela Merkel. 'No podemos olvidar que el BCE se negó a comprar deuda pública en mayo, en un momento crítico para la supervivencia del euro, y acabó rectificando días después', recuerda la misma fuente, en referencia a un fin de semana en el que los líderes de los 16 países del euro creyeron estar a punto de presenciar la muerte de la moneda única. En esa cumbre del 9 de mayo, tan sólo cuatro días después de que Trichet anunciase que ni se planteaba comprar deuda pública, la autoridad monetaria comenzó a hacerlo para estabilizar los mercados. Complementó así al fondo de 750.000 euros que con el mismo objetivo pactaron los Gobiernos de la zona del euro y el FMI.

Trichet no ha hecho lo suficiente para frenar la crisis, dicen muchos analistas

Sin embargo, el BCE no es transparente sobre el volumen de deuda pública que compra a los bancos de los países en apuros. Muchos analistas coinciden en afirmar que la implicación de Trichet y su equipo sigue siendo insuficiente para calmar los mercados, y le critican también la inconsistencia de sus mensajes. En la cumbre de mayo los líderes manejaron un documento, al que ha tenido acceso Público, que incluía inyecciones de liquidez ilimitada a un año (y no a tres meses, como las anunciadas el jueves día 10 de junio) y la posibilidad de aceptar bonos de deuda basura de bancos comerciales como aval, una medida que ahora sólo se hace con Grecia.

En Alemania la percepción es diametralmente opuesta. 'La política monetaria ha tomado caminos para luchar contra la crisis que veo de forma crítica por sus riesgos', aseguró recientemente Alex Weber. El gobernador del Bundesbank, que votó en contra de la decisión de comprar deuda pública soberana, pidió después que 'se realice de manera muy dirigida y controlada' para no convertir al BCE en una especie de banco malo que asume las cargas de países irresponsables.

En Bruselas se valora la implicación del BCE, una institución independiente por ley, porque 'ha utilizado todos los elementos a su disposición, tanto en la crisis griega como con la compra de deuda pública', asegura Amadeu Altafaj, portavoz del comisario de Economía, Olli Rehn. La Comisión también cree que el papel de la autoridad monetaria ha cambiado para siempre. Sin ir más lejos, en el debate sobre el gobierno económico de la Unión Europea, algunos países pretenden dar al BCE un papel clave en el control de las previsiones de gasto presupuestario nacionales, que podrían examinarse antes de la redacción y aprobación parlamentaria de los presupuestos en cada país.

En el epicentro de las presiones, Trichet puede ahora exhibir una arma poderosa: los resultados. Desde que empezó a comprar deuda pública, el euro se ha recuperado sensiblemente (su mínimo de los últimos cuatro años lo marcó el día 7 en 1,192 dólares, y la semana pasada cerró en 1,239), las bolsas se han estabilizado y los diferenciales de deuda también han cedido algo. Con esos datos en la mano, el presidente del BCE dejó de lado su tradicional estoicismo ante las críticas y en una entrevista publicada el pasado fin de semana en Alemania censuró a la opinión pública germana por oponerse a la compra de deuda.

Una lucha de poder constante se libra día a día en el BCE. Es la que implica a halcones y palomas. Es decir, entre los que apuestan por la ortodoxia más dura y por preservar la función primordial de la institución (contener la inflación) y los que defienden la flexibilidad y tener en cuenta otros factores. El halcón más destacado es Alemania, siempre más a favor de una subida de tipos de interés y crítico con las compras de deuda, por considerar que hacen subir los precios. Por otro, están los países del sur de Europa, España incluida, que apuestan por unos tipos de interés bajos para recuperar la economía y no poner contra las cuerdas a, por ejemplo, todo aquel que tenga una hipoteca. Entre las palomas está también el nuevo vicepresidente portugués del BCE, Vítor Constancio.