Público
Público

Los cuatro ejes del debate en Seúl

  

Publicidad
Media: 0
Votos: 0

Monedas: poner orden en las balanzas

China y Alemania tienen un denominador común: sus ciudadanos son propensos al ahorro y su tejido industrial está volcado hacia al exterior. En menor nivel, India y Brasil registran la misma tendencia. Estados Unidos y otros países (entre ellos, España) pecan de lo contrario: sus ciudadanos consumen mucho y además en grandes cantidades que compran fuera.

Según los expertos, estos desequilibrios son parte del detonante de la crisis que ha sacudido el mundo en los dos últimos años, y los países del G-20 se han comprometido a resolverlos. Es aquí donde se inserta la guerra de divisas, ya que las monedas pueden ser utilizadas como herramienta competitiva para exportar más. EEUU planteó hace unas semanas que se ponga una horquilla límite del 4% para los desequilibrios de la balanza de pagos, pero el posterior debate ha derivado hacia un sistema de vigilancia sin topes cuantitativos.

La reforma del sistema financiero que regía la economía hasta hace dos años y que originó la crisis es el terreno en el que el G-20 ha logrado más acuerdos. Pese a ello, aún queda mucho trabajo por delante en materia de regulación financiera, y la cumbre de Seúl quiere darle el empujón final a dos materias que se consideran centrales para prevenir futuras crisis: los requisitos de capital y un marcaje férreo a los productos derivados.

Para ello, se darán las últimas pinceladas a la nueva regulación financiera internacional conocida como Basilea III y que eleva los requisitos de capital. También se debatirá el control de lo que se conoce como shadow banking, esto es, los productos financieros que en ocasiones están fuera de balance o no son visibles y que han causado graves problemas, como las hipotecas subprime. La regulación de las agencias de rating también se discutirá. 

Pese a que hace apenas medio año muchas economías lanzaron las campanas al vuelo por la recuperación de su actividad, la mayor parte de los países desarrollados, e incluso los emergentes, están preocupados por la fragilidad de la mejoría.

La diferente manera de afrontar la crisis de Estados Unidos y la Unión Europea llevó a que en la última reunión del G-20, en Toronto, no se lograra llegar a un acuerdo sobre si el mundo necesitaba más estímulos económicos o reducir los agujeros fiscales.

Aunque la tensión en los mercados de deuda se ha aliviado algo respecto a mayo, en Seúl el debate sobre crecimiento está de nuevo asegurado, sobre todo por la necesidad de implantar instrumentos que impulsen la creación de empleo, la gran lacra social que ha provocado la crisis económica y que sigue sin resolverse. España realizará al menos una propuesta en este sentido durante la cumbre. 

La crisis mundial han pasado factura en los países menos desarrollados. Aunque África, el Sudeste Asiático y los países más pobres de Latinoamérica no han sufrido las consecuencias directas de la quiebra de bancos o de los boom inmobiliarios, sus ciudadanos comienzan a sentir los recortes en
la ayuda al desarrollo y la cooperación.

La anticipación con la que se hacen los presupuestos para este tipo de proyectos (muchas veces a dos o tres años vista) ha hecho que hasta este año no se haya percibido con intensidad el tijeretazo en la ayuda internacional para los países más pobres.

Corea del Sur, el primer país considerado emergente que preside el G-20, está especialmente interesado en que se consiga un compromiso sobre el desarrollo de los países más atrasados y se elaboren planes de acción concretos para ayudarles a potenciar su economía.