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Damien Hirst deja el formol por los pinceles, pero no le convence

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Desafiando a sus críticos, el artista británico Damien Hirst ha abandonado sus tiburones conservados en tanques de formol para dedicarse de lleno a la pintura, colmando así una vieja frustración, pero el resultado es más bien decepcionante.

Pocas semanas después de colgar unos lienzos de su nueva etapa artística en la Wallace Collection, donde satisfizo su ambición de codearse en un mismo espacio con grandes maestros del pasado, y de recibir el varapalo de la crítica, Hirst expone ahora su obra en su galería habitual, White Cube.

El nuevo grupo de diecinueve pinturas está repartido entre las dos sedes que tiene White Cube, una de ellas en el elegante barrio de Mayfair - en la llamada Mason's Yard - y la segunda, en el Este de Londres (Hoxton Square).

En esta última, Hirst expone tres trípticos pintados entre 2007 y 2009, que representan cuervos ensangrentados volando a media altura, aves de mal agüero que reaparecen en la otra galería junto a esqueletos y otras figuras espectrales con sabor a muerte, temática habitual del multimillonario artista británico.

El historiador del arte holandés Rudi Fuchs escribe en el catálogo de la exposición a propósito de las nuevas imágenes que le recuerdan al dramaturgo Samuel Beckett, "no alguna de sus historias en particular, aunque la temática sea importante, sino la austera sequedad del lenguaje".

Las asociaciones son siempre libres. Sin embargo, lo que es evidente a primera vista es que Hirst no ha podido sacudirse el fantasma de un compatriota a quien parece querer siempre emular: Francis Bacon.

Bacon está obsesivamente presente en prácticamente toda la nueva obra de Hirst, desde el formato mismo, con su predilección por los trípticos, pero sobre todo en las tonalidades azuladas, en las líneas que delimitan el espacio, en las contorsiones de las figuras y en toda la escenografía.

Hay en las imágenes de Hirst sillas o sillones vacíos y mesas con algún limón, una naranja o un cenicero, muchos cuchillos de carnicero, además de esqueletos a lo James Ensor, alguna figura como de mono en posición fetal, un escorpión y autorreferencias como cráneos, mandíbulas de tiburones, puntos y moscas.

Demasiadas notas, demasiados alusiones a otros pintores, pero sobre todo al citado Bacon, que impiden que Hirst brille con luz propia como ocurre con su anterior obra conceptual, por discutible que sea buena parte de esta última.

Porque lo que en Bacon, al menos en sus mejores obras, las más exentas de manierismos, es pasión, rabia o desesperación existencial, en Hist parece una simple parodia del maestro, como señalaba con razón el crítico Adrian Searle ya que para parodia basta con la última etapa del propio Bacon.

En una reciente entrevista publicada en el diario "The Guardian" con motivo de su exposición en la Wallace Gallery, Hirst declaraba que, a base de constancia, "cualquiera puede ser un genio" como Rembrandt.

"No creo en el genio. Creo en la libertad. Creo que cualquiera puede hacerlo. Cualquiera puede ser como Rembrandt", declaraba con osadía el artista, que dejó de pintar a los dieciséis años, según él mismo ha confesado.

En la misma entrevista reconocía que le quedaba en cualquier caso mucho todavía para llegar a emular a Rembrandt aunque agregaba: "Claro que no hace falta eso hoy".

Tal vez lo que hace falta es tener osadía, un mercado totalmente desorientado y con abundancia de dinero y, sobre todo, a un mentor como Charles Saatchi, el hombre siempre dispuesto a descubrir "nuevos talentos" a quienes lanzar al estrellato con ayuda de una bien engrasada maquinaria publicitaria.